Investigadores del INTA Salta y del Instituto de Genética del INTA desarrollaron nuevas poblaciones de chía de ciclo corto que podrían modificar el esquema productivo tradicional del cultivo en la región. A partir de mutaciones inducidas, los especialistas lograron reducir en aproximadamente 30 días el ciclo biológico de la planta y disminuir su dependencia del fotoperiodo, una característica que permitiría ampliar de manera significativa la ventana de siembra, reducir la exposición a factores climáticos y sanitarios adversos y aumentar la densidad de plantas por hectárea. El avance, informado por el INTA el 14 de septiembre de 2026, abre una nueva alternativa para mejorar la flexibilidad y la productividad de este cultivo de alto valor nutricional.
La innovación apunta a resolver una de las principales limitaciones que enfrenta actualmente la producción comercial de chía: la estrecha ventana de implantación que presentan las variedades tradicionales debido a su sensibilidad a la duración del día.
Esa característica biológica condiciona el momento en que puede realizarse la siembra y limita las posibilidades del productor para adaptar el cultivo a las condiciones particulares de cada campaña.
Las nuevas poblaciones desarrolladas por el INTA presentan, en cambio, una respuesta mucho menor al fotoperiodo. Como consecuencia, pueden completar su ciclo en un período más corto y ofrecen una mayor flexibilidad para definir la fecha de implantación.
El resultado podría tener implicancias tanto agronómicas como económicas para las regiones donde la chía constituye una alternativa productiva.
El desarrollo surgió a partir de la utilización de mutagénesis, una metodología mediante la cual se generan mutaciones que luego son identificadas y evaluadas para determinar si presentan características de interés productivo.
Martín Acreche, investigador del INTA Salta, explicó que las nuevas poblaciones presentan una diferencia biológica central respecto de las variedades comerciales.
“Estas variedades se han obtenido a través de mutagénesis, ya sea de manera natural o inducida. Esto quiere decir que, a diferencia de la chía comercial cuya ventana de siembra es muy restringida debido a su alta sensibilidad al fotoperiodo, las plantas mutadas son prácticamente insensibles al fotoperiodo”, destacó Acreche en la información difundida por el INTA.
La menor sensibilidad al fotoperiodo permite reducir la duración del ciclo. De acuerdo con los ensayos realizados, las nuevas poblaciones pueden completar su desarrollo aproximadamente 30 días antes que las variedades comerciales.
La reducción del ciclo representa una herramienta para manejar mejor el calendario productivo. Un cultivo que permanece menos tiempo en el campo también tiene una menor exposición acumulada a determinadas condiciones adversas, como períodos de altas temperaturas, déficit hídrico, enfermedades o ataques de plagas.
Además, la posibilidad de modificar el momento de implantación puede permitir que el productor busque condiciones ambientales más favorables para las etapas críticas del cultivo.
La fecha de siembra constituye uno de los principales cambios potenciales asociados con esta tecnología.
Actualmente, la producción tradicional se concentra principalmente en febrero, debido a la respuesta de las variedades comerciales a las condiciones de fotoperiodo.
Con las nuevas poblaciones, los investigadores plantean una ventana que podría extenderse desde enero hasta fines de febrero.
Pero la característica más significativa es que también aparece la posibilidad de evaluar siembras en septiembre u octubre, siempre que exista suficiente humedad en el suelo.
“Mientras que la siembra tradicional se concentra en febrero, esta nueva tecnología permite extenderla desde enero hasta fines de febrero. A su vez, abre la posibilidad de sembrar en septiembre u octubre, siempre que el lote cuente con la humedad necesaria”, indicó Acreche, según el informe del INTA.
La ampliación del calendario no implica que todas esas fechas sean automáticamente recomendables para cualquier ambiente. La disponibilidad de agua y las condiciones climáticas seguirán siendo factores determinantes para definir el momento más conveniente.
Sin embargo, contar con una población menos dependiente del fotoperiodo amplía las alternativas disponibles para adaptar la producción a cada situación.
Para el productor, esa flexibilidad puede tener valor en campañas donde las condiciones de humedad no coinciden con la ventana tradicional de siembra.
Otra de las características observadas en los nuevos materiales es una menor estatura de las plantas.
Esta condición permite evaluar un incremento de la densidad de siembra respecto de las variedades tradicionales. De acuerdo con los ensayos, la densidad podría incluso duplicarse, una posibilidad que apunta a aumentar la productividad por unidad de superficie.
El cambio en la arquitectura de la planta puede modificar la forma en que se distribuye la población dentro del lote y abre una nueva variable de manejo para los productores.
La mayor densidad no garantiza por sí misma un incremento del rendimiento. Su conveniencia dependerá de la interacción entre genética, ambiente, disponibilidad de agua, nutrición y manejo agronómico.
Por eso, los investigadores continúan evaluando el comportamiento de estas poblaciones bajo distintas condiciones.
Hasta el momento, los ensayos indican que el manejo agronómico requerido es similar al de la chía tradicional y que no existen diferencias significativas en rendimiento respecto de las variedades comerciales.
El interés del desarrollo está, por lo tanto, en la combinación de características: ciclo más corto, menor sensibilidad al fotoperiodo, mayor flexibilidad de siembra y posibilidad de trabajar con poblaciones más densas.
El acortamiento del ciclo también puede convertirse en una herramienta para administrar riesgos productivos.
En un cultivo agrícola, cada día adicional en el campo representa una exposición a las condiciones ambientales. Plagas, enfermedades, temperaturas extremas, déficit hídrico o lluvias excesivas pueden afectar distintas etapas del desarrollo.
Una variedad que completa su ciclo en menos tiempo puede reducir la duración de esa exposición, aunque la magnitud del beneficio dependerá de las condiciones particulares de cada campaña.
En el caso de la chía, esta característica adquiere especial importancia porque la producción está condicionada por factores ambientales que pueden modificar tanto la implantación como el desarrollo y la cosecha.
La posibilidad de elegir entre diferentes fechas permite además distribuir el riesgo. Si las condiciones de humedad no son adecuadas en febrero, por ejemplo, una ventana más amplia podría ofrecer alternativas de implantación en otro momento del calendario.
Esto puede contribuir a una planificación más flexible de la superficie agrícola y a una mejor integración de la chía con otros cultivos dentro de los sistemas productivos.
La chía ocupa un nicho particular dentro de la agricultura debido al valor nutricional de su semilla.
Se caracteriza por presentar una elevada concentración de aceite, que puede representar entre 25% y 38% de la semilla, y por un perfil lipídico con una alta proporción de ácidos grasos omega-3.
La información del INTA señala que el contenido de omega-3 supera el 64% dentro de su perfil de ácidos grasos. Además, la semilla contiene entre 19% y 23% de proteínas, un nivel superior al de varios cereales tradicionales.
Estas características explican parte de la demanda que existe para el producto y su posicionamiento como alimento de alto valor nutricional.
Para la cadena productiva, mejorar las condiciones agronómicas de la chía puede contribuir a fortalecer una alternativa que posee un mercado específico y que puede complementar otros sistemas agrícolas.
El desarrollo de materiales adaptados a diferentes ventanas de siembra también puede ser relevante para ampliar la superficie potencial del cultivo, siempre que las condiciones económicas y comerciales acompañen ese proceso.
La investigación todavía no está terminada.
Uno de los próximos objetivos de los especialistas es determinar si las mutaciones introducidas, además de modificar el ciclo y la respuesta al fotoperiodo, produjeron cambios favorables en la calidad del grano.
El foco estará puesto especialmente en el perfil lipídico, debido a que el contenido y la composición de los ácidos grasos constituyen uno de los principales atributos comerciales y nutricionales de la chía.
Los investigadores analizan la posibilidad de que los nuevos materiales no solo permitan mayor flexibilidad productiva, sino que también presenten características de calidad diferenciadas.
La confirmación de ese resultado podría ampliar el interés por estas poblaciones y agregar valor al desarrollo tecnológico.
“De confirmarse estos resultados, la chía de ciclo corto podría posicionarse como una población clave para el futuro del cultivo en la región, ofreciendo ventajas comerciales y de manejo de la planta para el productor”, concluyó Acreche, según el material difundido por el INTA.
El desarrollo de una chía con menor duración de ciclo y prácticamente independiente del fotoperiodo introduce una nueva herramienta para la planificación agrícola.
El cambio más importante no está solamente en cosechar antes, sino en disponer de mayores opciones para decidir cuándo sembrar y cómo adaptar la producción a las condiciones de cada lote.
La posibilidad de pasar de una ventana concentrada en febrero a alternativas que incluyan enero, fines de febrero e incluso septiembre u octubre —cuando exista humedad suficiente— puede modificar la forma de incorporar el cultivo a los sistemas productivos.
A esto se suma la posibilidad de utilizar mayores densidades debido a la menor estatura de las plantas y la reducción del período de exposición a factores adversos.
Por ahora, los ensayos muestran rendimientos similares a los materiales comerciales y un manejo agronómico comparable. El próximo paso será determinar si las nuevas poblaciones también presentan mejoras en la calidad de la semilla, particularmente en su perfil de ácidos grasos.
Si esos resultados se confirman, el desarrollo del INTA podría aportar una herramienta adicional para una cadena que busca ampliar su productividad y adaptarse a escenarios climáticos cada vez más variables.
Para los productores, la principal ventaja potencial será contar con una chía más flexible, capaz de adaptarse a diferentes momentos de siembra y de integrarse con mayor facilidad a la planificación de los sistemas agrícolas regionales.