México enfrenta un creciente déficit de gas natural en medio de una demanda energética en expansión impulsada por la industria y el desarrollo tecnológico, lo que llevó al gobierno de Claudia Sheinbaum a evaluar la posibilidad de replicar el modelo argentino de Vaca Muerta. La iniciativa, aún en análisis, busca fortalecer la producción local mediante Pemex y reducir la dependencia de importaciones desde Estados Unidos, que actualmente cubren cerca del 70% del consumo nacional.
El debate se da en un contexto donde la demanda energética se acelera por el crecimiento de sectores intensivos en consumo eléctrico, como los centros de datos y la inteligencia artificial. La necesidad de abastecer estos desarrollos coloca al gas natural como un recurso estratégico, ya que gran parte de la generación eléctrica del país depende de plantas de ciclo combinado que utilizan este combustible.
Según datos difundidos por el sistema financiero, México importó el año pasado cerca de 6,700 millones de pies cúbicos diarios de gas, principalmente desde Estados Unidos. Esta alta dependencia expone al país a la volatilidad de precios y a eventuales restricciones de suministro, lo que refuerza la urgencia de fortalecer la producción interna.

En este escenario, el modelo argentino aparece como un caso de referencia clave. A través de YPF y el desarrollo de Vaca Muerta, Argentina logró revertir una situación crítica de dependencia energética. El yacimiento, considerado uno de los mayores reservorios de gas shale del mundo, permitió incrementar de forma sostenida la producción no convencional desde 2012.
El informe de Banamex, destaca que Argentina combinó inversión privada, incentivos fiscales y flexibilidad regulatoria para impulsar el sector. Este esquema permitió que el país no solo redujera sus importaciones, sino que también comenzara a posicionarse como exportador de gas, en un contexto global marcado por la reconfiguración del mercado energético.
En 2024, Argentina alcanzó una producción promedio de 4.9 millones de pies cúbicos diarios de gas, con aproximadamente el 70% proveniente de Vaca Muerta. Además, la producción de petróleo llegó a un récord histórico de 870 mil barriles diarios, consolidando el papel del yacimiento como motor energético.
Para México, replicar este modelo implicaría un cambio estructural en su política energética, especialmente en lo que respecta al uso del fracking, una técnica que ha sido objeto de debate ambiental y político. La extracción de gas no convencional requiere altos niveles de inversión, capacidades técnicas avanzadas y una regulación estricta que garantice la mitigación de riesgos.

El desafío para la administración de Sheinbaum radica en equilibrar la necesidad de seguridad energética con los compromisos ambientales y las posturas ideológicas que han predominado en los últimos años. Hasta ahora, el fracking ha sido un tema sensible dentro de la agenda política mexicana, lo que añade complejidad a cualquier intento de implementación.
Sin embargo, el crecimiento de inversiones tecnológicas podría acelerar definiciones. Un ejemplo es el reciente anuncio de la empresa estadounidense Flex, que planea invertir 1.000 millones de dólares en los próximos tres años para desarrollar infraestructura tecnológica avanzada. Este tipo de proyectos demanda niveles de energía comparables a grandes complejos industriales, lo que presiona aún más la capacidad del sistema energético.
Especialistas coinciden en que México cuenta con reservas potenciales de gas shale, pero su desarrollo ha sido limitado por factores regulatorios y decisiones políticas. A diferencia de Estados Unidos, donde la explotación está en manos privadas, el modelo mexicano podría apoyarse en Pemex como actor central, replicando en parte la experiencia de YPF.
El interés por el gas no convencional también responde a un contexto internacional donde el suministro energético se ha vuelto un factor clave de competitividad. La transición hacia energías más limpias convive con la necesidad de garantizar abastecimiento confiable, lo que posiciona al gas como un combustible de transición fundamental.
En este marco, la decisión de avanzar o no con un esquema similar al de Vaca Muerta marcará un punto de inflexión en la estrategia energética mexicana. La posibilidad de reducir la dependencia externa y fortalecer la producción local aparece como un objetivo prioritario, aunque no exento de desafíos técnicos, económicos y políticos.
El desenlace dependerá de la capacidad del gobierno para diseñar un marco que combine inversión, regulación eficiente y sostenibilidad, en un momento donde la energía se consolida como uno de los ejes centrales del desarrollo económico.