En el Alto Valle de Río Negro, una familia con más de un siglo ligada a la fruticultura transformó su modelo productivo y comercial a partir de un cultivo poco habitual en la Patagonia: las almendras. Según informó Diario Río Negro, Eduardo Olano y Helena Pinós impulsaron una reconversión que derivó en la creación de Canelo, una marca que hoy elabora más de 20 productos y logró romper la estacionalidad típica del consumo de frutos secos en Argentina.
La historia comenzó en Cipolletti, donde la familia Olano producía manzanas y peras destinadas a empaques de terceros. Cuando Eduardo Olano regresó al Alto Valle en 2006, tras graduarse como ingeniero agrónomo, decidió avanzar hacia un esquema con mayor autonomía comercial.

Primero apostaron por frutas de carozo, como duraznos, pelones y ciruelas. Luego, tras participar en un seminario sobre frutos secos en Neuquén, identificaron una oportunidad de mercado en las almendras. “Lo que me convenció fue básicamente el mercado. Se demandaban cada vez más almendras y Argentina producía muy poco”, explicó Olano, según informó Diario Río Negro.
La reconversión avanzó de manera gradual con plantaciones realizadas entre 2015 y 2023. Actualmente, la empresa administra unas 120 hectáreas distribuidas en cinco chacras. Aunque todavía predominan las frutas de pepita, las almendras se consolidaron como el eje del nuevo negocio.
El punto de inflexión llegó en 2018, durante la primera cosecha comercial. La familia todavía no tenía definido cómo vender las almendras y la respuesta apareció durante un viaje personal. “Estábamos en Chile, en la luna de miel, y probamos unas almendras saborizadas, algo que acá no habíamos visto ni comido. En ese momento dijimos: ‘es por acá’”, recordó Helena Pinós.

A partir de esa experiencia comenzaron a experimentar en la cocina de su casa con almendras ahumadas. El desarrollo fue artesanal y atravesó múltiples pruebas hasta alcanzar el producto final que hoy identifica a la marca Canelo.
Con el crecimiento de la demanda, transformaron un antiguo galpón de tractores en una planta de elaboración y más tarde sumaron una planta de pelado. Actualmente producen almendras saborizadas, harinas, pastas untables, chocolates y hasta cosméticos elaborados con aceite de almendra.
Uno de los principales logros de la empresa fue convertir a las almendras en un producto de consumo permanente y no exclusivamente asociado a las fiestas de fin de año. “Con el agregado de valor logramos romper esa estacionalidad”, afirmó Olano.

El modelo productivo también incorpora prácticas sustentables. Las chacras cuentan con riego por goteo, fertirriego, microaspersión y mallas antigranizo que además protegen los cultivos de las cotorras. Las cáscaras de almendra se reutilizan en caminos internos o como materia orgánica, mientras que las plantas industriales funcionan con energía solar.
El clima seco del Alto Valle aparece como otra ventaja competitiva para este cultivo. Las bajas precipitaciones reducen la presencia de enfermedades y permiten obtener rendimientos comparables con establecimientos internacionales. En algunas variedades alcanzan entre 2.000 y 2.500 kilos por hectárea.

La empresa también se convirtió en una fuente de empleo regional. En temporada alta ocupa cerca de 70 trabajadores entre permanentes y temporarios, además de prestar servicios de pelado para otros productores de Neuquén y Río Negro.
Según informó Diario Río Negro, el proyecto todavía continúa en expansión. Entre los próximos objetivos aparecen nuevas inversiones en mecanización, sistemas de secado con biomasa, selección óptica con inteligencia artificial y la incorporación de pistachos.

Más allá de los números, la experiencia de Canelo refleja cómo una empresa familiar tradicional logró reinventarse a través de la innovación, el agregado de valor y una estrategia enfocada en construir identidad propia desde la Patagonia.
