Algodón en alerta: un productor chaqueño advierte que las derivas de herbicidas pueden ser más difíciles que el picudo

Daniel Kempe, productor de Charata, señaló que una aplicación fuera de objetivo puede comprometer meses de trabajo y reclamó nuevas herramientas.

Algodón en alerta: un productor chaqueño advierte que las derivas de herbicidas pueden ser más difíciles que el picudo
jueves 27 de agosto de 2026 - 15:24

El algodón enfrenta en el norte argentino un riesgo que va más allá del picudo, según advirtió el productor chaqueño Daniel Kempe, quien durante una entrevista publicada el 26 de agosto de 2026 por Bichos de Campo señaló que las derivas de herbicidas hormonales provenientes de campos vecinos pueden afectar lotes a varios kilómetros de distancia y comprometer el resultado de una campaña. Desde Charata, donde lleva 27 años dedicado al cultivo, planteó la necesidad de extremar los cuidados en las aplicaciones y avanzar en tecnologías que permitan proteger al algodón de productos utilizados en establecimientos cercanos.

La advertencia pone el foco en uno de los problemas de manejo que más preocupa a los productores algodoneros: un cultivo particularmente sensible a determinados herbicidas puede sufrir daños aun cuando el productor afectado no haya realizado la aplicación que originó el problema.

Kempe explicó a Bichos de Campo que el picudo del algodonero continúa siendo una plaga relevante y requiere un manejo intensivo, pero consideró que existen herramientas conocidas para enfrentarlo. En cambio, cuando el cultivo resulta alcanzado por una deriva, identificar el origen y determinar responsabilidades puede resultar mucho más complejo.

“El picudo se puede manejar con conductas serias”, afirmó Kempe a Bichos de Campo. Para el productor, la diferencia está en que el control de la plaga depende en buena medida de decisiones tomadas dentro del propio establecimiento, mientras que una deriva puede tener origen fuera del campo y escapar al manejo del productor afectado.

Una campaña que exige presencia permanente

Kempe pertenece a una familia con una larga trayectoria en la actividad agropecuaria y comenzó a sembrar algodón junto con su suegro hace casi tres décadas. Permaneció vinculado con el cultivo incluso durante el avance de la soja, que modificó buena parte del esquema productivo del Chaco.

Desde su experiencia, sostiene que el algodón requiere un seguimiento constante. El cultivo permanece varios meses en el lote y durante ese período queda expuesto a problemas climáticos, sanitarios y agronómicos.

“Somos muchos productores sembrando en la zona. Por ahí vino gente de otro lado, sin cultura algodonera, y por eso Charata se hizo tan popular. Pero nosotros seguimos siendo algodoneros”, señaló a Bichos de Campo.

La referencia a la cultura productiva no es menor. Para Kempe, el conocimiento acumulado sobre el algodón forma parte de las herramientas necesarias para sostener el cultivo en una región donde convive con otras actividades agrícolas.

El productor considera que el manejo de la plaga puede demandar numerosas intervenciones. Estimó que en determinadas campañas pueden ser necesarias alrededor de 12 aplicaciones de insecticidas destinadas exclusivamente al control del picudo.

Ese costo, sostuvo, puede ser absorbido por el resultado económico del cultivo cuando la campaña se desarrolla con normalidad. El problema aparece cuando, después de haber realizado inversiones y trabajos durante meses, una deriva provoca daños sobre las plantas.

“El cultivo es rentable, da para cubrir esos costos”, afirmó Kempe a Bichos de Campo.

Pero la ecuación cambia frente a un daño provocado por una aplicación externa. “Lo que no da es cuando hay derivas y es afectado todo tu trabajo, todo lo que hiciste. Es como tener que arrancar de nuevo”, explicó.

El riesgo de las aplicaciones fuera del lote

La preocupación central del productor está relacionada con los herbicidas hormonales, en particular con el 2,4-D.

Kempe sostuvo que el algodón presenta una elevada sensibilidad frente a este tipo de productos y advirtió sobre la posibilidad de que una deriva alcance campos ubicados a una distancia considerable.

“Hay un problema grave que estamos teniendo, que es el efecto de la deriva de hormonales”, sostuvo el productor a Bichos de Campo.

Luego agregó: “Lo hormonal puede viajar hacia el algodón, que es de lo más sensible que hay. Puede viajar hasta diez kilómetros”.

La afirmación fue planteada por Kempe desde su experiencia productiva y no como una medición científica presentada en la entrevista. La distancia concreta que puede recorrer una deriva depende de múltiples variables, entre ellas las condiciones meteorológicas, el producto utilizado, la formulación, el equipo de aplicación y las condiciones en las que se realiza el tratamiento.

Precisamente por esa complejidad, uno de los principales problemas que enfrenta el productor afectado es establecer de dónde provino la aplicación.

Si una planta muestra síntomas de fitotoxicidad, determinar qué lote originó el daño puede resultar difícil cuando existen numerosos establecimientos en las proximidades y no hay registros claros o evidencias suficientes sobre la aplicación.

“Los productores vecinos, que por ahí lo hacen no con mala intención pero sí sin cuidado, tienen manera de defenderse diciendo ‘yo no fui’. Ese es el gran tema que tenemos: yo no fui y nadie fue, pero el daño vino”, resumió Kempe a Bichos de Campo.

El planteo coloca a la convivencia entre productores en el centro de la discusión. En zonas donde se combinan cultivos con distintos niveles de sensibilidad y diferentes estrategias de manejo, las decisiones adoptadas en un lote pueden generar consecuencias sobre establecimientos vecinos.

Por eso, la prevención de las derivas requiere no solamente tecnología de aplicación, sino también coordinación, comunicación y cumplimiento de las buenas prácticas.

Una tecnología que podría cambiar el escenario

Ante esta situación, Kempe mencionó una alternativa tecnológica que podría convertirse en una herramienta de protección para los productores de algodón: el desarrollo de variedades tolerantes a determinados herbicidas.

Según explicó, existen trabajos orientados a obtener materiales con esa característica. El objetivo sería reducir la vulnerabilidad del cultivo frente a aplicaciones realizadas en campos próximos.

La posibilidad de incorporar tolerancia a herbicidas abriría una nueva herramienta dentro del paquete tecnológico del algodón. No reemplazaría las buenas prácticas de aplicación ni eliminaría el riesgo de deriva, pero podría disminuir la sensibilidad del cultivo frente a determinados episodios.

Para el productor chaqueño, avanzar en ese tipo de genética constituye uno de los próximos desafíos tecnológicos para la actividad.

La cuestión resulta especialmente relevante en regiones donde el algodón comparte territorio con sistemas agrícolas que utilizan herbicidas para el control de malezas. Una mayor diversificación productiva genera oportunidades económicas, pero también obliga a mejorar la coordinación entre establecimientos.

Picudo: un problema conocido y costoso

La comparación que realiza Kempe entre el picudo y las derivas no implica que la principal plaga del algodón haya dejado de ser una amenaza.

El picudo del algodonero continúa demandando monitoreo y aplicaciones específicas. En determinadas campañas, el productor puede tener que realizar una cantidad significativa de tratamientos para mantener la presión de la plaga bajo control.

Sin embargo, Kempe sostiene que existe una diferencia fundamental: frente al picudo, el productor puede adoptar decisiones concretas dentro de su propio establecimiento.

La situación es diferente ante una deriva. En ese caso, el daño puede producirse independientemente de que el productor haya realizado correctamente las tareas de manejo.

Además, una planta afectada puede requerir tiempo para recuperarse. Durante ese período, el productor debe continuar con el manejo sanitario habitual.

Kempe explicó que, después de una deriva, el picudo no desaparece. Si el cultivo debe recuperarse y, al mismo tiempo, continúa expuesto a la plaga, pueden ser necesarias nuevas aplicaciones.

“Ahí sí se va encareciendo todo”, sostuvo a Bichos de Campo.

Así, un episodio de deriva puede multiplicar los costos de una campaña que inicialmente presentaba una ecuación económica favorable.

Un cultivo que demanda conocimiento

El productor también buscó diferenciar al algodón de cultivos extensivos que requieren menor seguimiento durante determinadas etapas.

“No es que cualquiera lo puede hacer. Necesita mucha dedicación, necesita mucho conocimiento”, reconoció Kempe en la entrevista difundida por Bichos de Campo.

Su descripción apunta a una característica histórica del cultivo: la necesidad de observar en forma frecuente el estado de las plantas, controlar las plagas, ajustar las aplicaciones y tomar decisiones de manejo de acuerdo con las condiciones particulares de cada lote.

“Al algodón hay que mimarlo todos los días. No es como la soja, que la sembrás, la mirás una vez cada diez días y todo va bien. El cultivo es bastante artesanal. Hay que seguirlo. Cada lote es una situación distinta”, explicó.

La afirmación también permite entender por qué una afectación externa puede resultar especialmente costosa. El productor invierte tiempo, conocimiento, insumos y recursos durante una campaña extensa. Un daño causado por una aplicación realizada fuera del establecimiento puede alterar ese trabajo sin que exista una decisión del productor afectado que lo haya provocado.

La convivencia entre sistemas agrícolas

El planteo de Kempe se inscribe en una discusión más amplia sobre el uso responsable de herbicidas y la necesidad de evitar conflictos entre establecimientos vecinos.

En regiones agrícolas donde conviven diferentes cultivos, la calidad de las aplicaciones adquiere una importancia que excede los límites de cada campo. La deriva no solo representa una pérdida económica potencial para quien recibe el producto, sino que también puede generar conflictos entre productores.

El tema ya fue abordado por organizaciones vinculadas con la producción. Aapresid, por ejemplo, ha difundido recomendaciones relacionadas con las aplicaciones de herbicidas hormonales y la prevención de problemas entre vecinos, de acuerdo con antecedentes citados por Bichos de Campo.

Para los productores algodoneros, el desafío consiste en lograr que la expansión y diversificación de la agricultura sea compatible con la continuidad de cultivos particularmente sensibles.

En ese escenario, la capacitación de aplicadores, el monitoreo de las condiciones meteorológicas, la elección adecuada de productos y tecnologías de aplicación y la comunicación entre productores aparecen como herramientas preventivas.

La genética tolerante podría sumar una capa adicional de protección, pero no elimina la necesidad de realizar aplicaciones responsables.

Desde Charata, Kempe plantea así una discusión que excede al algodón. Su advertencia apunta a la necesidad de compatibilizar las diferentes actividades agrícolas que conviven en una misma región y evitar que una decisión tomada en un lote termine comprometiendo el resultado económico de otro.

Mientras el picudo continúa formando parte de la agenda sanitaria del cultivo, el productor considera que las derivas de herbicidas merecen una atención creciente. Para quienes sostienen al algodón como actividad de largo plazo en el Chaco, reducir ese riesgo puede ser tan importante como mejorar la genética, el manejo sanitario y la eficiencia de cada campaña.

 

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