La historia de la familia Tibaldi, en el centro-oeste de Santa Fe, muestra cómo un sistema basado en cultivos de servicios, integración entre agricultura y ganadería y manejo del suelo permitió mejorar la productividad, estabilizar rindes y avanzar en captura de carbono. Según informó Clarín, el proceso comenzó hace más de 30 años, mucho antes de que estas prácticas fueran tendencia en el agro argentino.
“No fue una decisión puntual ni un cambio brusco”, explicó Juan Cruz Tibaldi, agrónomo y productor vinculado a Aapresid. “Fue un proceso de muchos años, con aprendizajes y ajustes. Un sistema que se fue construyendo en el tiempo”.
El establecimiento familiar, ubicado cerca de Sastre, combina lechería, agricultura y pastoreo bajo una lógica integrada. Allí, el suelo dejó de ser un recurso secundario para convertirse en el eje central de cada decisión productiva.
“Más que pensar en agricultura y ganadería por separado, siempre buscamos que el sistema funcione como un todo”, sostuvo Tibaldi. En ese esquema, las rotaciones, las pasturas, el silaje, los cultivos de servicios y el pastoreo se complementan para generar estabilidad y reducir la dependencia de insumos externos.
El productor recordó que el cambio comenzó cuando acompañaba a su padre en las primeras experiencias con siembra directa y verdeos pastoreados. En aquel momento todavía no existía el concepto instalado de cultivos de servicios, pero la lógica ya apuntaba a mantener el suelo activo durante todo el año.
“Con el tiempo entendí que no se trataba de ocupar un espacio de barbecho entre dos cultivos de renta sino de mantener vivo el suelo, expandir raíces y darle continuidad biológica al sistema”, afirmó.
En la práctica, el modelo combina distintas especies según la necesidad de cada lote. Las gramíneas aportan cobertura y estructura, mientras que las leguminosas ayudan a incorporar nitrógeno. En muchos casos utilizan mezclas para potenciar beneficios productivos y biológicos.

Los cultivos de servicios también cumplen un rol clave dentro de la lechería. Se integran a la oferta forrajera junto a las pasturas de alfalfa y al silaje de maíz, base energética del tambo.
El manejo del pastoreo aparece como uno de los puntos más sensibles del sistema. Tibaldi explicó que el objetivo es aprovechar la biomasa sin perder cobertura ni afectar la capacidad de rebrote. Además, buscan que los nutrientes regresen al suelo y mejoren la estructura del campo.
Según relató el productor, uno de los principales cambios de mirada ocurrió con el manejo del agua. “Durante mucho tiempo pensamos que el problema era el consumo. Pero cuando empezamos a medir y ajustar, entendimos que la clave está en cómo se administra”, aseguró.
De acuerdo con la experiencia del establecimiento, los cultivos de servicios mejoraron la infiltración, aumentaron la capacidad de retención hídrica y estabilizaron los perfiles del suelo. Eso permitió enfrentar mejor campañas climáticamente difíciles.
“Ahí se dio el cambio de mirada: el agua dejó de ser una variable en disputa para pasar a ser parte de una sinergia”, señaló.
El proceso, sin embargo, también estuvo marcado por errores y ajustes. Tibaldi reconoció que hubo campañas donde algunos cultivos consumieron más agua de la esperada o manejos de pastoreo que no funcionaron correctamente.
“Con el tiempo entendés que no hay una única variable que mande. Todo juega: el suelo, el clima, los animales y el cultivo que viene”, explicó.
Uno de los resultados más notorios fue la mejora en los indicadores vinculados al carbono del suelo. Según la Red de Carbono de Aapresid, los cultivos de servicios aportan biomasa, cobertura y biodiversidad, factores fundamentales para el secuestro de carbono y la regeneración de los suelos agrícolas.
El informe citado por Clarín sostiene que algunos cultivos de servicios pueden generar hasta siete toneladas de materia seca por hectárea. En sistemas bien manejados, ese aporte puede traducirse en aproximadamente una tonelada de carbono capturada por hectárea cada año.
Para Tibaldi, las mediciones confirmaron algo que ya observaban en el campo. “Se nota en la infiltración, en la humedad y en la uniformidad de los cultivos”, indicó.
La experiencia de la familia santafesina refleja además un cambio más amplio dentro del agro argentino, donde cada vez más productores incorporan prácticas orientadas a la sustentabilidad, la estabilidad productiva y la regeneración del suelo.
“Seguramente, de lo que hoy estamos seguros, mañana sea la mayor incógnita”, reflexionó Tibaldi. “Más que llegar a un modelo perfecto, se trata de seguir construyendo”.