Maíz, sorgo, soja y maní: qué mostró el INTA sobre los rindes frente al clima

Un estudio del INTA comparó cuatro cultivos en ambientes con distinta disponibilidad de agua y encontró respuestas productivas muy diferentes

Maíz, sorgo, soja y maní: qué mostró el INTA sobre los rindes frente al clima
martes 15 de septiembre de 2026 - 11:36

La variabilidad climática y las diferencias de suelo pueden modificar de manera significativa el rendimiento de los cultivos de verano, según un estudio realizado por investigadores del INTA San Luis en tres regiones del centro de la Argentina. El trabajo, que comparó maíz, sorgo, soja y maní durante dos campañas agrícolas y bajo distintas fechas de siembra, determinó que el rendimiento disminuye a medida que aumenta la aridez y se reduce la disponibilidad de agua. Entre los cuatro cultivos, el sorgo fue el que mostró mayor estabilidad productiva, mientras que el maní presentó la mayor sensibilidad frente a cambios ambientales.

La investigación busca aportar herramientas para mejorar la planificación agrícola en sistemas de secano, donde la disponibilidad de agua depende principalmente de las precipitaciones y puede variar de manera considerable entre campañas y regiones.

El análisis fue realizado durante las campañas 2016/17 y 2017/18, seleccionadas por presentar condiciones climáticas contrastantes. Los investigadores también incorporaron dos fechas de siembra —temprana y tardía— y evaluaron el comportamiento de los cultivos en tres ambientes: húmedo, subhúmedo y semiárido.

El objetivo fue determinar de qué manera las diferencias en la oferta hídrica y radiativa condicionan la formación del rendimiento y qué características de cada especie explican su respuesta frente al estrés ambiental.

Maximiliano Riglos, investigador del Grupo de Producción Agrícola del INTA San Luis, explicó que el estudio permitió analizar distintos componentes de la producción, entre ellos rendimiento, biomasa aérea, índice de cosecha, número de granos y peso individual, y relacionarlos con las condiciones ambientales.

“Para cubrir un amplio gradiente ambiental, se analizaron dos campañas contrastantes: 2016/2017 y 2017/18, dos fechas de siembra: tempranas y tardías, y 3 regiones: húmeda, sub-húmeda y semiárida”, detalló Riglos en el informe difundido por el INTA.

El agua, un factor determinante

Uno de los principales resultados del trabajo fue la relación entre la disponibilidad de agua y el rendimiento final.

A medida que aumentó la aridez y disminuyó la oferta hídrica, los cuatro cultivos registraron una caída en la producción de granos. Sin embargo, la magnitud de esa respuesta no fue igual en todas las especies.

El estudio identificó que, en la mayoría de los cultivos analizados, la biomasa aérea fue el componente que explicó en mayor medida las diferencias de rendimiento entre ambientes.

La biomasa representa la cantidad de materia seca acumulada por la planta durante su crecimiento y constituye una base fundamental para la posterior formación de los granos. Cuando las condiciones ambientales limitan el crecimiento y la acumulación de biomasa, también puede verse afectado el rendimiento potencial.

Esto permite comprender por qué una misma especie puede alcanzar resultados muy diferentes cuando se la cultiva en ambientes con distinta oferta de agua.

La disponibilidad hídrica, además, no actúa de manera aislada. La respuesta de cada cultivo está vinculada con su capacidad para atravesar períodos de estrés, con la duración de su ciclo y con el momento en que se produce la restricción ambiental.

Por ese motivo, los investigadores plantean que las decisiones de manejo no deberían basarse exclusivamente en el promedio histórico de precipitaciones de una región, sino también en las características particulares del lote y en la respuesta de cada cultivo.

Sorgo, el cultivo más estable

Entre las cuatro especies estudiadas, el sorgo se destacó por presentar la mayor estabilidad de rendimiento cuando las condiciones ambientales fueron contrastantes.

Su comportamiento está relacionado con una mayor adaptación a escenarios caracterizados por alta demanda evaporativa y baja disponibilidad de agua.

Esta característica puede convertirlo en una alternativa relevante para ambientes donde el riesgo de déficit hídrico constituye una de las principales limitantes para la producción.

Sin embargo, mayor estabilidad no significa necesariamente mayor rendimiento absoluto.

El estudio encontró que, en términos generales, la productividad del sorgo se ubicó por debajo de la obtenida por el maíz, utilizado como cultivo de comparación.

La diferencia plantea una cuestión central para la toma de decisiones: elegir un cultivo no implica únicamente buscar el mayor rendimiento potencial, sino también evaluar la probabilidad de alcanzar un resultado determinado bajo las condiciones ambientales de cada zona.

En ambientes con buena disponibilidad de agua, el maíz puede ofrecer un potencial productivo superior. En zonas donde la oferta hídrica es más limitada o variable, la mayor estabilidad del sorgo puede adquirir mayor valor desde el punto de vista de la gestión del riesgo.

La elección entre ambas alternativas dependerá, por lo tanto, de la relación entre potencial de rendimiento y estabilidad que cada productor necesite para su sistema.

El maní, el más sensible a los cambios ambientales

El comportamiento del maní fue diferente al observado en el sorgo.

De acuerdo con los resultados de la investigación, esta especie presentó la mayor sensibilidad ambiental de las cuatro evaluadas.

Las pérdidas de rendimiento aparecieron tanto frente a condiciones de aridez extrema durante el período crítico del cultivo como ante situaciones de exceso de agua o bajas temperaturas durante el llenado de los granos.

El resultado muestra que la disponibilidad hídrica debe analizarse no solo en términos de cantidad, sino también en función del momento en que el agua está disponible.

Un déficit durante una etapa clave puede tener consecuencias importantes sobre el rendimiento. Pero una oferta excesiva en otro momento del ciclo tampoco garantiza mejores resultados.

Esta respuesta más sensible vuelve particularmente importante el manejo de la fecha de siembra y la elección del ambiente para el cultivo.

La planificación debe considerar la probabilidad de que las etapas críticas coincidan con condiciones climáticas desfavorables y, en consecuencia, buscar una mayor coincidencia entre las necesidades del cultivo y la oferta ambiental.

Fecha de siembra y elección del cultivo

Uno de los aportes del estudio está relacionado con la posibilidad de utilizar la fecha de siembra como herramienta para administrar el riesgo climático.

Al analizar siembras tempranas y tardías en diferentes regiones, los investigadores pudieron observar que modificar el momento de implantación cambia las condiciones ambientales que enfrentará el cultivo durante las etapas más sensibles de su ciclo.

La fecha de siembra puede utilizarse, por lo tanto, para intentar ubicar el período crítico en una época con una oferta hídrica más favorable o con una menor demanda atmosférica.

Esta estrategia adquiere especial importancia en sistemas de secano, donde el productor no dispone de riego para compensar un déficit de precipitaciones.

La decisión sobre cuándo sembrar se convierte así en una herramienta para reducir la variabilidad de los rendimientos.

Pero el momento óptimo no es necesariamente igual para todas las especies. Cada cultivo tiene diferentes requerimientos de temperatura, agua y radiación, además de distintas capacidades para atravesar períodos de estrés.

Por eso, los resultados del trabajo apuntan a una planificación que combine especie, ambiente y fecha de siembra, en lugar de aplicar una única estrategia a toda la superficie.

Una agricultura más ajustada al ambiente

Las conclusiones de la investigación refuerzan un concepto que adquiere cada vez mayor importancia en los sistemas agrícolas: la necesidad de adaptar el manejo a la variabilidad ambiental.

En una región productiva pueden coexistir ambientes húmedos, subhúmedos y semiáridos, con diferencias significativas en la capacidad de los suelos para almacenar agua y en la probabilidad de atravesar períodos de déficit.

En esas condiciones, la elección del cultivo puede convertirse en una herramienta de gestión del riesgo.

“Las especies emplean estrategias distintas para generar rendimiento bajo estrés. Por lo tanto, ante estas diferencias, resulta indispensable diseñar prácticas agronómicas específicas y ajustar la oferta de recursos local a la demanda de cada especie en cada región, para así reducir los riesgos productivos”, puntualizó Riglos en el material del INTA.

El planteo supone pasar de una lógica centrada exclusivamente en maximizar el rendimiento potencial a otra que también contemple la estabilidad productiva.

Un cultivo de mayor potencial puede ser conveniente en un ambiente capaz de sostenerlo, mientras que una especie más estable puede ofrecer ventajas cuando la disponibilidad de agua es incierta.

La información generada por este tipo de estudios puede utilizarse para mejorar la planificación de las campañas y definir estrategias diferenciadas dentro de una misma región.

El desafío de producir en escenarios variables

La creciente variabilidad del clima obliga a incorporar nuevas herramientas para evaluar el riesgo antes de definir qué sembrar y cuándo hacerlo.

Los resultados obtenidos por el INTA muestran que no existe una respuesta única frente al estrés hídrico. Maíz, sorgo, soja y maní presentan comportamientos diferentes y, por lo tanto, requieren decisiones de manejo específicas.

El sorgo aparece como la alternativa de mayor estabilidad entre los ambientes evaluados, aunque con un rendimiento generalmente inferior al maíz. El maní, en cambio, mostró una mayor sensibilidad frente tanto a la falta como al exceso de agua y a las bajas temperaturas en determinados momentos del ciclo.

La soja y el maíz también respondieron a las diferencias ambientales, en un escenario donde la disponibilidad hídrica fue uno de los principales factores asociados con la variación de los rindes.

La principal conclusión para los sistemas de secano es que la elección del cultivo y la fecha de siembra deben formar parte de una misma estrategia de manejo del riesgo.

En un contexto de mayor incertidumbre climática, conocer cómo responde cada especie ante diferentes condiciones permite tomar decisiones más ajustadas al potencial real de cada ambiente.

El desafío ya no consiste solamente en buscar el máximo rendimiento posible, sino en encontrar la combinación que permita producir de manera rentable y estable frente a campañas cada vez más variables. La investigación del INTA aporta información para avanzar en esa dirección y muestra que, en agricultura, la mejor decisión puede ser diferente para cada suelo, cada región y cada escenario climático.

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