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De tradición familiar a innovación: el auge de la guayaba

Una fruta nativa pasó de tradición familiar a cultivo rentable, impulsada por productores que innovan y revalorizan su potencial.

De tradición familiar a innovación: el auge de la guayaba
miércoles 22 de abril de 2026

En Canelones, el granjero Ricardo Masculiatte consolidó la producción de guayaba (Acca sellowiana) como fruta nativa rentable y nutritiva en Uruguay, tras años de trabajo junto a investigadores y productores, en un proceso que combina tradición familiar, innovación agronómica y valorización del producto local.

La historia comenzó de forma simple, casi doméstica. Un árbol de guayaba en la casa de su suegra despertó el interés de Masculiatte al ver cómo la familia disfrutaba del fruto. “En la casa de mi suegra hay una planta de guayaba, con más de 80 años, que sigue produciendo… y ver a la familia, grandes y chicos, comiendo guayaba con tantas ganas fue lo que me contagió esto de dedicarme a su producción”, recordó.

Ese impulso inicial se transformó en un proyecto productivo en 2008, cuando recibió plantas desde la Facultad de Agronomía, a través de un programa impulsado por el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA). A partir de un módulo experimental, comenzó a desarrollar el cultivo y luego a multiplicar plantas, llegando a distribuir más de 1.000 ejemplares entre productores.

De tradición familiar a innovación: el auge de la guayaba

El proceso incluyó años de selección y mejora, con participación de técnicos especializados, lo que permitió avanzar hacia el desarrollo de clones registrados de guayaba del país. Hoy existen variedades como INIA Fagro Isleña, Cerrillana, Artillera y Armonía, que ofrecen mayor uniformidad y calidad en la producción.

En su predio, ubicado en Rincón del Gigante, Masculiatte cultiva guayaba en un cuarto de hectárea, combinando plantas tradicionales de semilla con líneas clonales. Cada planta adulta puede producir en promedio 20 kilos de fruta en un período de 15 a 20 días, entre fines de marzo y comienzos de mayo. En el caso de los clones, la producción comienza a partir del segundo año y se extiende de forma escalonada.

La cosecha presenta una particularidad: como el color del fruto no cambia, el punto óptimo se determina cuando la guayaba se desprende naturalmente del árbol. “La guayaba tiene un gusto muy particular, es agridulce por definirlo de algún modo, es muy sabrosa y pasa que cuando la gente la prueba no para de comer”, explicó.

De tradición familiar a innovación: el auge de la guayaba

Además de su sabor, la guayaba destaca por su alto valor nutricional, con vitamina C comparable a la naranja, potasio similar a la banana y un aporte significativo de antioxidantes. Puede consumirse fresca o procesarse en mermeladas, salsas y otros productos.

Desde el punto de vista económico, Masculiatte subrayó que se trata de un cultivo que ofrece estabilidad. “La guayaba te cubre los costos y deja ganancia, que es algo que no pasa siempre con la manzana o el membrillo”, señaló. A esto se suma una ventaja logística: el fruto tiene una ventana de consumo de entre ocho y diez días tras la cosecha.

Otro diferencial es su adaptación al ambiente local. Al ser una especie nativa, es rústica y resistente, con baja necesidad de insumos y menor exposición a heladas, ya que florece y fructifica más tarde que otros cultivos frutales.

El desarrollo de la guayaba también dio lugar a la creación de una red de productores agrupados en Frunatur, una asociación dedicada a promover los frutos nativos del Uruguay. Este trabajo colectivo permitió fortalecer la investigación, la producción y la difusión del cultivo.

De tradición familiar a innovación: el auge de la guayaba

Más allá de los avances productivos, el caso de Masculiatte refleja una problemática extendida en la granja uruguaya: la falta de recambio generacional. A sus 65 años, el productor reconoce que sus hijas no continuarán con la actividad. “Ellas y mis yernos no van a seguir con esto, seguramente porque es algo muy sacrificado”, lamentó.

Aun así, su vínculo con la tierra se mantiene intacto. “Esto es lo que aprendí, es lo que sé hacer, es algo que me apasiona, le tengo cariño, ser productor de frutas es un gran amor en mi vida”, afirmó.

De tradición familiar a innovación: el auge de la guayaba

En su establecimiento de ocho hectáreas, donde produce también manzana, membrillo, ciruela y durazno, la guayaba se consolidó como el cultivo que revitalizó su actividad. Para él, representa mucho más que un negocio: es una forma de identidad. No casualmente, este fruto ha sido definido como “el delicioso sabor de la patria”, una expresión que resume su valor cultural en Uruguay y su proyección internacional.



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