Las principales enfermedades que afectan al maíz argentino muestran cambios en su comportamiento y obligan a reforzar las estrategias de prevención de cara a la próxima campaña, según los ensayos realizados por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y CREA en distintas zonas productivas. Los resultados, presentados durante una jornada técnica en Marcos Juárez, Córdoba, identificaron nuevas dinámicas para la roya común, una expansión de la mancha blanca y el regreso del carbón de la panoja, una enfermedad capaz de provocar pérdidas de hasta 80% del rendimiento.
El diagnóstico fue expuesto por Enrique Alberione, fitopatólogo de la Estación Experimental Agropecuaria del INTA Marcos Juárez, durante una Jornada de Actualización Técnica de Cultivos de Gruesa organizada junto con la región Sur de Santa Fe de CREA. Los estudios en red permitieron analizar el comportamiento de diferentes patógenos y la respuesta de los híbridos frente a las enfermedades que pueden comprometer el potencial productivo del cereal,informo TN
Uno de los principales llamados de atención surgió a partir del comportamiento registrado por la roya común (Puccinia sorghi) durante la campaña 2025/26. La enfermedad es conocida por su sensibilidad a las temperaturas elevadas, pero los relevamientos realizados en los lotes mostraron un patrón que se apartó de lo esperado.
En los cultivos implantados de manera temprana, la presencia de roya fue relativamente baja. En cambio, los planteos de siembra tardía presentaron mayores niveles de incidencia y severidad. Para los especialistas, este comportamiento debe ser considerado en los próximos monitoreos porque podría indicar modificaciones en la dinámica epidemiológica del patógeno.
La diferencia según la fecha de implantación resulta relevante para la planificación sanitaria. Un esquema de seguimiento basado únicamente en los patrones históricos podría no detectar a tiempo el avance de la enfermedad si las condiciones ambientales y el comportamiento del patógeno continúan modificándose.
Otro de los focos de atención es la mancha blanca, una enfermedad que comenzó a ser reportada en la Argentina durante la campaña 2010/11, cuando fue identificada en Rafaela. Desde entonces, su presencia se amplió hacia distintas regiones productivas.

Pústulas de roya común (Puccinia sorghi): pústulas elongadas de color castaño rojizo alineadas en el haz y envés de la hoja. (Foto: INTA).
Los ensayos realizados por INTA y CREA encontraron una prevalencia del 100% en varios ambientes evaluados del sur de Santa Fe y Córdoba. La expansión de la enfermedad convierte a su monitoreo en una de las prioridades sanitarias para el próximo ciclo.
La mancha blanca presenta una particularidad: no se trata de la acción aislada de un único microorganismo. En el proceso interviene el complejo conformado por la bacteria Pantoea ananatis y hongos asociados, entre ellos Phaeosphaeria maydis.
La infección comienza con lesiones provocadas por la bacteria y, posteriormente, esas lesiones pueden ser colonizadas por los hongos. El resultado es un deterioro progresivo del tejido foliar que reduce el área fotosintéticamente activa de la planta y puede afectar la formación y el llenado de los granos.
La dimensión de las pérdidas observadas en otros países sirve como referencia para medir el riesgo. En China, la enfermedad puede provocar reducciones de rendimiento de hasta 50%, mientras que en Brasil se registraron pérdidas que llegaron al 80%.
Síntomas de mancha blanca en follaje: lesiones foliares provocadas por el complejo bacteriano-fúngico (Pantoea ananatis y hongos asociados) que causan un secado prematuro de las hojas. (Foto: INTA).
En los estudios realizados en Argentina, el impacto también se vinculó con la severidad de la enfermedad. Por cada punto porcentual de incremento en la severidad, la pérdida directa estimada alcanza aproximadamente 0,23% del rendimiento.
Las condiciones climáticas previstas para el próximo ciclo agregan otro factor de incertidumbre. Un escenario asociado con la presencia de El Niño, caracterizado por mayores precipitaciones y temperaturas moderadas, podría generar condiciones favorables para una aparición más temprana de la mancha blanca.
Ese comportamiento tendría consecuencias especialmente importantes en los cultivos de siembra temprana, que podrían quedar expuestos a la enfermedad en una etapa diferente de la observada durante campañas anteriores.
Dentro del conjunto de enfermedades analizadas también volvió a cobrar importancia el carbón de la panoja, causado por Sporisorium reilianum. Los especialistas distinguen esta enfermedad del carbón común, provocado por Ustilago maydis, debido a las diferencias en su mecanismo de infección y en su potencial de daño.
El carbón común suele generar agallas localizadas en diferentes partes de la planta y aprovecha heridas o puntos de ingreso para establecerse. El carbón de la panoja, en cambio, tiene un comportamiento sistémico.
El patógeno ingresa a la planta desde la raíz durante las primeras etapas de desarrollo y puede colonizarla en forma completa. Cuando alcanza los órganos reproductivos, afecta la formación normal de las espigas y las reemplaza por masas de estructuras carbonosas.
Sintomatología de carbón en maíz: desde agallas sobre espiga y tallo en estado de agalla activa hasta la rotura de tejidos con liberación de masas carbonosas de teliosporas. (Foto: INTA).
El resultado puede ser una reducción considerable de la producción. En los casos más severos analizados por los especialistas, el carbón de la panoja puede provocar pérdidas de hasta 80%.
La reaparición de este patógeno refuerza la necesidad de identificar materiales con buen comportamiento sanitario antes de definir la estrategia de siembra. En este punto, la genética aparece como una de las principales herramientas disponibles para reducir el riesgo.
Los ensayos desarrollados por INTA y CREA mostraron diferencias importantes entre los materiales evaluados. En localidades como Teodelina, Las Rosas y Benjamín Gould, cerca de la mitad de los híbridos analizados presentó un comportamiento genético considerado aceptable frente a la roya y el carbón de la panoja.
Dentro de ese conjunto hubo materiales con niveles de incidencia mínimos, lo que demuestra que la elección del híbrido puede modificar de manera sustancial la exposición del cultivo a determinadas enfermedades.
La información resulta especialmente importante porque no todos los patógenos responden de la misma manera a las herramientas de control. La resistencia genética puede reducir la incidencia o la severidad de ciertas enfermedades, pero no elimina la necesidad de monitorear los lotes durante el ciclo productivo.
Por ese motivo, los especialistas plantean un esquema de manejo integrado en lugar de depender de una única herramienta.
La estrategia incluye la elección de híbridos con buen comportamiento sanitario, la rotación de cultivos, el ajuste de la densidad de plantas y una nutrición equilibrada. También contempla el uso de fungicidas cuando los niveles de enfermedad alcanzan los umbrales que justifican una intervención.
En el caso particular de la mancha blanca, existe una dificultad adicional: los fungicidas no actúan sobre la bacteria que inicia el proceso infeccioso. Por eso, una estrategia basada exclusivamente en productos químicos resulta insuficiente para controlar el complejo.
La prevención debe comenzar antes de la aparición de los primeros síntomas. La selección del material, la planificación de la fecha de siembra y el manejo del ambiente forman parte de una estrategia que busca reducir las condiciones favorables para el desarrollo de los patógenos.
El monitoreo adquiere así un papel central. La identificación temprana de síntomas permite determinar la evolución de la enfermedad y definir si corresponde realizar un tratamiento. Las aplicaciones deben responder a los niveles de severidad y al riesgo de pérdidas, en lugar de realizarse de manera automática.
El escenario sanitario que describen los ensayos muestra que el comportamiento de las enfermedades del maíz no permanece estático. La relación entre fecha de siembra, ambiente, genética y patógeno puede modificar la intensidad con la que una enfermedad aparece en una región determinada.
El caso de la roya común es una señal concreta. Su mayor incidencia en siembras tardías durante la campaña 2025/26 se apartó del comportamiento que los productores suelen asociar con temperaturas elevadas y obliga a prestar atención a los nuevos patrones.
La expansión de la mancha blanca representa otro desafío. Una enfermedad identificada en la Argentina hace poco más de una década pasó a mostrar una presencia extendida en diferentes ambientes productivos. Si las condiciones climáticas del próximo ciclo favorecen su desarrollo temprano, el impacto podría aumentar.
El carbón de la panoja completa un escenario que requiere especial atención por su carácter sistémico y por su capacidad de generar pérdidas muy elevadas en los lotes afectados.
Frente a esta combinación de riesgos, la principal recomendación técnica es anticipar el manejo. La elección de híbridos resistentes o tolerantes, el seguimiento de los cultivos y la integración de distintas prácticas agronómicas permiten reducir la exposición antes de que las enfermedades alcancen niveles capaces de comprometer el rendimiento.
Para el productor, el desafío será adaptar las decisiones sanitarias a un escenario que puede cambiar según el ambiente y la fecha de siembra. Los resultados de INTA y CREA muestran que las referencias históricas siguen siendo útiles, pero ya no alcanzan por sí solas para explicar el comportamiento de todos los patógenos.
La próxima campaña, por lo tanto, comenzará mucho antes de la implantación del cultivo. La definición del híbrido, la planificación agronómica y el monitoreo desde las primeras etapas serán determinantes para sostener el potencial productivo del maíz argentino frente a un mapa de enfermedades cada vez más dinámico.