La industria molinera argentina atraviesa una paradoja: mientras cuenta con capacidad instalada suficiente para duplicar el volumen actual de molienda y sueña con expandir las exportaciones de harina y alimentos elaborados, enfrenta problemas de competitividad que incluso la empujan a evaluar la importación de trigo. La advertencia fue realizada este jueves por el presidente de la Federación Argentina de la Industria Molinera (FAIM), Diego Cifarelli, durante el Congreso A Todo Trigo 2026 realizado en Mar del Plata, donde el sector volvió a reclamar una reducción de costos logísticos, impositivos y portuarios.
Diego Cifarelli
Según reconstruyó Clarín Rural, el dirigente aseguró que actualmente la industria opera apenas al 50% de su capacidad y sostuvo que la Argentina podría aumentar rápidamente sus exportaciones de harina si lograra corregir las distorsiones estructurales que afectan al negocio.
“La capacidad plena de toda la industria molinera podría moler 13,2 millones de toneladas de trigo y hoy estamos en 6,5 o 7 millones por año”, explicó Cifarelli durante el encuentro que reunió a referentes de toda la cadena triguera. El dato refleja el nivel de capacidad ociosa que atraviesa el sector y que, según los industriales, limita la generación de empleo, divisas y agregado de valor.
El presidente de FAIM planteó que la demanda internacional representa una oportunidad concreta para la molinería argentina. Según detalló, actualmente el mercado mundial importa alrededor de 20 millones de toneladas de harina, un volumen que podría abrir nuevas posibilidades para el país si se mejoraran las condiciones de competitividad.
“Si Argentina estuviera un poquito más competitiva, podríamos acceder a un mercado mucho más grande”, afirmó el dirigente. Hoy, las exportaciones argentinas de harina tienen como principales destinos a Brasil y Bolivia, aunque desde la industria consideran que existen posibilidades de expansión hacia otros mercados.
La principal limitante, sostuvo Cifarelli, no es la falta de infraestructura industrial ni la ausencia de demanda internacional, sino el peso de los costos internos. “Pagamos el triple de lo que paga un molino brasileño o un molino chileno para exportar”, señaló.
El dirigente describió un escenario donde los costos logísticos terminan erosionando la competitividad de toda la cadena. “No puede ser que hoy cueste más caro transportar una tonelada de harina desde Tucumán, Santiago del Estero o Chaco hasta el puerto, que mandar esa misma tonelada en barco a China”, cuestionó.
Durante su exposición, Cifarelli remarcó las diferencias económicas entre exportar trigo sin procesar y vender productos industrializados. Según explicó, una tonelada de trigo cotiza actualmente cerca de los 230 dólares, mientras que una tonelada de harina puede alcanzar entre 460 y 500 dólares en el mercado internacional.
El salto de valor agregado se amplía todavía más en productos elaborados. “Si la exportás en pastas vale 1.800 dólares y si la exportás en panificados, 1.700 dólares”, sostuvo.
Para la industria molinera, el desarrollo de exportaciones con mayor nivel de transformación no solo permitiría incrementar el ingreso de divisas, sino también generar empleo industrial y fortalecer economías regionales.
“No es solamente el valor de la tonelada que ingresa dólares, sino también todo el trabajo genuino que se genera a lo largo de esa transformación”, destacó el titular de FAIM.
En ese contexto, los industriales volvieron a reclamar cambios en la estructura tributaria que afecta al sector. Cifarelli cuestionó especialmente las retenciones que aún alcanzan a la harina y a otros derivados del trigo.
“Las exportaciones de harina no gravitan absolutamente nada en la recaudación del gobierno. No tiene sentido mantener esas retenciones”, afirmó.
Otro de los puntos que preocupa al sector es el bajo nivel de utilización de las plantas industriales. Según explicó Cifarelli, la capacidad ociosa termina elevando costos fijos y reduciendo la eficiencia general de la actividad.
“Cuando le das más volumen de trabajo a una empresa, bajás costos. Si tengo una planta preparada para moler 10.000 toneladas y muelo 5.000, mis costos fijos se encarecen”, señaló.
Desde la molinería sostienen que una mayor inserción exportadora permitiría aumentar el volumen de actividad y mejorar incluso los precios internos gracias a una utilización más eficiente de la infraestructura existente.
La preocupación aparece en un contexto complejo para el trigo argentino, atravesado por dudas vinculadas a la próxima campaña, altos costos de fertilización y energía, y expectativas respecto a posibles cambios en los derechos de exportación.
Uno de los planteos que más llamó la atención durante el Congreso A Todo Trigo fue la posibilidad de que algunas empresas comiencen a importar cereal para abastecer demandas específicas de calidad.
Cifarelli explicó que actualmente existe escasez de determinados tipos de trigo en el mercado interno y reconoció que muchas empresas están encontrando dificultades para originar mercadería adecuada para ciertos clientes.
“Hoy cuesta mucho originar trigo de calidad”, afirmó. Según indicó, gran parte de los productores ya comercializó el cereal disponible y actualmente concentra su atención en la cosecha de soja y maíz.
Frente a este escenario, el dirigente confirmó que el sector ya inició gestiones sanitarias para habilitar eventuales importaciones. “Si hay clientes muy exigentes y no tenemos la materia prima necesaria, la vamos a buscar donde esté”, sostuvo.
Entre las alternativas bajo análisis aparece el trigo paraguayo, aunque desde la industria aclararon que las decisiones dependerán de la evolución del mercado y de las necesidades puntuales de abastecimiento.
La posibilidad de importar trigo expone una situación inédita para una cadena históricamente ligada a la producción nacional. Sin embargo, desde FAIM remarcan que se trata de una medida orientada a sostener calidad y competitividad en mercados específicos.
Mientras tanto, el sector sigue reclamando condiciones que permitan aprovechar plenamente el potencial industrial argentino y transformar al país en un jugador más relevante dentro del comercio mundial de harina y alimentos elaborados.