Juan Carlos de la Torre está al frente de La Tranquilina, una pyme argentina fundada en 2005 que hoy produce mermeladas, conservas y productos gourmet con identidad local y proyección de crecimiento. La empresa, con base productiva en la provincia de Buenos Aires, nació con una inversión inicial de US$ 220.000 y proyecta para este año una facturación mensual de $ 480 millones, en un contexto donde la reconversión empresarial se volvió una constante para el sector alimenticio.
La historia del proyecto combina cambio de rubro, experiencia industrial y una apuesta clara por la calidad. Antes de dedicarse a los alimentos, De la Torre trabajó como joyero. “Mi historia en el mundo de los alimentos arrancó hace muchos años. Yo era joyero. Pero en un momento en el que el negocio no estaba funcionando, un amigo me propuso hacer algo juntos”, recordó el empresario. Ese giro derivó primero en la elaboración de empanadas árabes y luego en la creación de una firma de panificados que llegó a producir millones de unidades en el Parque Industrial de Pilar. Tras la venta de ese negocio, la familia decidió volcar su conocimiento industrial a un segmento más específico y de mayor valor agregado.

Así nació La Tranquilina, una marca construida sobre el concepto de “receta honesta” y control total del proceso productivo. Desde su planta, la firma gestiona la selección de la fruta, la elaboración, el fraccionado y el etiquetado. Ese esquema le permite alcanzar un volumen cercano a 120.000 frascos mensuales, con un procesamiento de entre 30 y 35 toneladas de fruta cada mes.
El diferencial, según su fundador, no pasa por la automatización extrema sino por lo que define como producción humana. En la planta trabajan 45 personas y la decisión de no incorporar maquinaria sofisticada es deliberada. “No tenemos maquinaria sofisticada porque queremos dar trabajo y mantener la mano de obra. Prefiero priorizar la mano de obra sin descuidar la calidad. La fruta se cuida mucho más, los sabores quedan protegidos”, explicó De la Torre.
La materia prima es otro pilar del modelo. La empresa se abastece de una red de proveedores locales que garantiza trazabilidad y calidad: frutos rojos provenientes de Bariloche, frutillas de Coronda, en Santa Fe, y duraznos de quintas seleccionadas de la provincia de Buenos Aires. Con esa base desarrolló un portafolio de 24 variedades, que incluye una línea tradicional endulzada con azúcar mascabo, una línea sin azúcar elaborada con fructosa y una línea sin azúcar agregada, donde la pulpa de manzana cumple el rol de endulzante natural. Esta última fue desarrollada especialmente para la cadena Sport Club.
Para De la Torre, la amplitud del catálogo es una barrera frente a la competencia externa. “Si bien llegan productos de afuera, no pueden competir. Nuestra fruta es muy buena, sabrosa, y tenemos todas las variedades”, afirmó.

El modelo comercial priorizó desde el inicio los canales de cercanía, como dietéticas, queserías y supermercados de barrio, con el objetivo de preservar la identidad gourmet de la marca y evitar la presión de las grandes cadenas. Sin embargo, el crecimiento del negocio y los planes de exportación a países limítrofes están impulsando una revisión de esa estrategia. La empresa evalúa un desembarco selectivo en supermercados, posiblemente a través de una segunda marca, sin resignar el posicionamiento original.
Además de mermeladas, el catálogo de La Tranquilina se amplió con mieles, conservas, almíbares, salsa de soja, aceite de oliva virgen extra y aceto balsámico. Según informó Forbes, la compañía representa un caso de reconversión productiva que combina escala industrial, trabajo intensivo y un enfoque artesanal adaptado a las nuevas demandas del consumo.
A casi dos décadas de su creación, La Tranquilina refleja una tendencia extendida entre pymes argentinas: transformar experiencia previa, recursos locales y control de procesos en una propuesta de valor diferenciada, capaz de crecer sin perder identidad.