Un matrimonio integrado por Amelia Nagasami y Toshifumi Shibata logró desarrollar la mayor producción de azafrán en la Patagonia tras iniciar una prueba con apenas 20 bulbos en El Bolsón. El proyecto, que comenzó años atrás, es relevante porque demuestra que este cultivo puede adaptarse a zonas frías y diversificar la producción regional.
Lo que empezó como una prueba experimental en macetas se convirtió en un emprendimiento productivo a campo abierto al pie del cerro Piltriquitrón. “Entonces, a Toshi se le ocurrió probar con 20 bulbos de azafrán para ver si se adaptaban”, contó Amelia. La experiencia fue positiva: los bulbos se multiplicaron y lograron trasladarse a suelo, donde continuaron desarrollándose.
La pareja no tenía antecedentes en este cultivo específico. Su experiencia previa estaba vinculada a flores como rododendros, tulipanes y narcisos, que comercializaban en la feria de El Bolsón. Sin embargo, esos productos demandaban mayor mantenimiento o tenían menor salida comercial. El azafrán apareció como una alternativa más estable.
“De todos modos, seguimos con los bulbos de flores. En primavera vendemos flores de corte; en verano, bulbos y en este momento, ofrecemos azafrán en maceta”, explicó Amelia. El esquema productivo se completa con otras actividades estacionales para sostener los ingresos durante todo el año.

El proceso de producción del azafrán es completamente manual y exige una alta dedicación. “Es un mes y medio de cosecha manual. Desbriznamos la planta, sacamos los estigmas, se deja secar. Es laborioso”, detalló. Cada flor aporta solo tres hebras, por lo que se necesitan entre 120.000 y 150.000 flores para obtener un kilo de producto seco.
Actualmente, la pareja produce alrededor de 300 gramos por temporada. La cifra refleja tanto la escala artesanal como la complejidad del cultivo. “Sucede que no teníamos forma de saber qué pasaría con la cosecha. Probamos si aguantaban año tras año y sí, soportaban”, explicó Amelia sobre los primeros años de incertidumbre.
El proyecto se basa en una premisa clara: no modificar las condiciones naturales del suelo. “Si no se da, no insistimos. Pero el azafrán se dio naturalmente sin mucho trabajo”, afirmó. Esta lógica de adaptación del cultivo al entorno permitió consolidar la producción en un clima adverso.

El contexto climático sigue siendo uno de los principales desafíos. Las heladas y lluvias pueden afectar directamente la cosecha. “Cuando vemos que al día siguiente caerá una helada, cosechamos lo que podemos la tarde anterior”, indicó. La ventana productiva es breve: la floración ocurre en otoño y dura apenas unas semanas.
En la Patagonia, el cultivo de azafrán aún es incipiente. Existen alrededor de una docena de producciones familiares distribuidas en varias provincias del sur argentino. En ese escenario, el emprendimiento de Nagasami y Shibata se destaca por contar con la mayor superficie cultivada, cercana a los 3.000 metros cuadrados.

Especialistas señalan que la región presenta una ventaja diferencial frente a otras zonas productoras como Mendoza o Córdoba. Las condiciones locales permiten una mayor tasa de multiplicación de los bulbos, lo que favorece la expansión del cultivo en el tiempo.
El azafrán tiene múltiples usos. En gastronomía se emplea en arroces, carnes, pescados y repostería. También se utiliza en infusiones, bebidas y productos cosméticos. “Hasta al mate le pongo hebras de azafrán. Tiene mucho antioxidante”, comentó Amelia.

La experiencia demuestra que el azafrán puede cultivarse en la Patagonia con resultados positivos, aunque con una escala limitada y un alto componente manual. El caso también refleja una tendencia hacia la diversificación productiva en regiones donde las condiciones climáticas imponen restricciones a los cultivos tradicionales.