La alfalfa es una especie de planta herbácea perteneciente a la familia de las fabáceas o leguminosas, capaz de fijar nitrógeno atmosférico. Sus raíces son capaces de llegar hasta los 3,5-4 metros de profundidad a los cuatro años de implantada, lo que la hace tolerante a sequías. Sin embargo, es muy susceptible al anegamiento, ya que puede producirse una falta de oxigenación de las raíces que termine causando la muerte de la planta.
Esta especie tiene dos fechas de siembra posibles: otoño, con condiciones ambientales que favorecen la etapa de reposo, y primavera, con condiciones ambientales que posibilitan un rápido crecimiento de la parte aérea. En cualquier caso, la disponibilidad de humedad debe ser óptima. Para alcanzar altas producciones, se requieren suelos profundos (mayores a 1,2 metros) y aireados, con pH entre 6,5 y 7,5 (de reacción neutra).
A medida que la alfalfa continúa con su desarrollo, forma en la parte del cuello de la planta –entre la raíz y la parte aérea– la corona, la cual incluye la parte perenne de los tallos. Su importancia es de almacenaje de reservas y soporte de yemas que darán origen a nuevos brotes, lo que le permite tolerar pastoreos intensos pero poco frecuentes, debido a que hay que darle un lapso de tiempo, que puede ir de 20 a 25 días en verano y de 35 a 40 días en otoño, para acumular la suficiente reserva para dar origen a los nuevos tallos y hojas.
El momento óptimo de pastoreo es al 10% de floración, teniendo en consideración la producción de forraje, la calidad nutricional y la persistencia de la pastura en el tiempo.