Una bacteria del suelo podría convertirse en una nueva herramienta contra el daño de Fusarium

Investigadores de la FAUBA y el CONICET lograron degradar una micotoxina y revertir su efecto sobre semillas de cebada.

Una bacteria del suelo podría convertirse en una nueva herramienta contra el daño de Fusarium
miércoles 12 de agosto de 2026

Un equipo de investigadores de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA) y del CONICET identificó una bacteria del suelo con capacidad para degradar el ácido fusárico, una micotoxina producida por hongos del género Fusarium que afecta a distintos cultivos. El hallazgo, difundido el 11 de agosto de 2026 por TodoAgro a partir de información de SLT/FAUBA, permitió además recuperar el desarrollo normal de plántulas de cebada expuestas a la toxina y abre una línea de investigación para desarrollar tratamientos agrícolas más específicos y con menor impacto ambiental.

La investigación fue encabezada por Jimena Ruiz, integrante del Instituto de Investigaciones en Biociencias Agrícolas y Ambientales (INBA), dependiente de la FAUBA y el CONICET. El trabajo se concentra en uno de los problemas asociados a las enfermedades provocadas por Fusarium: además del daño directo que ocasionan los hongos sobre las plantas, algunas especies producen micotoxinas capaces de alterar procesos fisiológicos y comprometer el desarrollo de los cultivos.

El equipo logró aislar una bacteria perteneciente al género Burkholderia que puede utilizar el ácido fusárico para crecer. A partir de los ensayos realizados, los investigadores identificaron parte de los genes y las enzimas que intervienen en el proceso de degradación de la toxina.

La importancia del descubrimiento está vinculada con una posible alternativa a las herramientas que actualmente se emplean para enfrentar este tipo de problemas sanitarios. El uso de fungicidas continúa siendo una de las principales estrategias para controlar enfermedades causadas por hongos, pero puede generar impactos ambientales y no siempre permite abordar de manera específica las sustancias tóxicas producidas por los patógenos.

Una bacteria que transforma la toxina

El ácido fusárico es producido por determinadas especies de Fusarium y puede afectar el funcionamiento de los tejidos vegetales. En los ensayos realizados por los investigadores, la exposición a esta sustancia provocó alteraciones en el desarrollo de las plántulas, especialmente en raíces y hojas.

Ruiz explicó a partir del trabajo que “tienen un gran poder de infección y una parte importante de su éxito y daño se explica por algunas micotoxinas que producen. Entre ellas, el ácido fusárico”, en referencia a los hongos del género Fusarium. La declaración fue difundida por TodoAgro.

El paso siguiente consistió en analizar microorganismos que pudieran interactuar con esa toxina de una manera diferente. Así fue como el grupo consiguió aislar una cepa de Burkholderia capaz de utilizar el ácido fusárico como fuente de carbono, nitrógeno y energía.

“Esta cepa del género Burkholderia usa la micotoxina como su única fuente de carbono, nitrógeno y energía para crecer”, explicó Ruiz, según la información publicada por TodoAgro.

La característica resulta relevante porque implica que la bacteria no solamente tolera la presencia del compuesto, sino que puede degradarlo y utilizarlo durante su crecimiento. Ese mecanismo constituye la base para estudiar futuras aplicaciones biotecnológicas.

Los investigadores avanzaron además en la identificación de algunos de los componentes biológicos involucrados en el proceso. En particular, describieron genes y enzimas de la bacteria que participan en la transformación del ácido fusárico.

El objetivo de esta etapa es comprender con mayor precisión cómo funciona el mecanismo antes de evaluar aplicaciones a escala agrícola.

El ensayo que permitió revertir el daño

Uno de los resultados más relevantes se obtuvo al aplicar la bacteria sobre semillas de cebada tratadas previamente con ácido fusárico.

La toxina normalmente interfiere en el desarrollo de las plántulas y puede limitar la formación de raíces y hojas. Sin embargo, cuando los investigadores utilizaron la cepa bacteriana sobre las semillas expuestas al compuesto, el crecimiento recuperó un comportamiento normal.

El ensayo permitió observar que el tratamiento logró revertir el efecto negativo de la micotoxina sobre las plántulas.

El resultado no significa todavía que exista un producto listo para ser utilizado de manera generalizada en los cultivos. Se trata de una etapa experimental que permite comprobar que el mecanismo identificado puede tener una aplicación concreta.

El siguiente desafío consiste en determinar cómo trasladar ese conocimiento a una herramienta que sea efectiva en condiciones agrícolas reales, con estabilidad, seguridad y capacidad para responder a diferentes escenarios de infección o contaminación.

También resulta importante determinar si el mecanismo puede funcionar frente a diferentes concentraciones de la toxina y en distintos cultivos, además de evaluar las condiciones necesarias para que la degradación sea eficiente.

El desafío de reducir el impacto ambiental

La investigación apunta a una alternativa basada en la biotransformación, una estrategia que utiliza microorganismos o enzimas para modificar químicamente una sustancia y convertirla en compuestos menos peligrosos.

Uno de los objetivos del grupo es avanzar hacia tratamientos que no requieran liberar necesariamente la bacteria viva al ambiente. Para ello, el conocimiento sobre las enzimas involucradas en la degradación podría resultar clave.

La posibilidad de utilizar directamente determinadas enzimas permitiría desarrollar soluciones más controladas, aunque esa alternativa todavía requiere investigación y validación.

El interés por este tipo de estrategias surge también de las limitaciones de las herramientas tradicionales. Los fungicidas pueden ser útiles para controlar los patógenos, pero el problema de las micotoxinas presenta una dificultad adicional: eliminar el organismo productor no necesariamente significa eliminar de inmediato las sustancias que ya produjo.

Por eso, la degradación específica de la toxina representa una vía diferente de intervención.

El trabajo también se vincula con una tendencia creciente dentro de la investigación agropecuaria: buscar soluciones biológicas que permitan reducir la dependencia de determinados productos químicos y, al mismo tiempo, mantener la eficiencia productiva.

Qué son las micotoxinas

Las micotoxinas no constituyen un problema exclusivamente agrícola. Se trata de compuestos producidos por determinados hongos que pueden contaminar alimentos y materias primas.

El interés científico sobre estas sustancias creció especialmente a partir de la década de 1960. Ruiz recordó un episodio ocurrido en Inglaterra, cuando se produjo la muerte de numerosos pavos y posteriormente se determinó que el alimento suministrado a los animales estaba contaminado con maní afectado por Aspergillus flavus.

Una bacteria del suelo podría convertirse en una nueva herramienta contra el daño de Fusarium

Ese episodio permitió identificar la aflatoxina, una de las primeras micotoxinas reconocidas y estudiadas. Desde entonces, los investigadores identificaron numerosas sustancias producidas por distintas especies de hongos y comenzaron a desarrollar métodos para reducir sus efectos.

La investigación sobre el ácido fusárico forma parte de esa búsqueda de alternativas.

Además de la biotransformación, existen otras estrategias basadas en microorganismos. Una de ellas es la bioadsorción, que utiliza determinadas levaduras o bacterias capaces de interactuar con las micotoxinas y retenerlas mediante componentes de sus paredes celulares.

Ruiz abordó estas alternativas en un trabajo publicado en la revista Advances in Applied Microbiology, según la información difundida por TodoAgro.

Las distintas estrategias no necesariamente compiten entre sí. Dependiendo de la sustancia, el cultivo y las condiciones de contaminación, podrían utilizarse mecanismos diferentes o incluso combinados.

Del laboratorio al campo

El descubrimiento realizado por la FAUBA y el CONICET representa un avance científico, pero todavía queda un recorrido antes de que pueda convertirse en una herramienta comercial.

El aislamiento de la bacteria, la identificación de genes y enzimas y los resultados obtenidos en semillas constituyen etapas iniciales dentro de un proceso de desarrollo tecnológico que deberá incluir nuevos ensayos.

Será necesario determinar la eficacia del mecanismo en condiciones más cercanas a las que existen en los lotes, evaluar su estabilidad y establecer cuáles son las formas más seguras y eficientes de utilizarlo.

También deberá analizarse el comportamiento de los compuestos resultantes de la degradación para garantizar que el proceso efectivamente reduzca el riesgo asociado con la toxina.

La investigación muestra, de todos modos, una posibilidad concreta: aprovechar microorganismos presentes en los ecosistemas para enfrentar problemas generados por otros organismos.

Para Ruiz, ese camino requiere comprender primero los procesos que ocurren naturalmente y después evaluar cómo pueden utilizarse con fines tecnológicos.

“Es el único camino para abrir nuevas oportunidades y soluciones tecnológicas con menor impacto en el ambiente”, sostuvo la investigadora, según TodoAgro.

El hallazgo de la bacteria capaz de degradar ácido fusárico agrega así una nueva herramienta potencial a la investigación sobre enfermedades de los cultivos y micotoxinas. El desafío ahora será transformar el conocimiento obtenido en el laboratorio en soluciones que puedan aplicarse de manera segura y eficiente en la producción agrícola.

 

 

 

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