Un equipo de investigadoras de la Universidad Nacional de Córdoba y el CONICET desarrolló en abril de 2026 un sensor portátil para detectar arsénico en agua, pensado para su uso en zonas rurales de Argentina donde el acceso a análisis de laboratorio es limitado. El avance resulta relevante porque aborda uno de los problemas ambientales más extendidos del país y permite obtener resultados rápidos en el propio territorio.
El dispositivo fue diseñado por las investigadoras Marcela Rodríguez, Daiana Reartes y María Dolores Rubianes, de la Facultad de Ciencias Químicas de la UNC. La iniciativa busca facilitar el monitoreo del agua en comunidades donde el control sanitario suele ser insuficiente.
La contaminación por arsénico afecta amplias regiones del país, especialmente la zona chaco-pampeana, donde gran parte de la población rural depende del agua subterránea para consumo y producción.
La exposición prolongada a este contaminante puede provocar Hidroarsenicismo Crónico Regional Endémico (HACRE), una enfermedad que incluye lesiones cutáneas y puede derivar en patologías graves como cáncer, diabetes y afecciones cardiovasculares.
En este contexto, contar con herramientas accesibles para detectar la presencia de arsénico resulta clave para prevenir riesgos sanitarios y mejorar la calidad de vida de las comunidades.
El sensor fue concebido como una herramienta de bajo costo, fácil utilización y adaptable a entornos con recursos limitados. Según explicó Rodríguez, "el bajo costo y la facilidad de uso lo hacen ideal para ONGs, municipios, escuelas rurales y otros actores territoriales de entornos rurales o de escasos recursos".
La investigadora agregó que "su uso no requiere conocimientos técnicos complejos ni un consumo energético elevado", lo que permite su implementación sin necesidad de infraestructura especializada.
Una de sus principales características es que se trata de un dispositivo portátil y descartable, capaz de realizar mediciones directamente en el lugar donde se toma la muestra. Esto representa una diferencia sustancial frente a los métodos tradicionales, que requieren equipamiento costoso y personal capacitado.
El sensor utiliza un sistema basado en nanoestructuras de oro combinadas con un biopolímero derivado de la quitina, lo que le permite identificar la presencia de arsenito en el agua.
De acuerdo con Rodríguez, "el sensor utiliza transducción electroquímica que le otorga alta sensibilidad", lo que posibilita detectar concentraciones muy bajas del contaminante.
Gracias a esta tecnología, el dispositivo puede identificar niveles por debajo de las 10 partes por billón, valor recomendado por la Organización Mundial de la Salud como límite seguro para el agua de consumo.
Además, su diseño facilita la miniaturización, lo que permite integrarlo en sistemas portátiles sin necesidad de equipos complejos.
El desarrollo ya fue probado en distintas regiones del país, incluyendo muestras de General Levalle y Recreo.
Los resultados confirmaron la eficacia del sensor tanto en aguas subterráneas como superficiales, lo que refuerza su potencial para ser utilizado en diversas condiciones geográficas.
La validación en campo es un paso clave para su futura implementación, ya que demuestra que el dispositivo puede operar en contextos reales y no solo en entornos de laboratorio.
El avance no solo tiene implicancias sanitarias, sino también productivas. El monitoreo de la calidad del agua es fundamental para múltiples actividades, especialmente en el sector agropecuario.
Rodríguez sostuvo que "es una alternativa confiable para el monitoreo continuo de la calidad del agua en regiones vulnerables" y destacó que su uso puede contribuir a prevenir enfermedades asociadas al consumo de agua contaminada.
Además, indicó que "algunas empresas del sector productivo han demostrado su interés en efectuar la transferencia del desarrollo", lo que abre la puerta a su aplicación comercial en el corto plazo.
Argentina cuenta con una de las mayores superficies afectadas por arsénico en América Latina, con cerca de un millón de kilómetros cuadrados comprometidos. Este escenario amplifica la importancia de soluciones tecnológicas que permitan actuar de manera preventiva.
El desarrollo del sensor representa un ejemplo de ciencia aplicada orientada a resolver problemas concretos, acercando herramientas innovadoras a territorios donde las necesidades son urgentes.
La posibilidad de realizar análisis rápidos, económicos y en el lugar de uso del agua no solo mejora la capacidad de control, sino que también fortalece la toma de decisiones en comunidades y sistemas productivos.
En un contexto donde el acceso al agua segura sigue siendo un desafío, este tipo de innovaciones ofrece una respuesta concreta y escalable. La articulación entre investigación científica, actores territoriales y sector productivo será clave para que esta tecnología pueda expandirse y generar impacto a nivel nacional, informo el medio Agritotal.