Productores miden el carbono en el campo y ajustan sus prácticas para mejorar la productividad y anticiparse a exigencias ambientales

Un estudio en más de 100.000 hectáreas del sur de Córdoba revela cómo los datos de emisiones y suelo ya influyen en decisiones agrícolas

Productores miden el carbono en el campo y ajustan sus prácticas para mejorar la productividad y anticiparse a exigencias ambientales
martes 21 de abril de 2026

En un contexto de creciente presión ambiental sobre la producción agropecuaria, productores del sur de Córdoba avanzaron en la medición de emisiones y carbono en el suelo durante cinco campañas agrícolas, con el objetivo de optimizar sus sistemas productivos, mejorar la eficiencia y anticiparse a futuras regulaciones, en un trabajo articulado con la Red de Carbono de Aapresid .

El estudio, desarrollado en el ámbito de la Chacra Aapresid Sur de Córdoba, abarcó más de 100.000 hectáreas e incluyó cultivos extensivos como soja, maíz, trigo y cultivos de servicio. A partir de la cuantificación de la huella de carbono (HdC) y del carbono orgánico del suelo (COS), los productores lograron identificar los principales focos de emisión y evaluar el impacto de distintas prácticas de manejo sobre la sustentabilidad y la productividad , informo TNcampo.

La iniciativa se inscribe en una tendencia global donde el carbono dejó de ser un concepto técnico o una exigencia externa para transformarse en una variable clave de gestión dentro de los sistemas agrícolas. En ese marco, la medición aparece como una herramienta central para traducir indicadores ambientales en decisiones concretas.

Medir para tomar decisiones productivas

Uno de los principales aportes del trabajo fue la posibilidad de desagregar las emisiones según cultivo y práctica. En gramíneas como el maíz y el trigo, entre el 60% y el 70% de las emisiones se vinculan con la fertilización nitrogenada. En cambio, en cultivos como la soja o el girasol, el mayor peso relativo se concentra en el uso de fitosanitarios y el consumo de combustible, que pueden representar hasta el 60% del total .

Estos resultados permitieron establecer una hoja de ruta para la mejora de la eficiencia. La optimización del uso de insumos, a través de herramientas como la fertilización variable y el manejo integrado de plagas, se posiciona como una de las principales estrategias para reducir la huella ambiental sin resignar productividad.

Además, los datos arrojaron un resultado alentador: en la mayoría de los casos, la huella de carbono registrada fue inferior a la media regional. En el cultivo de trigo, por ejemplo, producir una tonelada de grano implicó casi 200 kilos menos de CO₂ equivalente respecto del promedio zonal, lo que evidencia avances en términos de eficiencia productiva .

El rol del suelo en la sustentabilidad

El segundo eje del análisis se centró en el carbono orgánico del suelo, un indicador que conecta directamente la dimensión ambiental con la productiva. La materia orgánica, compuesta en gran parte por carbono, resulta clave para la fertilidad, la estructura del suelo y la estabilidad de los rendimientos.

Los resultados mostraron diferencias significativas según el tipo de manejo. Los sistemas que incorporaron cultivos de servicio y mantuvieron el suelo cubierto durante mayor tiempo lograron balances de carbono positivos o neutros. En contraste, los esquemas más simplificados, como el monocultivo de soja, registraron pérdidas de carbono .

Un caso representativo es la secuencia vicia/maíz, que permitió incrementar el stock de carbono del suelo en un 1,4%. En el extremo opuesto, el monocultivo de soja evidenció una caída cercana al 0,5%, lo que refuerza la importancia de la diversificación y la intensificación de los sistemas agrícolas para sostener la salud del suelo.

Más allá de los números, los productores destacaron el cambio de enfoque que implica incorporar el carbono en la toma de decisiones. Según uno de los integrantes del grupo, “Antes mirábamos el suelo desde lo físico. Hoy incorporamos la mirada del carbono, que termina de cerrar el sistema

Productores miden el carbono en el campo y ajustan sus prácticas para mejorar la productividad y anticiparse a exigencias ambientales .

De la teoría a la práctica

La experiencia también permitió validar en campo prácticas que, hasta hace algunos años, estaban asociadas principalmente a marcos teóricos. El uso de cultivos de servicio, la intensificación de las rotaciones y la cobertura permanente del suelo demostraron tener impactos concretos tanto en la productividad como en la sustentabilidad.

En este sentido, el trabajo no solo aportó datos técnicos, sino que también contribuyó a reducir la brecha entre conocimiento y aplicación, uno de los principales desafíos en la adopción de tecnologías y prácticas sustentables en el agro.

El enfoque adoptado por la Chacra Aapresid se basa en un proceso continuo de medición, comparación y ajuste. Esta lógica permite evaluar resultados campaña tras campaña y realizar cambios en función de evidencia concreta, lo que fortalece la resiliencia de los sistemas productivos frente a escenarios variables.

Un cambio impulsado desde el campo

Mientras los mercados internacionales avanzan en la definición de estándares ambientales y requisitos de certificación, experiencias como la del sur de Córdoba muestran que la adaptación no depende exclusivamente de regulaciones externas, sino también de iniciativas impulsadas por los propios productores.

En ese contexto, el carbono se posiciona como un eje transversal que integra productividad, eficiencia y sustentabilidad. Lejos de ser un condicionante, comienza a ser visto como una oportunidad para mejorar procesos, optimizar recursos y acceder a mercados más exigentes.

El trabajo desarrollado en la región también aporta información valiosa para el diseño de políticas públicas y estrategias sectoriales, en un escenario donde la trazabilidad ambiental y la reducción de emisiones ganan relevancia tanto a nivel local como global.

Perspectivas y desafíos

El desafío hacia adelante será consolidar estas herramientas y ampliar su adopción a mayor escala. La incorporación de indicadores como la huella de carbono y el balance de carbono del suelo implica no solo un cambio técnico, sino también cultural dentro del sector.

A medida que la información se vuelve más accesible y las tecnologías de medición se perfeccionan, la posibilidad de integrar estos datos en la gestión cotidiana del campo se vuelve cada vez más concreta.

En paralelo, la articulación entre productores, instituciones técnicas y organizaciones del sector será clave para sostener estos avances y generar nuevas soluciones frente a los desafíos ambientales.

Así, el carbono deja de ser un concepto abstracto para convertirse en un componente central de la agricultura moderna. En el sur de Córdoba, esa transformación ya está en marcha y marca el rumbo de un modelo productivo que busca producir más, pero también mejor.

 



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