La bióloga Ayelén Malgraf lidera en Salta un proyecto que transforma micelio de hongos y residuos agrícolas en envases biodegradables capaces de reemplazar al plástico y al Telgopor. El desarrollo, impulsado por la empresa Fungipor, aprovecha desechos de la producción agropecuaria para fabricar embalajes compostables destinados a diferentes industrias. Según informó Bichos de Campo, la iniciativa ya trabaja con empresas de los sectores vitivinícola y cosmético y busca ampliar su escala comercial.
El emprendimiento nació como una evolución de Hongos del Valle, empresa fundada por Malgraf en la localidad de Cerrillos y especializada en la producción de hongos comestibles. En 2019, la investigación sobre las propiedades del micelio dio origen a Fungipor, una firma enfocada en desarrollar biomateriales sostenibles a partir de recursos renovables.

El componente central del proceso es el micelio, la estructura vegetativa de los hongos formada por una red de filamentos denominada hifas. Este material actúa como un aglutinante natural que, combinado con residuos agroindustriales, permite obtener envases resistentes y completamente biodegradables.
"Cuando una empresa ve que un embalaje de micelio protege su producto y además reduce el impacto ambiental, entienden que ese cambio es posible", explicó Malgraf, según consignó Bichos de Campo.

Para fabricar los envases, la empresa utiliza principalmente paja de poroto proveniente del Valle de Lerma, un residuo agrícola que habitualmente se quema y que ahora encuentra un nuevo uso dentro de un esquema de economía circular. En lugar de convertirse en un desecho, ese material se mezcla con el micelio del hongo Ganoderma, previamente tratado mediante procesos de esterilización y trituración que favorecen el crecimiento del biomaterial.
Una vez obtenida la mezcla, cada envase se diseña de acuerdo con las necesidades del cliente. Se fabrican moldes específicos, el biomaterial se comprime dentro de ellos y luego pasa por un proceso de secado que elimina la humedad. El resultado es un producto con características similares al Telgopor, aunque con la ventaja de ser totalmente compostable.

Malgraf explicó que, una vez deshidratado, el micelio deja de estar activo, por lo que el envase puede conservarse durante años sin degradarse. Sin embargo, cuando entra en contacto con el suelo, comienza un proceso natural de compostaje que demora entre 30 y 45 días. Actualmente, la empresa trabaja para obtener una certificación que respalde oficialmente esa condición.
El potencial comercial del desarrollo ya comenzó a reflejarse en diferentes proyectos. Entre las primeras experiencias se encuentra la fabricación de un packaging para vinos de Chandon, además de envases para una botella de whisky, una hielera y diversos embalajes destinados a la industria cosmética.

"Todo nuestro trabajo tiene un mismo propósito, demostrar que es posible producir respetando los ciclos de la naturaleza y aportando soluciones concretas para un futuro más sostenible", afirmó la investigadora.
La emprendedora sostiene que uno de los principales desafíos sigue siendo modificar la percepción de las empresas, acostumbradas a utilizar materiales tradicionales como el plástico o el poliestireno expandido. Aun así, asegura que cada vez más compañías buscan alternativas sustentables para reducir su impacto ambiental.

Otro objetivo es escalar la producción y acceder al financiamiento necesario para expandir la tecnología en Argentina. Para lograrlo, Fungipor mantiene vínculos con universidades, el INTI y distintos programas de innovación que le permiten continuar desarrollando nuevos materiales y procesos productivos.
Con esta propuesta, el emprendimiento busca demostrar que los residuos del agro pueden convertirse en productos de alto valor agregado y contribuir a reemplazar materiales contaminantes mediante soluciones inspiradas en la naturaleza.
