En el Alto Valle de Río Negro, la productora Yanina Martínez desarrolló Testaruda, una sidra artesanal elaborada con fruta que no entra al circuito comercial. El proyecto, iniciado entre 2017 y 2018 y lanzado en 2019, busca agregar valor en origen, reducir desperdicios y posicionarse en el segmento premium.
En una región atravesada por la producción de peras y manzanas, donde cada temporada define el ritmo económico, una iniciativa local propone una salida innovadora: transformar el descarte en oportunidad. Así nació Testaruda, la sidra artesanal impulsada por Yanina Martínez, quien decidió reconvertir parte de la producción frutícola en una bebida con identidad propia.
El proyecto se gestó en General Enrique Godoy, en el corazón productivo del Alto Valle, donde Martínez creció vinculada al trabajo en chacra y empaque. Hija de una familia de tradición frutícola, su recorrido estuvo marcado por el aprendizaje temprano junto a su padre. “Yo estaba feliz de demostrar que se puede hacer algo”, recordó sobre los primeros pasos de la iniciativa.
La idea surgió a partir de una observación concreta: gran parte de la fruta, aun estando en buen estado, quedaba fuera del mercado por cuestiones estéticas o comerciales. Frente a ese escenario, la productora comenzó a investigar alternativas para aprovechar ese volumen y generar valor agregado.
El impulso definitivo llegó tras un viaje a Estados Unidos. Allí, un formato de bebida en botella tipo porrón le dio una pista clave para diferenciar su producto. “Cuando volví dije: ‘Quiero hacer sidra en porrón’”, explicó. Esa decisión marcaría el perfil de Testaruda: una sidra pensada para el consumo cotidiano, descontracturado y durante todo el año.
Para avanzar en el desarrollo, Martínez sumó asesoramiento técnico y comenzó a experimentar con distintas variedades de manzanas, entre ellas Gala, Pink Lady y Granny Smith. Esta última se convirtió en la base principal del producto por su perfil sensorial. “Era la más dulce”, detalló.
El lanzamiento oficial se concretó en 2019, con dos versiones: “Las rojas” y “Las verdes”. Ambas se elaboran de manera artesanal y se envasan en botellas de vidrio de 350 ml, reforzando el concepto de una sidra moderna, distinta de la tradicional.
Tras la pandemia, el proyecto dio un paso clave con la habilitación de una planta propia de elaboración, lo que permitió escalar la producción bajo estándares formales. Sin embargo, el crecimiento se plantea de manera gradual. La prioridad, según Martínez, es mantener la calidad. “Mi idea es empezar a producir más y cuidar la calidad, eso es lo que me frena”, señaló.
Uno de los principales desafíos es la capacitación del personal para sostener procesos artesanales con precisión técnica. En ese sentido, la productora reconoce que el factor humano es determinante para consolidar el proyecto.
Actualmente, Testaruda apunta a un mercado premium, con un enfoque en volúmenes acotados y una fuerte impronta de origen. La estrategia se basa en diferenciarse a través de la calidad, el diseño y la historia detrás del producto.
La experiencia también refleja una tendencia más amplia en las economías regionales: la necesidad de diversificar y generar nuevas fuentes de ingreso frente a las limitaciones del mercado tradicional. En ese contexto, iniciativas como esta buscan reducir el desperdicio y mejorar la rentabilidad de la cadena frutícola.
Más allá del negocio, el proyecto tiene un componente simbólico ligado al legado familiar. “El hecho de aprovechar todo lo que uno tiene, sacarle el jugo a las cosas, eso es lo más importante”, afirmó Martínez. Esa lógica, heredada de su padre, se traduce hoy en una marca que combina tradición, innovación y arraigo territorial.