Claudio Auger, un productor apícola de Villa Concepción del Tío, Córdoba, lleva cuatro décadas dedicado a la producción de miel y asegura que, pese a las crisis, la caída de rentabilidad y los cambios del negocio, volvería a elegir el mismo camino. Según informó Bichos de Campo, el apicultor comenzó con apenas 20 colmenas a los 18 años y hoy maneja unas 3.000 colmenas distribuidas entre Córdoba, Santiago del Estero y Catamarca.
La historia de Auger se diferencia de la de muchos productores argentinos porque logró convertir la apicultura en su única actividad económica desde hace 25 años. El emprendimiento, llamado “El Recreo”, nació tras acceder a un crédito otorgado por la Federación de Centros Juveniles de Sancor, que incluía colmenas y asesoramiento técnico.
“Tenía 18 años recién cumplidos cuando me inicié en esto”, recordó el productor. Gracias a sus vínculos con tamberos de la región, pudo instalar rápidamente sus primeras colmenas y comenzar a crecer en una actividad que en aquellos años todavía tenía amplias oportunidades de expansión.

Para 1997 ya había alcanzado las 700 colmenas, una escala que entonces le permitía vivir exclusivamente de la producción de miel. Hoy, sin embargo, reconoce que el escenario cambió y que un productor con ese tamaño necesita ingresos adicionales para sostenerse.
“En los últimos cuatro años la apicultura en Argentina ha perdido el 50% de la rentabilidad”, aseguró Auger. El productor explicó que la caída internacional del precio de la miel, impulsada por la competencia de productos chinos más baratos, golpeó fuerte al negocio argentino.
“La miel en el mundo hoy vale un 40% menos que hace 5 años. Lo que vendíamos entre 2,80 y 3 dólares hoy ronda los 2 dólares”, señaló.

A la baja internacional se suma un contexto local complicado. Auger afirmó que el atraso cambiario, la inflación en dólares y el aumento de los costos internos reducen aún más la competitividad de la actividad.
A pesar de ese panorama, el productor mantiene una estructura que le permitió este año alcanzar una producción cercana a los 140 mil kilos de miel, superando su objetivo habitual de 110 mil kilos anuales.
Gran parte de su crecimiento estuvo ligado a la capacidad de adaptación. Según relató, el avance de la soja en Córdoba y el cierre de tambos modificaron completamente el mapa productivo de la región a partir de los años 2000.

“Empezamos a perder áreas donde teníamos colmenas y gradualmente nos tuvimos que ir al norte del país”, explicó. Esa transformación obligó a incorporar sistemas de trashumancia y especializarse en nuevas floraciones y ambientes más complejos.
Además de los cambios productivos, Auger destacó la profesionalización que atravesó el sector. “Hoy para movernos tenemos que estar inscriptos en Senasa, tener Renapa, verificaciones técnicas y carnet profesional”, detalló.
Pese a los desafíos, el vínculo emocional con la actividad sigue intacto. “Esto es una pasión”, afirmó. Y agregó: “Después de 40 años yo digo que si volviera a nacer, volvería a ser apicultor”.

El productor aseguró que la actividad le dio libertad, estabilidad económica y una vida sin monotonía. También explicó que la apicultura permite crecer sin límites definidos y desarrollar múltiples tareas relacionadas con la producción.
Pensando en el futuro, Auger ya proyecta un proceso de retiro gradual. Como no tiene herederos directos interesados en continuar con el emprendimiento, planea entregar parte de sus colmenas a trabajadores del norte argentino que lo acompañaron durante años.
“La apicultura es una actividad que demanda muchísimo esfuerzo físico y la edad pasa para todos”, concluyó.
