La necesidad de adaptar las prácticas agronómicas a las exigencias sanitarias internacionales se convirtió en una de las principales preocupaciones de la cadena agroexportadora argentina. Durante el Congreso Maizar 2026, representantes del sector advirtieron que los mercados externos, especialmente la Unión Europea y China, imponen condiciones cada vez más estrictas sobre residuos químicos y malezas cuarentenarias, lo que obliga a redefinir estrategias productivas en cultivos como maíz y sorgo.
La advertencia fue realizada en la Ciudad de Buenos Aires por la gerente de Asuntos Económicos y Comerciales de Ciara-CEC, María Marta Rebizo, quien remarcó que el diseño agronómico de los cultivos ya no puede separarse de las regulaciones comerciales internacionales si el objetivo es sostener y ampliar las exportaciones argentinas, afirmo Bichos de Campo.
El planteo surge en un contexto donde la Argentina busca consolidar mercados estratégicos para los cereales, aunque enfrenta crecientes restricciones vinculadas a residuos de fitosanitarios y protocolos sanitarios impuestos por los países compradores.
Según explicó Rebizo durante una charla técnica en el Congreso Maizar, la situación del maíz argentino frente a la Unión Europea representa uno de los casos más sensibles. El mercado europeo mantiene límites máximos de residuos mucho más estrictos que los vigentes en la legislación argentina, especialmente sobre determinados principios activos utilizados en protección de cultivos y poscosecha.
“Se trata de productos permitidos en la Argentina, pero si queremos exportar a la Unión Europea, hay que dejarlos de usar y buscar otras alternativas”, afirmó Rebizo durante su exposición.
Entre los principios activos cuestionados aparecen la Gamma/Lambda Cialotrina y el Pirimifos Metil, cuyos niveles de tolerancia permitidos por la Unión Europea son extremadamente bajos. Según indicaron desde el sector exportador, esa diferencia regulatoria convierte en muchos casos en inviable la comercialización de maíz argentino hacia el bloque europeo.
La situación genera preocupación dentro de la cadena cerealera porque Europa representa un mercado de alto valor y fuerte potencial para las exportaciones argentinas.
En ese sentido, Rebizo reconoció que existe malestar dentro del sector respecto de las políticas sanitarias europeas, aunque sostuvo que el cumplimiento de esas condiciones resulta inevitable para mantener el acceso comercial.
“Sabemos que el tema es controvertido: podemos no estar de acuerdo con lo que hace la Unión Europea, pero si queremos exportar a ese destino, hay que tomar medidas”, sostuvo.
La especialista agregó además que la Argentina continúa presentando reclamos internacionales contra algunas medidas consideradas barreras paraarancelarias, aunque aclaró que esas discusiones no eliminan la necesidad inmediata de adecuación por parte de los productores y exportadores.
Otro de los focos de preocupación planteados durante el evento fue la persistencia de residuos de productos prohibidos o restringidos en partidas exportables.
Uno de los casos mencionados fue el del malatión o mercaptotión, un insecticida cuyo uso en poscosecha de maíz fue prohibido por el Senasa en enero de 2025.
A pesar de la prohibición, el principio activo continúa siendo detectado en embarques argentinos destinados a mercados de América Latina y Asia.
La continuidad de esos hallazgos representa un riesgo sanitario y comercial para la cadena exportadora, especialmente en un contexto de controles cada vez más rigurosos.
La situación también involucra a otros productos como el clorpirifós y el diclorvós (DDVP), ambos prohibidos en la Argentina desde hace varios años pero aún detectados en análisis de residuos.
“Es un problema que enfrentamos en la mayoría de los mercados y por eso es una cuestión muy importante que tenemos que atender”, explicó Rebizo.
La preocupación no se limita únicamente a cuestiones químicas. En el caso del sorgo, el principal desafío está relacionado con el cumplimiento de los protocolos fitosanitarios exigidos por China, principal comprador internacional del cereal argentino.
Según detalló la representante de Ciara-CEC, las autoridades sanitarias chinas enviaron en el último año seis notificaciones oficiales al Senasa por detección de malezas cuarentenarias en embarques argentinos de soja, sorgo y cebada.
Las observaciones incluyeron doce especies de malezas consideradas problemáticas por el gigante asiático.
Entre las principales aparecieron el sorgo de Alepo y distintas variedades de Amaranthus, conocidas comúnmente como “yuyo colorado”.
El incumplimiento de esos protocolos puede derivar en mayores restricciones comerciales, demoras operativas e incluso suspensión de habilitaciones sanitarias para determinados embarques.
Frente a este escenario, organismos públicos, instituciones científicas y actores privados comenzaron a coordinar estrategias para minimizar riesgos comerciales y sanitarios.
Según explicó Rebizo, actualmente funciona un grupo técnico integrado por la Secretaría de Agricultura, el Senasa, el INTA, el Conicet y representantes de toda la cadena agroindustrial.
El objetivo principal consiste en desarrollar protocolos y buenas prácticas orientadas a reducir la presencia de residuos y malezas cuarentenarias en los embarques exportables.
“Hay que concentrar los esfuerzos”, señaló la especialista.
Las medidas incluyen recomendaciones agronómicas específicas, monitoreo de productos utilizados durante el ciclo del cultivo y mayores controles sobre aplicaciones poscosecha.
También se apunta a fortalecer la trazabilidad y mejorar la articulación entre productores, acopios, exportadores y organismos sanitarios.
En paralelo, el debate expone un cambio más profundo dentro del comercio internacional de alimentos, donde las exigencias ambientales y sanitarias comenzaron a transformarse en factores centrales de competitividad.
Para el sector exportador argentino, la discusión ya no pasa únicamente por producir más volumen, sino también por garantizar estándares compatibles con los mercados más exigentes.
La presión internacional obliga además a revisar tecnologías de control químico, manejo integrado de malezas y estrategias de protección de cultivos.
En algunos casos, eso implica reemplazar moléculas tradicionales por alternativas más modernas o adaptar protocolos productivos completos.
Desde la cadena agroexportadora remarcan que el desafío será sostener competitividad sin perder productividad ni elevar excesivamente los costos de producción.
Sin embargo, advierten que ignorar las condiciones impuestas por los mercados internacionales podría derivar en pérdida de clientes y restricciones comerciales cada vez mayores.
“Si queremos seguir aumentando nuestra producción, no nos podemos olvidar de cuáles son las exigencias de los países de destino”, resumió Rebizo.
La dirigente sostuvo además que muchas de las medidas aplicadas por algunos países pueden interpretarse como barreras comerciales indirectas, aunque insistió en que la prioridad actual pasa por garantizar el acceso de los productos argentinos a los principales mercados mundiales.
En ese escenario, la integración entre agronomía, sanidad y comercio exterior aparece como uno de los ejes centrales para el futuro del maíz y el sorgo argentino.