Ecosistemas Pecuarios / Tambo / Valor Agregado en Origen

La leche quedó rezagada frente a la inflación y los granos amortiguan la presión sobre los tambos

El litro cobrado por los productores subió 11,8% en un año, mientras los costos crecieron por encima y complicaron la rentabilidad

La leche quedó rezagada frente a la inflación y los granos amortiguan la presión sobre los tambos
miércoles 12 de agosto de 2026

El precio de la leche que reciben los productores argentinos alcanzó en julio un promedio de $527,47 por litro, según los datos de la Secretaría de Agricultura relevados a través del Siglea, pero el aumento acumulado en los últimos doce meses quedó muy por debajo de la inflación. El valor creció 1,8% respecto de junio y 11,8% interanual, una evolución que mantiene bajo presión a los tambos, especialmente a los establecimientos de menor escala, mientras la relación entre el precio de la leche y el de los granos aparece como uno de los pocos factores que permite contener el deterioro de los márgenes.

El diagnóstico fue planteado por Jorge Giraudo, del Observatorio de la Cadena Láctea Argentina (OCLA), en declaraciones publicadas por Bichos de Campo. Según el especialista, el precio recibido por los tamberos acumuló en un año un atraso de 16,6 puntos porcentuales frente a la inflación, lo que implica una pérdida de poder de compra en términos reales.

El dato resulta relevante porque el precio de la leche es uno de los principales ingresos de los establecimientos ganaderos y determina, junto con los costos de alimentación, mano de obra, energía, impuestos y servicios, la rentabilidad de la actividad.

Aunque durante los últimos meses la cotización mostró una evolución más cercana al comportamiento general de los precios, el atraso acumulado durante el último año continúa afectando las cuentas de los productores. La situación es particularmente delicada para los tambos pequeños, que tienen menos margen para absorber aumentos de costos o distribuir los gastos fijos sobre un mayor volumen de producción.

La rentabilidad cambia según el tamaño del tambo

La presión sobre los márgenes no afecta de la misma manera a todos los establecimientos. La escala productiva aparece como un factor determinante para enfrentar un escenario en el que el precio de la leche pierde terreno frente a los costos.

Giraudo explicó a Bichos de Campo que los tambos más pequeños presentan rentabilidad negativa, porque los ingresos no alcanzan para cubrir la totalidad de los costos de producción. En los establecimientos medianos, la situación es algo mejor, aunque se encuentran prácticamente en el punto de equilibrio.

Los tambos de mayor tamaño, en cambio, conservan un margen algo más favorable. De acuerdo con el especialista, todavía logran obtener una contribución marginal positiva que les permite distribuir los costos de estructura y sostener una renta mínima.

La leche quedó rezagada frente a la inflación y los granos amortiguan la presión sobre los tambos

Esta diferencia muestra el peso que tiene la escala en una actividad con importantes costos fijos. Cuando el precio por litro no acompaña la inflación, los establecimientos con mayor volumen tienen más posibilidades de diluir determinados gastos y mantener un resultado positivo.

Para los productores más chicos, en cambio, una caída del margen puede convertirse rápidamente en un problema de sostenibilidad económica.

El precio de los granos juega a favor

En medio de este escenario, existe una variable que funciona como amortiguador para la producción lechera: la relación entre el precio de la leche y el de los granos.

Las referencias utilizadas habitualmente por el sector son dos kilos de maíz por cada litro de leche y 1,10 kilos de soja por litro. La evolución de esos precios frente al valor que recibe el productor permite determinar cuánto alimento puede comprar con cada unidad de producción.

Durante el período analizado, los granos mostraron un comportamiento más moderado que otros componentes de la estructura de costos. Esa situación permitió compensar parcialmente el deterioro generado por el aumento de insumos y servicios.

“La relación con los granos es buena”, explicó Giraudo a Bichos de Campo, al describir uno de los pocos aspectos favorables para los tambos.

La soja tiene además una importancia adicional para el negocio. No solo forma parte de la alimentación utilizada en los establecimientos, sino que también constituye una referencia fundamental para el precio de los alquileres rurales.

Según el especialista, cerca del 60% de la superficie destinada a la producción de leche se encuentra bajo contratos de arrendamiento y, en muchos casos, esos acuerdos se establecen tomando como referencia el valor de la soja.

Por eso, una cotización relativamente contenida de los granos tiene un doble efecto positivo sobre la actividad: reduce la presión sobre los costos de alimentación y contribuye a moderar el impacto de los alquileres.

Otros costos avanzan por encima de la leche

El alivio que genera la relación con los granos no alcanza para compensar todos los componentes de la estructura productiva.

Giraudo señaló que insumos, servicios, salarios, impuestos, tarifas, electricidad y combustibles registran incrementos superiores a la evolución del precio recibido por los tamberos.

“Los granos vienen con retraso, ahí se da una buena relación. Los que tienen inflación pura, algún insumo, algún servicio, salarios, impuestos, tarifas, energía eléctrica, combustible, ajustan por arriba de los valores que se perciben y eso da una relación negativa”, explicó el especialista a Bichos de Campo.

La diferencia entre ambos grupos de costos genera una situación compleja. Mientras algunos componentes se mantienen relativamente contenidos, otros aumentan a un ritmo que reduce progresivamente el margen de los productores.

La consecuencia es que el buen vínculo entre leche y granos funciona como un colchón, pero no alcanza para resolver el problema general de rentabilidad.

En este contexto, el desafío para los tambos pasa por sostener los niveles de producción y, al mismo tiempo, absorber una estructura de costos que incluye cada vez más rubros con aumentos superiores al precio de la materia prima.

Una industria con márgenes ajustados

La presión no se limita al primer eslabón de la cadena. La industria láctea también atraviesa un escenario complejo, con márgenes reducidos y dificultades para mejorar la rentabilidad tanto en el mercado interno como en las exportaciones.

Giraudo describió una transformación importante de la estructura industrial durante los últimos años, con empresas que dejaron de operar, procesos concursales y operaciones de concentración.

“Seis empresas se vendieron, seis están en concurso o cerradas, algunas fusiones y demás”, señaló el especialista a Bichos de Campo.

El proceso muestra que las dificultades económicas atraviesan a distintos integrantes de la cadena. Los productores enfrentan un precio que perdió terreno frente a la inflación, mientras las industrias deben trabajar con costos elevados y un mercado interno condicionado por la pérdida de poder adquisitivo.

La composición de la demanda también constituye un problema. Según el análisis de OCLA, el mercado argentino mantiene un consumo importante en términos de volumen, pero existe una mayor participación de productos de menor valor agregado.

“Es un mercado interno que consume en cantidad, pero no en calidad, es decir, con un mix de precio bajo, porque el mix de productos que se vende no es el adecuado de valor agregado”, afirmó Giraudo.

La situación limita las posibilidades de mejorar los márgenes de la industria mediante una mayor participación de productos diferenciados o de mayor precio.

Exportar más no garantiza mejores resultados

El mercado externo tampoco aparece como una solución inmediata para la cadena. Alrededor del 30% de la producción láctea argentina se destina a la exportación, pero la colocación de esos volúmenes responde en buena medida a la necesidad de absorber excedentes.

El problema está en la diferencia entre los precios internacionales y la estructura de costos local. Aunque las cotizaciones externas no sean necesariamente bajas, los costos que enfrentan las empresas argentinas reducen el margen disponible.

“Tenemos mucho costo argentino, que hace que sea muy caro hacer una tonelada de leche en polvo o un kilo de mozzarella y nos queda poco margen”, indicó Giraudo a Bichos de Campo.

La situación limita la capacidad de la industria para aprovechar plenamente los mercados internacionales. La exportación permite colocar parte de la producción que no encuentra suficiente espacio en el mercado interno, pero no necesariamente genera una rentabilidad elevada.

Esto resulta especialmente importante en una cadena que necesita mantener un flujo constante de producción. La leche es un producto perecedero y la industria debe contar con capacidad para procesar los volúmenes generados por los tambos, incluso cuando el mercado interno atraviesa períodos de menor consumo.

Una cadena condicionada por varios frentes

El escenario actual combina varios factores que se retroalimentan. Los productores reciben un precio que perdió 16,6 puntos frente a la inflación en términos interanuales, mientras algunos costos se incrementan a un ritmo superior.

Los granos, en cambio, ofrecen un alivio relativo y permiten mantener una relación favorable entre el costo de la alimentación y el valor de la leche. Esa situación es especialmente importante porque el maíz y la soja tienen una incidencia significativa en las dietas utilizadas para sostener la producción.

Sin embargo, la ventaja puede resultar insuficiente cuando se consideran otros componentes del negocio. Los salarios, los servicios, la energía, el combustible, los impuestos y determinados insumos presionan sobre los márgenes de los establecimientos.

A esto se suma la situación de la industria, que necesita encontrar un equilibrio entre un consumidor interno con menor poder adquisitivo y una actividad exportadora que enfrenta costos elevados.

El resultado es una cadena en la que productores, industrias y consumidores enfrentan dificultades diferentes pero conectadas.

Para los tambos, uno de los principales riesgos es que la pérdida de rentabilidad afecte las decisiones de inversión, mantenimiento y expansión. En los establecimientos de menor escala, la situación es todavía más delicada porque los ingresos actuales no alcanzan para cubrir completamente los costos.

La concentración de la actividad también puede convertirse en una consecuencia del escenario. Si los establecimientos pequeños no logran sostenerse, la producción podría avanzar hacia una mayor participación de tambos medianos y grandes, capaces de distribuir mejor los costos fijos.

Por ahora, la relación entre leche y granos funciona como uno de los principales elementos que evita un deterioro mayor de las cuentas. Pero esa ventaja depende de que los precios de los cereales continúen evolucionando por debajo de otros componentes de la estructura de costos.

El desafío de fondo es lograr que el precio de la leche acompañe de manera más consistente la evolución de los costos productivos, al mismo tiempo que la industria recupera margen y encuentra mejores oportunidades para colocar productos de mayor valor agregado.

La evolución de julio dejó un dato positivo en el corto plazo: el precio promedio de $527,47 por litro fue 1,8% superior al de junio. Sin embargo, la mirada sobre los últimos doce meses muestra que ese incremento todavía está lejos de compensar el deterioro acumulado frente a la inflación.

En ese contexto, los granos aportan un alivio que permite sostener parcialmente la ecuación productiva, pero no resuelven por sí solos los problemas estructurales de la cadena. La recuperación de la rentabilidad dependerá de una combinación de factores: mejores precios para el productor, costos más competitivos, una industria con mayor capacidad de agregar valor y mercados externos capaces de generar márgenes suficientes.

Mientras esas condiciones no se consoliden, la lechería argentina seguirá dependiendo de una relación favorable con los granos para evitar una presión todavía mayor sobre los tambos.

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