En Choele Choel, el productor Humberto Castro impulsa una nueva etapa en la producción de trufas en la Patagonia, al experimentar con su cultivo en raíces de nogales y avellanos, con el objetivo de lograr un sistema de doble producción que combine frutos en superficie y hongos bajo tierra.
A sus 77 años, Castro se define como pionero en la actividad en la región. Fue el primero en producir trufas en la Patagonia argentina, un hongo subterráneo de alto valor gastronómico conocido como el “diamante negro”. Su apuesta actual busca ampliar ese desarrollo con un enfoque innovador que permita diversificar ingresos y hacer más accesible la producción.
“Hay que estar medio loco para aventurarse”, afirma el productor, según relató en una entrevista con Bichos de Campo. Su proyecto consiste en inocular esporas del hongo en distintas especies arbóreas, entre ellas nogales, avellanos, almendros, pinos y tilos, con la idea de obtener dos productos en un mismo sistema.

Actualmente trabaja con decenas de plantas y proyecta expandir la experiencia. El objetivo es comprobar si la simbiosis entre el hongo y las raíces permite mantener la productividad tanto del árbol como de la trufa, lo que abriría nuevas oportunidades para pequeños productores.
El hongo que cultiva es el Tuber melanosporum, una variedad originaria de regiones europeas que requiere condiciones específicas de suelo, humedad y temperatura. A diferencia de otros cultivos, su desarrollo es lento: pueden pasar varios años hasta obtener las primeras cosechas.
En su chacra, Castro logró adaptar este cultivo a condiciones poco habituales, a baja altitud y cerca de una laguna. Explica que el frío favorece la calidad del producto, mientras que las altas temperaturas representan el principal riesgo, por lo que implementó sistemas de riego para mantener la humedad del suelo.

La producción de trufas tiene particularidades únicas. No se cosechan a simple vista, sino que se “cazan” con perros entrenados que detectan su aroma bajo tierra. Cada árbol puede generar entre 100 y 250 gramos por temporada, y una plantación puede mantenerse productiva durante décadas.
El atractivo económico es significativo. El precio internacional puede superar los mil dólares por kilo, lo que convierte a este cultivo en una alternativa de alto valor. Sin embargo, Castro remarca que su motivación no es únicamente económica. Busca demostrar que es posible desarrollar nuevas producciones en el país y ampliar el acceso a este alimento.
También plantea un objetivo social. Señala que la inversión inicial para una hectárea puede ser elevada, pero considera que, con el tiempo, el desarrollo del sector podría permitir bajar los costos y precios, facilitando su consumo.
Su historia incluye un cambio de rumbo. Tras trabajar en el sector petrolero y dedicarse a cultivos tradicionales como cerezas y pelones, decidió apostar por las trufas como una alternativa a largo plazo. La decisión implicó años de espera y aprendizaje.

El caso refleja el potencial de la Patagonia para diversificar su matriz productiva. La combinación de innovación, adaptación y conocimiento técnico aparece como clave para desarrollar nuevos negocios en regiones no tradicionales.
Castro resume su enfoque con una visión clara: impulsar una actividad que pueda crecer en pequeñas superficies, generar ingresos y, al mismo tiempo, mantenerse en equilibrio con el ambiente. Mientras avanza con sus pruebas en nuevas especies, el resultado de esta experiencia podría marcar un nuevo camino para la producción de trufas en la Argentina.