Cualquier líder sabe que una empresa, gente a cargo y un papel a cumplir nos ponen en contacto directo y sin filtro con una inmensidad de cuestiones a resolver. Ante tantos frentes abiertos, el que dirige y toma decisiones debe mirar alrededor: no trabajamos solos, tenemos a nuestra gente con roles y tareas concretas que sacar adelante, aunque deberemos ser conscientes de que, en gran medida, contaremos con ellos si ellos cuentan con nosotros.
Integrar a las personas está en nosotros, dándoles un espacio y un lugar que, de a poco, vayan haciendo propio. En este sentido, nos toca dar el primer paso en dirección al conocimiento del equipo de gente con la que trabajamos: averiguar acerca de sus proyectos y expectativas. Hay que saber que lo que vemos –conductas, actitudes, resultados– tiene su explicación en lo que no somos capaces de ver –principios, valores, normas–, lo que hace que las personas seamos a menudo tan difíciles de predecir.
Por otro lado, la capacidad de ponerse en el lugar de los demás es algo que se puede trabajar y mejorar; todo depende del esfuerzo que seamos capaces de hacer para tratar de entender cómo piensan, sienten y deciden los otros. En la medida en que podamos conocer el mundo interior de los que nos rodean, seremos más capaces de ejercer la tolerancia y el respeto, antes que el juicio. Debemos hacerles notar que nos importan y que el lugar que tenemos para ellos se gana con reciprocidad.
Paso a paso, con cierta sistematicidad indispensable para que las buenas intenciones no queden en eso, siguiendo un rumbo predefinido de generar confianza, confiando y arriesgando: hasta que no consigamos vernos reflejados en las expectativas o proyectos ajenos no llegaremos a buen puerto.