La empresa familiar Eco del Valle SRL, ubicada en Río Negro, pasó de tener dos pequeñas cámaras frigoríficas a conservar cerca de 9 millones de kilos de fruta gracias a una transformación productiva basada en tecnología, energía solar y recambio generacional. La historia comenzó hace décadas con la familia Scuadroni y tuvo un punto de quiebre en 1992, cuando un incendio destruyó por completo el galpón y la producción que sostenían en la Patagonia norte.
La chacra nació con Victorino Scuadroni, hijo de inmigrantes italianos y españoles que llegaron a la Argentina escapando de la guerra. En la década del 30, la familia se instaló en Regina y empezó trabajando la tierra de manera manual. Primero cultivaron tomate y luego avanzaron con la producción de peras y manzanas, actividad que terminó consolidándose como el eje económico familiar.

Tras la muerte de Victorino en 1985, su hijo Luis quedó al frente de la chacra con apenas 25 años. “Me quedé con mi mamá trabajando”, recordó el productor sobre una etapa marcada por la necesidad de sostener la producción familiar y mantener el funcionamiento del galpón de empaque.
A comienzos de los años 90 llegó uno de los momentos más difíciles. Un incendio destruyó por completo las instalaciones donde guardaban la fruta. “No alcanzamos a salvar nada”, contó Luis sobre aquella noche en la que perdieron maquinaria, bins y gran parte de la estructura de trabajo construida durante décadas.
Sin embargo, antes del incendio, Luis ya había comenzado a explorar un nuevo camino. En 1989 compró dos pequeñas cámaras frigoríficas para conservar fruta propia y mejorar la calidad de almacenamiento. Esa decisión terminó redefiniendo el futuro de la empresa.

Después del incendio, la familia decidió enfocarse definitivamente en el negocio del frío. Comenzaron a ampliar la capacidad de conservación y a prestar servicio a otros productores de la zona. Con el tiempo, el emprendimiento creció hasta alcanzar las actuales 22 cámaras frigoríficas.
Hoy, Eco del Valle SRL administra unas 90 hectáreas de chacras y tiene capacidad para almacenar cerca de 9 millones de kilos de fruta. Cada cámara puede guardar aproximadamente 1000 bins, con unas 400 toneladas de peras o manzanas destinadas a conservación y comercialización.
La conservación de fruta requiere controles permanentes. “Uno piensa que el frío es guardar fruta y listo”, explicó Rodrigo Scuadroni, integrante de la tercera generación familiar. “Pero tenés que controlar temperatura, humedad, oxígeno, es estar constantemente vigilando”.

Antes de ingresar a las cámaras frigoríficas, la fruta atraviesa distintos tratamientos y controles de calidad. Se mide la presión, el nivel de azúcar y se aplican procesos para evitar hongos, pudrición y alteraciones de color durante el almacenamiento prolongado.
La llegada de los hijos de Luis también impulsó una modernización de la empresa. Rodrigo, de 31 años, regresó a la chacra luego de intentar estudiar y trabajar fuera de la región. “Me atraía más estar acá que encerrado”, explicó sobre su decisión de volver a la actividad familiar.
Con el recambio generacional aparecieron nuevas inversiones vinculadas a la sustentabilidad y la eficiencia energética. Hace cuatro años instalaron más de 100 paneles solares para reducir el alto costo eléctrico que demanda el funcionamiento de las cámaras frigoríficas.

“Nos estamos ahorrando aproximadamente un 8% del consumo de electricidad”, explicó Rodrigo sobre el sistema energético. Ahora la familia busca avanzar con un esquema bidireccional para inyectar energía sobrante a la red eléctrica durante los meses de menor actividad.
Además de la conservación, la empresa proyecta reactivar el galpón de empaque con maquinaria automatizada para clasificar fruta y comercializar producción propia con mayor valor agregado.

La modernización también incluye nuevas variedades de manzanas, renovación de cultivos y colocación de mallas antigranizo para reducir pérdidas frente a fenómenos climáticos extremos. Este año, una fuerte tormenta destruyó gran parte de la producción familiar. “En diez minutos perdimos todo el esfuerzo de un año”, lamentó Rodrigo.
Pese a las dificultades, la familia mantiene una estrategia enfocada en la innovación. “Hay que seguir innovando, seguir progresando y buscar soluciones”, sostuvo Rodrigo sobre el desafío de sostener la actividad frutícola en la Patagonia.
Luis, que lleva décadas trabajando la tierra, resume esa experiencia con una frase que atraviesa generaciones dentro de la chacra: “Uno tiene práctica, uno mira las plantas y sabe cómo tratarlas”.