Las pasturas perennes (PP) templadas base a gramíneas representan uno de los recursos forrajeros más importantes; por este motivo, su valoración y cuidado se deben ejecutar teniendo en cuenta todos los recaudos posibles, ya que se espera de ellas una vida útil prolongada.
Su manejo al inicio de la primavera –tanto en el primer uso como en los ciclos sucesivos– va a determinar lo que ocurrirá el resto del año en términos de acumulación de pasto y producción animal. Lo más común es que las PP base gramíneas progresen hacia estructuras degradadas dominadas por matas altas de bajo valor nutritivo; esto sucede cuando se las deja crecer libremente o cuando son sometidas a períodos prolongados de subutilización en primavera o verano. No obstante, tanto la festuca alta como el agropiro alargado y sus asociaciones con leguminosas pueden formar recursos productivos de alto valor alimenticio.
Se aconseja iniciar el pastoreo lo antes posible, entre fines del invierno y principios de primavera, siempre y cuando haya piso. Si no se cuenta con suficientes animales para llevar a cabo el pastoreo, se deberían destinar los lotes a forrajes conservados, evitando que el corte se realice con el cultivo pasado, para aumentar la eficiencia en el uso de las maquinarias. Estas medidas, llamadas “control temprano de la floración”, son útiles para evitar que las PP se vuelvan altas, pierdan foliosidad y calidad, se encañen, formen matas o se raleen.
Los macollos que florecen posteriormente, denominados “inducidos”, operan como una barrera para que aparezcan nuevos vegetativos y reprimen a los ya existentes no inducidos. El fenómeno arranca temprano en la primavera –antes que se haga evidente la floración– y es común a todas las gramíneas templadas otoño-inverno-primaverales, debido a que todos los macollos que florecen llevan adelante su ciclo de vida y mueren. En este contexto, especies como agropiro alargado o festuca alta presentan una alta proporción de macollos con probabilidad de florecer.
Los “cortes de limpieza” resuelven solo de forma parcial los problemas generados por las matas fuertes de agropiro alargado y otras gramíneas, reduciendo –en parte– la superficie de rechazo de los animales en la defoliación subsiguiente. De todas maneras, no son efectivos a la hora de favorecer la conformación de una PP cespitosa y foliosa, ya que no actúan sobre el origen del revés.
Como regla operativa, se debería intentar comenzar el pastoreo cuando los tapices vegetales tengan una biomasa equivalente a 1.500 o 1.700 kilogramos por hectárea (kg/ha) de pasto en Materia Seca (MS) o alrededor de siete o diez centímetros (cm) de altura.
Aquí se introduce el concepto de “biomasa equivalente” para hacer hincapié en las áreas cubiertas por las especies forrajeras, o sea, en las líneas de siembra o los manchones que hayan conseguido establecerse sin inconvenientes en el potrero. Esto implica que se realice sobre aquellos lugares donde debe controlarse si se alcanzó la disponibilidad o la altura que se haya definido como “estado objeto”, para ejecutar un manejo eficiente de las PP.
Una vez realizada la primera vuelta, se deberá ingresar en los potreros con una disponibilidad equivalente a 2.000 o 2.500 Kg/ha de MS o alrededor de 15 o 18 cm de altura. Sin embargo, habrá prestar atención para evitar que las gramíneas se encañen; esta medida fomentará el macollaje y suprimirá una alta proporción de los macollos que se introdujeron, favoreciendo la supervivencia y proliferación de los vegetativos, con la mayor densidad poblacional de acuerdo con el tipo de suelo y el clima que se trate.
Cabe destacar que ninguna planta forrajera acumula pasto en pie de forma indefinida. Si una PP produce una cantidad x de forraje, empezará la senescencia y se perderá por descomposición en un lapso de entre veinte y cincuenta días, de acuerdo a las condiciones climáticas, acrecentándose cuando la misma es elevada y disminuyendo cuando es más baja.
Si bien el lapso no cambia demasiado, aunque las especies forrajeras crezcan en buenas o malas condiciones de accesibilidad al agua y fertilidad de suelo, ese forraje puede haberse formado en una PP fertilizada y regada, así como en una no fertilizada en secano. No obstante, envejecerán y empezarán a morir casi al mismo tiempo, generando una hipótesis que plantea que la muerte del forraje está relacionada con la suma térmica y no con las condiciones ambientales como la disponibilidad de agua y nutrientes.
Esto se puede argumentar estimando que los tejidos de las plantas envejecen en función de la temperatura de cada día y no por las jornadas que tardaron las PP en producir una cantidad determinada de forraje. A partir de ahí se comienza a perder lo acumulado y aproximadamente cuando se hayan sumado entre 300 a 600 grados centígrados, dependiendo la especie en el que el pasto fue producido. En el caso del agropiro alargado, la suma térmica requerida es de 400ºC a 500ºC, considerando una temperatura base para el crecimiento de 4ºC a 5ºC. Dicho lapso indicará la cantidad de tiempo que tendrá el recurso en acumular pasto vivo en pie. Si el pastoreo se atrasa, todos los días se va a perder una cantidad equivalente a lo que se produce en veinte o cincuenta días.
El diseño de cadenas alimenticias que permitan complementar las variaciones estacionales de la oferta de forraje de las PP es esencial para alcanzar mejores rendimientos, hacerle frente a los cambios climáticos y generar mayor flexibilidad dentro de los sistemas ganaderos.