En las extensiones áridas de la Patagonia argentina, donde el viento y la escasez de agua moldean el paisaje, el guanaco cumple una función mucho más profunda que la de un simple habitante silvestre. Este camélido nativo, presente desde tiempos prehispánicos, es considerado hoy por la ecología moderna como un ingeniero ecosistémico: una especie capaz de modificar su entorno de manera tal que favorece la vida de otras plantas y animales. Su rol resulta clave para entender cómo se mantiene el equilibrio ambiental en una de las regiones más exigentes del país.
El guanaco (Lama guanicoe) es el mayor herbívoro terrestre nativo de la Argentina y uno de los pocos mamíferos adaptados a sobrevivir tanto en el altiplano andino como en las estepas frías del sur. Su relevancia ecológica se explica por la combinación de su forma de alimentarse, su movilidad constante y su interacción con el suelo. A diferencia de especies introducidas, su presencia no degrada el ambiente: lo regenera.
La dieta del guanaco incluye más de 70 especies vegetales, entre gramíneas, hierbas y pequeños arbustos. Gracias a sus labios prensiles y a un sistema digestivo altamente eficiente, puede aprovechar vegetación dura y escasa sin arrasar los brotes más tiernos. Este tipo de pastoreo selectivo permite que las plantas se regeneren, manteniendo la diversidad vegetal de la estepa.
Los estudios ecológicos muestran que, en áreas donde el guanaco fue desplazado o reducido drásticamente, la vegetación tiende a homogeneizarse y el suelo pierde cobertura. Ese proceso incrementa la erosión eólica, uno de los principales problemas ambientales de la Patagonia. En cambio, en zonas donde el guanaco conserva poblaciones estables o se ha reintroducido, la cobertura vegetal mejora y el ecosistema muestra mayor resiliencia frente a sequías y eventos extremos.

El impacto del guanaco no se limita al pastoreo. Su papel como dispersor de semillas es central para la dinámica de la estepa. Al alimentarse, ingiere semillas que atraviesan su sistema digestivo sin dañarse. Estas semillas son depositadas luego junto con materia orgánica rica en nutrientes, lo que incrementa notablemente las posibilidades de germinación.
Las heces del guanaco contienen altos niveles de nitrógeno y fósforo, dos elementos clave para la fertilidad del suelo. En un ambiente donde la materia orgánica es limitada, estos aportes generan pequeños focos de alta productividad. Los ecólogos los describen como “islas de fertilidad”, donde prosperan plantas que luego sirven de alimento y refugio para insectos, aves y pequeños mamíferos.
Además, los guanacos utilizan áreas específicas para defecar de manera recurrente, formando los conocidos montículos de guanaco. Estos puntos concentran nutrientes y semillas, contribuyendo a la heterogeneidad del paisaje y a la regeneración natural del suelo.
Otro rasgo que distingue al guanaco es su movilidad constante. Las manadas recorren grandes extensiones siguiendo la disponibilidad estacional de agua y alimento. Este comportamiento evita la sobrecarga de un mismo sector y distribuye de manera pareja los nutrientes a lo largo del territorio.
Este patrón contrasta con el impacto del ganado introducido, que suele concentrarse cerca de fuentes de agua y genera compactación del suelo y degradación de la vegetación. En ese sentido, el guanaco no solo cumple una función ecológica positiva, sino que también ofrece un modelo de interacción más equilibrada entre herbívoros y ambiente.
Durante miles de años, el guanaco fue parte central de la vida de los pueblos originarios de la Patagonia. Proveía alimento, abrigo y herramientas, y su figura quedó plasmada en arte rupestre y objetos ceremoniales. Con la expansión ganadera y la caza indiscriminada, sus poblaciones se redujeron en amplias zonas del país.
En las últimas décadas, la mirada científica y ambiental volvió a poner al guanaco en el centro del debate. Ya no solo como símbolo cultural o especie silvestre, sino como un actor fundamental en la conservación de los ecosistemas patagónicos. Su presencia ayuda a sostener la productividad del suelo, reduce la erosión y favorece la biodiversidad en uno de los ambientes más frágiles del territorio argentino.

A pesar de su importancia, el guanaco enfrenta tensiones crecientes vinculadas al uso del territorio, los conflictos con la producción ganadera y la fragmentación del hábitat. Especialistas coinciden en que la clave está en avanzar hacia estrategias de manejo integradas, que reconozcan su valor ecológico y permitan la convivencia con las actividades productivas.
La Patagonia no es un desierto vacío, sino una estepa viva, dinámica y compleja. En ese entramado, el guanaco actúa como un regulador silencioso, sosteniendo procesos naturales que no siempre son visibles, pero resultan esenciales. Cada manada que cruza la estepa deja algo más que huellas: deja fertilidad, diversidad y movimiento.
En un contexto de cambio climático y creciente presión sobre los recursos naturales, comprender y proteger el rol del guanaco es también una forma de pensar el futuro ambiental del sur argentino. Su constancia, su adaptación y su impacto positivo recuerdan que incluso en los paisajes más duros, la vida se sostiene gracias a equilibrios construidos a lo largo del tiempo.