Lo que comenzó como una aventura vinculada a la pesca con mosca terminó convirtiéndose en un proyecto vitivinícola reconocido. Los estadounidenses Rance Rathie y Travis Smith llegaron desde Montana para trabajar como guías de pesca en Trevelin, compraron un terreno para desarrollar un lodge turístico y, sin experiencia previa en el mundo del vino, decidieron plantar vides. Tras perder por completo la primera plantación, insistieron con una segunda apuesta que hoy da origen a los vinos de Contra Corriente, una bodega que produce entre 12.000 y 13.000 botellas al año y abastece a restaurantes como Don Julio, Anchoíta, El Preferido y Lo de Fran.
El proyecto nació como un complemento del lodge donde reciben pescadores de distintas partes del mundo, atraídos por los ríos de la Patagonia. La idea de producir vino surgió cuando un agrónomo mendocino comenzó a impulsar nuevas plantaciones en la región. A pesar de las condiciones climáticas extremas y de la falta de antecedentes consolidados, decidieron sumarse al desafío.

La primera experiencia no fue exitosa. Toda la plantación inicial se perdió y los socios debieron comenzar nuevamente. Las nuevas vides fueron implantadas entre 2014 y 2015 y la primera cosecha comercial llegó en 2018. En la actualidad, el viñedo ocupa cuatro hectáreas, con dos hectáreas de Pinot Noir, una y media de Chardonnay y media hectárea de Gewürztraminer.
Toda la producción se realiza en el mismo predio donde funciona el lodge. La propuesta de la bodega apunta a elaborar vinos de terruño, de partidas limitadas y con una fuerte identidad patagónica, aprovechando las características únicas del lugar.

Uno de los mayores desafíos de producir vino en Trevelin son las heladas, que pueden registrarse incluso durante la primavera y el verano. Para proteger las plantas, el viñedo cuenta con un sistema de riego por aspersión que requiere monitoreo constante. Una falla puede afectar la producción durante varias temporadas.
Actualmente, Contra Corriente elabora alrededor de 10.000 litros de vino por año, aunque en algunas cosechas alcanzó las 18.000 botellas. La producción todavía tiene margen para crecer gracias a sectores del viñedo que fueron replantados durante los últimos años y aún son jóvenes.

El crecimiento comercial llegó principalmente gracias al boca a boca y al respaldo de sommeliers que incorporaron las etiquetas a algunas de las cartas más prestigiosas de Buenos Aires. Cerca del 80% de la producción se comercializa en la capital argentina, mientras que el resto se distribuye en distintas provincias.
La bodega también tuvo una experiencia exportadora hacia Estados Unidos antes de la pandemia. Aunque esas operaciones quedaron en pausa, en los últimos meses recibió nuevas consultas desde el exterior y analiza oportunidades en Brasil y Perú. El objetivo es que las exportaciones representen hasta un 20% de la producción, manteniendo al mercado argentino como principal destino.

Además del crecimiento comercial, los fundadores buscan fortalecer el turismo enológico en Trevelin y mantener la actividad durante todo el año. La apuesta es seguir ampliando la producción sin perder la escala artesanal ni la identidad que caracteriza a sus vinos, consolidando un proyecto que nació sin conocimientos en vitivinicultura y que hoy se convirtió en una referencia entre los pequeños productores de la Patagonia.
