Humberto Taroni, médico veterinario formado en la UBA, fundó en 1978 un pequeño laboratorio en Avellaneda que con el paso de las décadas se transformó en König, una empresa regional de salud animal con presencia industrial en Argentina, Brasil, Uruguay y España, exportaciones a cerca de 20 países y una facturación global superior a los US$42 millones en 2025. La trayectoria combina innovación tecnológica, internacionalización temprana y un viraje reciente hacia una estrategia centrada en el cliente, según informó La Nación, en un artículo firmado por Laura Ponasso.
La compañía emplea actualmente a 350 personas, opera plantas productivas en Avellaneda y Chivilcoy, en San Pablo, Montevideo y Barcelona, y cuenta con un hub logístico en la zona franca de Panamá. Solo en la Argentina, la facturación alcanzó en 2025 los US$18,8 millones, mientras que las filiales del exterior aportaron US$23,2 millones, con crecimientos interanuales cercanos al 14% y al 20%, respectivamente.
El recorrido comenzó de manera modesta. Taroni, que había desarrollado su carrera en el laboratorio Elea y ocupó cargos académicos y técnicos en la UBA y el INTA, decidió abandonar la trayectoria institucional y apostar por un proyecto propio. Con apoyo económico familiar, compró una casa en Avellaneda y montó allí la primera planta. Décadas después, el predio ocupa casi media manzana y la empresa continúa negociando nuevas ampliaciones.
Su hijo, Máximo Taroni, hoy responsable del área Comercial, describió a La Nación los comienzos y la evolución de la empresa: “Eran cuatro o cinco personas, que hicieron todo a pulmón. Fuimos anexando otras propiedades y creciendo, a pesar de los vaivenes de la Argentina. Hoy tenemos casi media manzana y estamos negociando otras propiedades para seguir creciendo”.
La historia de König también está atravesada por episodios críticos. Entre los momentos más difíciles, la familia Taroni recuerda la hiperinflación de fines de los años 80, el corralito de 2001 y el incendio del depósito de Dock Sud en 2022, que destruyó mercadería e insumos por un valor cercano a los US$8 millones. “Fue devastador. Nos llevó más de un año y medio recuperar el giro comercial. Lo bueno es que no hubo heridos y no despedimos a nadie”, señaló Máximo Taroni a La Nación.
En ese proceso de reconstrucción, las filiales regionales cumplieron un rol clave. Especialmente la operación en Uruguay, que aportó stock para sostener el abastecimiento y evitar la pérdida de clientes en el mercado local. Esa red internacional, construida durante más de tres décadas, terminó funcionando como un verdadero respaldo estratégico.

Desde sus inicios, König apostó por diferenciarse a través de la investigación y el desarrollo. En los primeros años, el foco estuvo puesto en productos para animales domésticos, entre ellos un pulguicida y garrapaticida líquido que logró buena penetración en el mercado. Con el tiempo, el portafolio se amplió hasta superar hoy los 250 productos destinados a diversas especies.
“Mi padre siempre estuvo interesado en la innovación y el desarrollo, fue un apasionado por buscar nuevas fórmulas y tecnologías. Eso es lo que nos caracteriza como compañía”, explicó Máximo Taroni en declaraciones publicadas por La Nación.
Dos desarrollos marcaron un antes y un después en la historia de la empresa. El primero fue un suplemento inyectable de cobre para bovinos con una residualidad de tres meses, una prestación poco habitual en su momento. El segundo fue el lanzamiento de Bactrovet Plata, a comienzos de los años 80, un producto que redefinió el segmento de curabicheras.
Según explicó Taroni hijo, hasta entonces las soluciones disponibles eran limitadas. Bactrovet Plata combinó sulfadiazina de plata y aluminio micronizado en un aerosol con mayor adherencia, eficacia y velocidad de acción. El impacto comercial fue tan grande que, en mercados como Venezuela, el nombre se volvió prácticamente un genérico. La demanda llevó a la empresa a montar una planta específica de aerosoles en Chivilcoy.
En años más recientes, König incorporó productos como Cidar, un comprimido palatable para perros y gatos contra pulgas, garrapatas y parásitos internos, y Dardox, un sarnicida y garrapaticida. Ambos lanzamientos, según datos difundidos por la compañía, generaron ingresos por unos US$7 millones en los últimos dos años.
La internacionalización llegó temprano. A menos de diez años de la apertura de la planta original, la empresa comenzó a explorar mercados vecinos. Uruguay y Brasil fueron los primeros destinos, inicialmente mediante representantes comerciales y luego con la apertura de filiales propias y plantas productivas.
“El desembarco en Brasil no fue sencillo. Era otro idioma, otra idiosincrasia, otra cultura. Para mi padre fue muy difícil manejar una compañía desde acá, bajarle línea a un equipo brasileño. Fueron muchos viajes y también muchos disgustos. Pero finalmente lo pudo llevar a buen puerto”, relató Máximo Taroni a La Nación.
Hoy, la compañía no solo mantiene esa red industrial, sino que avanza con nuevos proyectos de inversión. Entre ellos, la ampliación del laboratorio de Control de Calidad y Desarrollo en Avellaneda, que busca duplicar su superficie, y la construcción de una planta de vacunas en Uruguay, con una inversión estimada en US$5 millones. El objetivo es producir biológicos destinados a prevenir la denominada “tristeza bovina”, una enfermedad transmitida principalmente por la garrapata.
En los últimos años, König inició un cambio cultural: pasar de una lógica centrada en el producto a una estrategia enfocada en el cliente y el usuario final. “Le estamos encontrando una mirada más creativa, más disruptiva, acercándonos a la mirada del consumidor para que nuestros productos les resuenen y nos elijan como laboratorio de confianza”, explicó Máximo Taroni.
Ese enfoque se tradujo en acciones poco habituales para el sector veterinario. Entre ellas, una experiencia inmersiva para distribuidores y profesionales mediante un “teatro ciego”, que buscó reproducir lo que siente una mascota con parásitos, con el objetivo de generar empatía y mayor conciencia sobre la importancia de los tratamientos integrales.
La compañía también reforzó el vínculo con veterinarios a través de un equipo de asesores técnicos que brindan capacitaciones y acompañamiento en campo. “La industria muchas veces se mueve por modas y tiende a repetir las mismas drogas. Eso genera resistencia. Nosotros queremos concientizar al veterinario de que no todo se resuelve con una pastilla: hay que tratar el ambiente, usar repelentes y pensar estrategias complementarias”, sostuvo Taroni hijo en declaraciones recogidas por La Nación.

En paralelo, la marca desarrolló personajes propios —Rayo, Luna y Súper Cidar— que funcionan como embajadores en ferias, eventos y campañas digitales. La estrategia se completa con presencia en redes sociales, acciones en vía pública y contenidos dirigidos al público general.
A casi cinco décadas de su fundación, König sigue siendo una empresa de gestión familiar, con participación de hijos y nietos del fundador en la operación diaria. Taroni continúa vinculado al trabajo cotidiano, mientras la nueva generación impulsa procesos de profesionalización, expansión comercial y modernización de la comunicación.
El caso de König sintetiza varias tendencias de la industria argentina: la capacidad de generar innovación local con impacto regional, la importancia de diversificar mercados para ganar estabilidad y el valor de sostener una identidad propia en un sector altamente competitivo. Con plantas en cuatro países, proyectos de inversión en marcha y una facturación en crecimiento, el laboratorio fundado en una casa de Avellaneda en 1978 se consolidó como uno de los referentes de la salud animal en América Latina.