En Chajarí, Entre Ríos, el empaque FAMA concentra buena parte del proceso que permite que naranjas y mandarinas producidas en el noreste argentino lleguen a mercados de América, Europa y Asia. La planta, creada en 1985 por productores de la región para encontrar una salida exportadora a una oferta que el mercado interno no podía absorber, se convirtió en la actualidad en la principal exportadora argentina de cítricos dulces. Allí, miles de frutas son seleccionadas, clasificadas, acondicionadas, enfriadas y embaladas antes de iniciar viajes que pueden extenderse hasta 60 días.
El recorrido de una mandarina dentro de la planta comienza mucho antes de que llegue a una caja de exportación. La fruta es cosechada en establecimientos ubicados en distintos puntos de Entre Ríos y el sur de Corrientes y trasladada hasta el empaque en grandes bins de madera.
Cada uno de esos recipientes puede transportar alrededor de 300 kilos de naranjas y un volumen algo menor cuando se trata de mandarinas. Los camiones ingresan a la planta con entre 80 y 100 bins, que son descargados para iniciar una primera revisión.
La selección determina desde ese momento qué fruta podrá continuar hacia el circuito destinado al comercio exterior. Pero el sistema no funciona únicamente sobre la base de una evaluación visual humana: una parte importante del proceso está automatizada y utiliza cámaras para analizar las características de cada pieza.
Uno de los responsables de la operación es Gustavo Challier, ingeniero en alimentos formado en Concordia. Su trayectoria comenzó en una fábrica de jugos de esa ciudad y continuó en actividades vinculadas con arándanos y otros frutos frescos, hasta llegar al manejo del proceso industrial y logístico de los cítricos en FAMA.
En una entrevista con Bichos de Campo, Challier explicó que la planta debe administrar tres destinos posibles para la fruta: exportación, mercado interno e industria.
“Tenemos tres mercados: exportación, mercado interno e industria. Cuando los tres cierran bien, el negocio va para adelante; cuando uno cae, se empieza a complicar”, señaló.
La definición resulta clave para entender cómo funciona el empaque. Una fruta que no reúne las condiciones estéticas exigidas por un comprador extranjero no necesariamente queda descartada. Puede tener buen sabor y condiciones para el consumo, pero presentar una marca, una cicatriz o una diferencia de color que impida incluirla en determinado pedido internacional.
En esos casos, el destino puede ser el mercado argentino o la industria de jugos.
Después de la primera recepción, la fruta pasa por una línea de preselección incorporada en 2017. Allí comienza un proceso de clasificación que utiliza imágenes para analizar características como calidad, tamaño y color.
Las cámaras permiten detectar imperfecciones que pueden resultar determinantes para el destino comercial. Entre ellas aparecen las marcas producidas por el contacto de las hojas y ramas con la fruta durante el crecimiento.
Para el consumidor, una pequeña cicatriz puede no modificar el sabor ni las condiciones del producto. Sin embargo, en determinados mercados internacionales la apariencia exterior forma parte de las especificaciones de compra.
Por eso, la selección no se limita a determinar si una naranja o mandarina está en condiciones de ser consumida. El objetivo es establecer qué mercado puede recibir cada fruta.
La clasificación permite ordenar el producto de acuerdo con las exigencias de los distintos canales comerciales. La fruta destinada a exportación debe cumplir con los requisitos establecidos por los compradores y los controles correspondientes, mientras que aquella que no alcanza esa categoría puede continuar dentro de la cadena mediante otros destinos.
El sistema evita que una diferencia estética se traduzca necesariamente en un desperdicio del producto. El principio es aprovechar la fruta y asignarle el mercado adecuado.
Las naranjas y mandarinas que superan las etapas de selección continúan por distintas instancias de limpieza, tratamiento y secado antes de llegar al embalaje.
La presentación final depende de las condiciones establecidas para cada operación. FAMA utiliza cajas de 10 o 15 kilos, que luego son organizadas sobre pallets para facilitar su manipulación y transporte.
La logística adquiere especial importancia porque el destino final puede encontrarse a miles de kilómetros de la planta entrerriana. Entre los mercados mencionados para la fruta aparecen Brasil, Canadá, Reino Unido, Singapur e Indonesia.
La variedad de destinos implica trabajar con diferentes requerimientos comerciales y logísticos. Además de las condiciones de calidad, el producto debe conservarse durante todo el trayecto para llegar en condiciones adecuadas al comprador.
Una de las particularidades de FAMA es que el proceso de exportación se completa en la propia planta. El establecimiento cuenta con una terminal de Aduana y con presencia permanente del Senasa, lo que permite realizar allí parte de los controles y procedimientos necesarios antes de la salida de los contenedores.
Una vez que la carga queda preparada, los contenedores son trasladados en camión hacia los puertos de exportación ubicados en Buenos Aires.
El control de la temperatura es uno de los puntos más sensibles de todo el proceso. La fruta puede permanecer entre 30 y 60 días en tránsito, dependiendo del destino y de las condiciones del viaje.
FAMA dispone de cámaras frigoríficas para conservar los cítricos antes de su despacho. Allí se trabaja con temperaturas cercanas a los 4 o 5 grados y una humedad aproximada del 90%.
El objetivo es que las condiciones de conservación se mantengan luego durante el transporte internacional.
La cadena de frío comienza en la planta y continúa a lo largo de toda la operación logística. Una interrupción o una variación significativa de las condiciones puede comprometer la calidad de una carga que atravesó diferentes controles desde el momento de la cosecha.
“No se te puede escapar”, explicó Challier al referirse al seguimiento de la temperatura, según la entrevista publicada por Bichos de Campo.
La frase resume uno de los principales desafíos del negocio exportador de fruta fresca: el proceso no termina cuando el producto es seleccionado y colocado en una caja. El trabajo realizado durante meses en las quintas puede quedar condicionado por lo que ocurra durante las semanas de almacenamiento y transporte.
La historia de FAMA está ligada a una necesidad concreta de los productores de la región. La empresa nació en 1985, cuando un grupo de productores identificó que la capacidad del mercado argentino era insuficiente para absorber toda la producción de cítricos dulces.
La alternativa fue desarrollar una estructura que permitiera acceder al comercio exterior.
Desde entonces, el empaque evolucionó hasta convertirse en una instalación de gran escala y con tecnología destinada a atender las exigencias de los mercados internacionales.
La ubicación en Chajarí tiene una importancia estratégica por su cercanía con una de las principales zonas productoras de cítricos dulces del país. La fruta llega desde distintos establecimientos de Entre Ríos y Corrientes, se concentra en la planta y desde allí comienza el proceso que terminará con la carga en un contenedor.
La organización del circuito permite integrar distintas etapas: recepción, selección, clasificación, acondicionamiento, conservación, embalaje, control aduanero y despacho.
Uno de los aspectos centrales del funcionamiento de FAMA es la necesidad de administrar simultáneamente tres destinos comerciales.
La exportación es el principal objetivo del empaque, pero no toda la fruta puede cumplir con los requisitos de cada comprador. Las diferencias en calibre, color o apariencia pueden modificar el destino.
La existencia de un mercado interno y de la industria de jugos permite aprovechar aquella fruta que no ingresa en determinadas categorías de exportación.
El sistema genera así una cadena de aprovechamiento en la que el producto puede encontrar distintas alternativas comerciales según sus características.
Para la empresa, el equilibrio entre esos tres mercados resulta determinante. Una caída en cualquiera de ellos puede modificar la ecuación del negocio, especialmente porque los costos de producción, selección, conservación y logística deben afrontarse antes de que la fruta llegue al consumidor final.
La actividad también depende de factores externos, como las condiciones del transporte internacional, la demanda de cada destino y las exigencias sanitarias y comerciales de los países compradores.
El recorrido que comienza en las quintas del noreste argentino termina, en algunos casos, en mercados situados a miles de kilómetros de distancia. Brasil, Canadá, Reino Unido, Singapur e Indonesia forman parte de los destinos posibles de una producción que debe conservar sus características durante todo el trayecto.
La operación requiere coordinar a productores, trabajadores del empaque, especialistas en alimentos, operadores logísticos, autoridades sanitarias y organismos de control.
En ese esquema, la tecnología de selección permite separar la fruta de acuerdo con sus características, mientras que las cámaras frigoríficas y el transporte refrigerado buscan preservar su calidad.
El resultado es un proceso en el que prácticamente cada etapa tiene un objetivo específico. La fruta que llega del campo no se dirige automáticamente a una única salida: primero es evaluada, luego clasificada y finalmente asignada al destino que corresponde según sus condiciones.
Para FAMA, esa capacidad de clasificación y aprovechamiento forma parte de una estrategia desarrollada durante décadas. Lo que comenzó en 1985 como una respuesta de productores ante las limitaciones del mercado interno se transformó en una estructura orientada al comercio exterior.
Hoy, detrás de una caja de mandarinas o naranjas que llega a un comprador internacional existe una cadena que combina producción regional, tecnología, controles sanitarios, frío y logística. El objetivo final es que la fruta que salió de una quinta entrerriana pueda atravesar semanas de transporte y llegar al destino en las condiciones que exige el mercado.