El ingeniero agrónomo Gustavo Liss vendió su casa en los años 90 para instalarse como productor en Cipolletti, donde desarrolló un sistema intensivo de uva de mesa que hoy alcanza 25.000 kilos por hectárea. El caso es relevante porque demuestra el potencial productivo de un cultivo poco habitual en la Patagonia, según informó Diario Río Negro.
El proyecto comenzó como una decisión personal luego de años de trabajo como asesor técnico. Nacido en la provincia de Buenos Aires y formado en La Plata, Liss llegó al Alto Valle en 1986 por una oportunidad laboral. Durante años trabajó en fruticultura, pero su objetivo era otro. “Todavía no era productor. Pero siempre tuve la idea de generar riqueza, de hacer, de producir”, explicó.
El punto de inflexión llegó en 1995, cuando decidió vender una propiedad para comprar una chacra sin infraestructura previa. “Vendí una casa que tenía en la ciudad de Cipolletti y compré esta chacra en 1995. Esto estaba totalmente en blanco”, recordó. Con solo cuatro hectáreas disponibles, debía encontrar un sistema que permitiera lograr escala económica.

La elección fue la uva de mesa, un cultivo poco difundido en la región dominada por peras y manzanas. “En cuatro hectáreas necesitaba acercarme a una unidad económica. Con peras o manzanas me quedaba corto”, señaló. Desde entonces, mantuvo el mismo enfoque productivo y nunca migró hacia la vitivinicultura.
El modelo se basa en una integración total del proceso. “Yo hago todo: cultivo, curo, cosecho, embalo, acondiciono, guardo, vendo, llevo y cobro”, resumió. Esta estrategia le permitió controlar la calidad, reducir costos y sostener el negocio en el tiempo.
Actualmente, la chacra cuenta con 3,5 hectáreas en producción y emplea a unas 13 personas en temporada. Trabaja con variedades como Cardinal, Alfonso Lavallée y Red Globe, orientadas al consumo en fresco. Su producción se comercializa principalmente en la Patagonia y, en menor medida, llega a Buenos Aires y mercados externos.

El rendimiento de 25.000 kilos por hectárea se apoya en decisiones técnicas clave. Desde el inicio incorporó riego por goteo, una tecnología que en los años 90 aún no estaba generalizada. “El mayor beneficio del goteo se da cuanto más temprano lo adoptás. Si lográs adelantar un año la producción, ese valor paga toda la inversión”, explicó.
El sistema se complementa con fertirriego y un esquema de protección contra heladas mediante aspersión. También instaló cobertura total con malla antigranizo, aunque su objetivo inicial fue evitar daños por radiación solar. “La Red Globe se me quemaba directamente en pleno verano”, señaló. Con el tiempo, esta cobertura modificó el microclima del cultivo, mejorando tanto la planta como la fruta.

Otro elemento central es el sistema de conducción en parral español, que permite optimizar la captación de luz y mejorar la calidad visual del racimo, un factor determinante en la comercialización de uva fresca. “Vendemos fruta que tiene que ser atractiva, competir con cualquier otra fruta en la góndola”, explicó.
Además, el calendario productivo le permite diferenciarse de otras regiones. Su cosecha comienza a fines de enero y se extiende hasta junio, lo que le da una ventaja comercial en momentos de menor oferta.

Según el propio Liss, el cultivo tiene condiciones biológicas favorables en la región. “Biológicamente se da perfecto. Es un cultivo recontra adaptado”, afirmó. Sin embargo, identificó como principal limitante la mano de obra, ya que se trata de una actividad intensiva y con baja mecanización a nivel global.
A más de 30 años de aquella decisión inicial, el productor mantiene el mismo eje. “Aposté por la uva de mesa hace 30 años y acá sigo. Le puse mi vida”, concluyó. Su caso muestra cómo un enfoque técnico, intensivo y sostenido puede transformar una pequeña superficie en una unidad productiva viable en la Patagonia.
