La fecha de siembra del trigo es una de las decisiones agronómicas que más influye en la planificación de cada campaña. Sin embargo, un estudio realizado por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) determinó que retrasar la implantación hasta 30 días provoca un corrimiento de apenas entre seis y siete días en la espigazón, una de las etapas más importantes para definir el rendimiento del cultivo. Los resultados, obtenidos a partir de ensayos desarrollados durante tres campañas en Marcos Juárez (Córdoba) y Oliveros (Santa Fe), muestran que la elección del genotipo resulta más determinante que la fecha de siembra para ubicar la antesis dentro del período de menor riesgo climático.
La investigación fue elaborada por el ingeniero agrónomo Diego Hugo Pérez sobre la base de datos correspondientes a las campañas 2023/24, 2024/25 y 2025/26. El trabajo analizó 560 observaciones provenientes de más de 40 variedades de trigo evaluadas en ambos centros experimentales del INTA.
Los resultados ofrecen una conclusión que desafía uno de los conceptos tradicionales del manejo del cultivo. Según el estudio, por cada día que se demora la siembra, la espigazón se retrasa apenas entre 0,21 y 0,23 días, lo que significa que un atraso de aproximadamente un mes solo desplaza esa etapa crítica menos de una semana.
La información, publicada por el portal especializado TodoAgro, cobra especial relevancia para campañas en las que factores climáticos, como lluvias excesivas o problemas operativos, obligan a postergar las labores de implantación. En ese contexto, los datos indican que el cultivo posee una capacidad de adaptación fenológica mayor a la que habitualmente se considera.
El análisis permitió comprobar que el trigo presenta una importante capacidad para compensar los retrasos en la fecha de siembra mediante mecanismos fisiológicos propios de la especie. De acuerdo con el estudio, los distintos materiales genéticos tienden a concentrar la espigazón dentro de una ventana relativamente estrecha, independientemente del momento en que fueron implantados.
Este comportamiento responde principalmente a la interacción entre el fotoperíodo y la vernalización, dos procesos biológicos que regulan el desarrollo del cultivo y determinan la velocidad con la que avanza hacia las etapas reproductivas.
En los ensayos realizados en Marcos Juárez, los investigadores observaron una relación estadísticamente significativa entre la fecha de siembra y la espigazón. Sin embargo, incluso cuando la implantación se demoró 48 días, la aparición de las espigas se desplazó en promedio apenas diez días.
En Oliveros se registró una tendencia similar, aunque con una mayor incidencia de las condiciones ambientales y de las diferencias entre los distintos materiales evaluados.
Otro de los aspectos destacados por el trabajo fue que las diferencias entre variedades disminuyen a medida que la siembra se realiza más tarde. Durante una implantación temprana efectuada en junio de 2023 en Oliveros, la distancia entre el genotipo más precoz y el más tardío alcanzó los 44 días de diferencia en la espigazón. En cambio, cuando la siembra se efectuó en julio, esa brecha se redujo a menos de diez días.
Según el análisis, este fenómeno demuestra que las condiciones ambientales tienden a sincronizar el comportamiento de materiales con distinta sensibilidad al fotoperíodo cuando las fechas de implantación se retrasan.

El estudio también pone el foco sobre una de las variables más importantes para alcanzar altos niveles de productividad: ubicar la antesis dentro de una ventana de bajo riesgo climático.
La floración representa uno de los momentos más sensibles del ciclo del trigo. Si ocurre demasiado temprano, el cultivo queda expuesto a daños provocados por las heladas tardías. Si se retrasa en exceso, aumenta la probabilidad de atravesar el llenado de granos bajo temperaturas elevadas, una condición que reduce el potencial de rendimiento.
En la región pampeana, la fecha promedio de la última helada se ubica alrededor del 26 de septiembre, aunque existen antecedentes de eventos fríos registrados hasta el 18 de octubre. Por ese motivo, la planificación busca que la espigazón y la floración coincidan con un período de menor probabilidad de ocurrencia de temperaturas extremas.
A ese escenario se suma otro factor determinante: la disponibilidad de radiación solar. Durante la campaña 2025, el trabajo identificó valores especialmente elevados del cociente fototermal, un indicador que combina la radiación interceptada con la temperatura ambiente y que permite estimar las condiciones favorables para la generación de rendimiento.
Los mayores valores se registraron entre el 1 y el 10 de octubre, una franja que, según el análisis, ofreció condiciones particularmente favorables para maximizar el potencial productivo del cultivo.
En función de estos resultados, el estudio concluye que el período comprendido entre fines de septiembre y la primera quincena de octubre constituye una de las ventanas más convenientes para que ocurra la espigazón en gran parte de la región productiva.
Más allá de la importancia que continúa teniendo la fecha de siembra como herramienta de manejo, la investigación concluye que la capacidad de modificar la fecha de espigazón mediante cambios en el calendario de implantación resulta limitada.
Por el contrario, el trabajo sostiene que la selección del genotipo es el factor con mayor influencia para posicionar la antesis dentro del período de menor riesgo climático.
Entre las conclusiones difundidas por TodoAgro, el estudio señala que "modificar la fecha de siembra en dos o tres semanas produce ajustes relativamente pequeños en la fecha de espigazón, por lo que la elección del genotipo continúa siendo el instrumento más eficaz para ubicar el período crítico en el momento más favorable".
Esta evidencia aporta una herramienta de gran utilidad para productores y asesores técnicos, especialmente en campañas donde las condiciones de humedad o las dificultades operativas obligan a modificar el cronograma de siembra.
Los resultados también refuerzan la importancia de los programas de mejoramiento genético desarrollados por el INTA y otras instituciones, ya que la adaptación varietal aparece como el principal recurso para optimizar el comportamiento del cultivo frente a los desafíos climáticos.
En un escenario donde las condiciones ambientales muestran una creciente variabilidad, contar con información precisa sobre la respuesta fenológica del trigo permite reducir la incertidumbre al momento de planificar la campaña. El estudio sugiere que el cultivo posee una capacidad de compensación superior a la prevista y ofrece un margen de flexibilidad mayor para la toma de decisiones sin alterar significativamente el posicionamiento de una de las etapas más determinantes para alcanzar buenos rendimientos.