Un informe presentado en la COP15 de la Convención sobre Especies Migratorias, que se desarrolla en Campo Grande, reveló que las poblaciones de peces migratorios de agua dulce cayeron cerca de un 90% desde 1970. El estudio, difundido por Infobae, advierte que la situación es crítica en Sudamérica y puede afectar la seguridad alimentaria y la economía de millones de personas.
La caída de las poblaciones de peces migratorios de agua dulce encendió alarmas a nivel global y, en particular, en América Latina, donde los grandes sistemas fluviales concentran algunas de las especies más importantes para la alimentación y la economía regional. Según informó Infobae, un nuevo informe presentado en la COP15 advierte sobre una disminución cercana al 90% en las últimas cinco décadas.
El estudio identifica 349 especies migratorias en riesgo, de las cuales solo 24 cuentan con algún tipo de protección internacional. Las restantes 325 carecen de resguardo efectivo, lo que incrementa la urgencia de implementar medidas de conservación.

La situación es especialmente grave en cuencas clave como el Amazonas y el sistema La Plata-Paraná. Estas regiones no solo concentran biodiversidad, sino también actividades económicas esenciales.
En la cuenca amazónica, más del 90% de las capturas pesqueras corresponde a especies migratorias. Su valor económico anual supera los 436 millones de dólares, y su desaparición pondría en riesgo la seguridad alimentaria de miles de comunidades.
Además del impacto económico, estos peces cumplen un rol central en la cultura de pueblos indígenas y comunidades ribereñas, lo que amplifica las consecuencias de su declive.

El informe señala que la principal amenaza es la fragmentación de los ríos. La construcción de represas, canales y otras infraestructuras interrumpe las rutas migratorias naturales, lo que impide a los peces llegar a sus zonas de reproducción.
A esto se suma la sobreexplotación pesquera, que reduce la cantidad de ejemplares adultos capaces de reproducirse, y la contaminación, producto de residuos industriales, plásticos y sustancias químicas.
Estas presiones actúan de forma combinada y afectan todo el ciclo de vida de las especies.
En diálogo con Infobae, Norberto Oldani, ex investigador del Conicet, explicó que los impactos varían según el país. “En Argentina, si bien tenemos la fragmentación de hábitats pero consecuencias menores. En cambio, la sobreexplotación pesquera es la responsable directa del declive de las poblaciones”, afirmó.

Entre las especies más afectadas se encuentran el dorado, la piraíba, el sábalo, el surubí y el tambaqui. Todas dependen de largas migraciones para completar su ciclo de vida, desde áreas de alimentación hasta zonas de desove.
Cuando los ríos pierden conectividad, estos recorridos se interrumpen y las poblaciones comienzan a disminuir de forma acelerada.
La situación también se replica en otras regiones del mundo, lo que posiciona a estos peces entre los vertebrados más amenazados del planeta.

El informe destaca que una de las medidas más efectivas es restaurar la conectividad fluvial, eliminando barreras obsoletas o rediseñando infraestructuras para permitir el paso de los peces.
También se propone fortalecer la cooperación internacional, especialmente en cuencas compartidas por varios países. Entre las recomendaciones figuran:
La evidencia muestra que, en algunos casos, la eliminación de obstáculos permitió el retorno de especies a zonas donde habían desaparecido.

El deterioro de las poblaciones de peces migratorios no es solo un problema ambiental. Tiene implicancias directas en la alimentación, la economía y la estabilidad social de millones de personas.
En regiones como el litoral argentino o la Amazonia, estos recursos son fundamentales para la subsistencia y el empleo.

Los científicos coinciden en que la recuperación es posible, pero requiere acciones coordinadas y sostenidas en el tiempo. Sin cambios estructurales, advierten, el riesgo de colapso continuará en aumento.