La pérdida sostenida de nutrientes en los suelos agrícolas del oeste y noroeste de Buenos Aires comenzó a reflejarse en los rindes y el comportamiento de cultivos como la soja y el girasol, que muestran respuestas cada vez más marcadas a estrategias de fertilización y manejo biológico. La advertencia fue realizada por especialistas del INTA General Villegas durante el Simposio Regional Fertilidad 2026 realizado en Santa Rosa, La Pampa, donde se expusieron datos sobre el deterioro de la fertilidad en ambientes agrícolas de alta fragilidad productiva.
La investigadora Mirian Barraco, integrante del INTA General Villegas, explicó que ambos cultivos, históricamente considerados menos dependientes de la fertilización que los cereales, comenzaron a evidenciar mayores requerimientos de nutrientes como fósforo, azufre y boro debido al desgaste acumulado de los suelos.
El fenómeno aparece vinculado a décadas de agricultura continua y a una baja reposición de nutrientes extraídos por las cosechas. En regiones con menor contenido de materia orgánica y predominio de suelos arenosos, el impacto comenzó a hacerse más visible tanto en el rendimiento como en la estabilidad productiva.
“Tradicionalmente son cultivos que recibieron poco aporte de fertilización porque se consideraba que se sembraban en suelos bien provistos. Pero la baja reposición de fósforo llevó a situaciones de deficiencia y ahora empiezan a mostrar respuestas interesantes”, explicó Barraco durante su presentación en el encuentro técnico.
La especialista señaló que las condiciones de los ambientes agrícolas del oeste bonaerense generan limitaciones particulares para sostener altos niveles de productividad sin estrategias de manejo más intensivas. Según detalló, la combinación de baja materia orgánica, pérdida de nutrientes y degradación estructural comenzó a modificar el comportamiento de los cultivos.
Uno de los principales puntos abordados durante el simposio fue la caída de los niveles de fósforo disponible en los suelos agrícolas. De acuerdo con los datos presentados por el INTA, cerca del 50% de los lotes de la región ya muestran condiciones que requieren fertilización fosfatada.
La investigadora remarcó que el problema no puede analizarse únicamente desde la lógica de una campaña agrícola, sino como parte de un proceso de deterioro acumulativo que necesita estrategias de reposición sostenidas en el tiempo.
“50% de los lotes de nuestra región deberían recibir fertilización fosfatada”, advirtió Barraco. Sin embargo, aclaró que tanto la soja como el girasol presentan sensibilidad a dosis elevadas aplicadas directamente en la línea de siembra, lo que puede provocar problemas de fitotoxicidad.
Por ese motivo, recomendó trabajar sobre esquemas de reposición de largo plazo y evitar estrategias exclusivamente orientadas al corto plazo productivo. “Tiene que tener un plan de reposición sostenido en el tiempo”, sostuvo.
Los especialistas consideran que el deterioro de fósforo se transformó en uno de los principales desafíos agronómicos para las regiones agrícolas del oeste bonaerense, especialmente en planteos donde predominan secuencias agrícolas intensivas y escasa rotación con gramíneas o cultivos de cobertura.
En el caso de la soja, Barraco destacó la importancia de la fijación biológica de nitrógeno, un mecanismo clave para el abastecimiento nutricional del cultivo. Según explicó, este proceso aporta aproximadamente la mitad de los requerimientos de nitrógeno necesarios para sostener el rendimiento.
Sin embargo, alertó que problemas de acidificación y deficiencias de calcio comenzaron a afectar la capacidad de nodulación de las plantas, reduciendo la eficiencia biológica del sistema.
“Se reflejan en una menor nodulación”, indicó la investigadora al describir los efectos observados en algunos lotes de la región.
En ese contexto, resaltó el valor de la inoculación como una de las tecnologías con mejor retorno agronómico dentro del cultivo de soja. “Aporta entre 200 y 300 kilos y no puede ser sustituida con fertilizantes”, afirmó.
Los técnicos remarcan que la biología del suelo comenzó a ocupar un lugar central dentro de las estrategias productivas modernas, especialmente en sistemas agrícolas sometidos a mayores niveles de extracción de nutrientes y estrés ambiental.
La pérdida de materia orgánica y la degradación de las propiedades físicas del suelo también generan impactos sobre la capacidad de retención de agua y la actividad microbiana, dos factores considerados fundamentales para sostener productividad en ambientes restrictivos.
Otro de los nutrientes que comenzó a mostrar respuestas crecientes es el azufre. Según los datos presentados en el simposio, la combinación de agricultura continua y reducción de materia orgánica incrementó la probabilidad de encontrar deficiencias en amplias zonas productivas.
“Más años de agricultura y lotes pobres en materia orgánica muestran mayor respuesta al azufre”, explicó Barraco.
En girasol, las respuestas observadas fueron particularmente importantes no solo para azufre, sino también para fósforo, nitrógeno y boro. Sin embargo, la especialista pidió cautela en el manejo nitrogenado debido al impacto que dosis elevadas pueden generar sobre la calidad industrial del cultivo.
“Si aplico altas dosis puedo tener caída del contenido de aceite”, advirtió.
Por esa razón, recomendó esquemas moderados de fertilización nitrogenada y aplicaciones en estadios específicos del desarrollo del cultivo, particularmente entre V4 y V6.
Respecto del azufre, Barraco destacó que el nutriente permitió mejorar significativamente el rendimiento del girasol en distintos ensayos regionales. “El azufre le da un escalón de rendimiento”, aseguró.
Las advertencias expuestas durante el Simposio Regional Fertilidad 2026 reflejan una preocupación creciente dentro del sector técnico y productivo: el deterioro gradual de los suelos agrícolas en regiones sometidas a alta intensidad productiva.
Para los especialistas, el desafío ya no pasa únicamente por maximizar rindes, sino también por sostener la capacidad productiva de los sistemas a largo plazo.
En ese escenario, las rotaciones, la incorporación de gramíneas y los cultivos de cobertura aparecen como herramientas centrales para recuperar estructura, mejorar balances de carbono y reducir pérdidas de nutrientes.
Barraco remarcó que los sistemas agrícolas actuales necesitan enfoques integrales capaces de combinar nutrición, manejo biológico y conservación de suelos para mantener productividad en ambientes cada vez más exigidos.
La situación observada en el oeste bonaerense también funciona como señal de alerta para otras regiones agrícolas del país donde la extracción de nutrientes supera desde hace años los niveles de reposición.
Mientras la agricultura argentina continúa aumentando productividad y exportaciones, especialistas advierten que la sustentabilidad futura dependerá cada vez más de la capacidad para recuperar fertilidad y sostener el equilibrio biológico de los suelos.