Los cultivos de cobertura en soja pueden reducir la presencia de malezas resistentes y mejorar el rendimiento cuando se combinan con una estrategia de manejo adecuada. Ensayos del INTA Marcos Juárez, difundidos por TodoAgro el 19 de octubre de 2026, evaluaron distintas especies y mezclas vegetales, junto con tratamientos herbicidas, para controlar yuyo colorado y rama negra.
Los resultados de la campaña 2024/25 mostraron que todos los cultivos de cobertura evaluados superaron los 5.000 kilos de materia seca por hectárea. Algunos se acercaron o superaron los 10.000 kg MS/ha, mientras que la avena alcanzó un máximo de 12.200 kg MS/ha.
La investigación también identificó diferencias importantes entre especies y tratamientos. En un ensayo con centeno, la biomasa de yuyo colorado se redujo de 1.140 a 50 kg MS/ha cuando se incorporaron herbicidas preemergentes, una disminución cercana al 96%.
El trabajo fue realizado por profesionales de la Estación Experimental Agropecuaria INTA Marcos Juárez, con la participación de Tomás Baigorria, investigador de esa institución. La conclusión central es que las coberturas pueden mejorar el control de malezas, pero su eficacia depende de la biomasa producida, la especie utilizada, el agua disponible y la combinación con otras herramientas de manejo.
Los cultivos de cobertura ocupan el suelo durante períodos en los que no se implanta el cultivo comercial. Su biomasa genera una barrera física que dificulta la emergencia de malezas y limita su crecimiento.
El equipo del INTA evaluó la interacción entre especies vegetales, rolado y aplicación de herbicidas preemergentes. El objetivo fue determinar qué combinaciones ofrecen mejores resultados frente a malezas problemáticas en soja.
Baigorria explicó el alcance de esta estrategia con una definición que resume el enfoque del ensayo:
“Los cultivos de cobertura son una herramienta más dentro de un sistema. No buscamos controlar el 100% de las malezas, sino reducir su densidad, retrasar su emergencia y disminuir su crecimiento”.
La cobertura no sustituye por completo al control químico. Su aporte consiste en disminuir la presión de malezas y complementar las intervenciones necesarias para proteger el cultivo comercial.
La investigación incluyó distintas alternativas para identificar diferencias en producción de biomasa y capacidad de supresión de malezas.
Entre los tratamientos se analizaron:
Cuatro mezclas de vicia villosa con centeno.
Dos materiales de avena.
Dos materiales de triticale.
Dos materiales de cebada.
Un material de centeno.
Un tratamiento de barbecho sin cultivo de cobertura.
En las mezclas de vicia y centeno se mantuvo constante la densidad de siembra de la vicia y se modificó la del centeno. El propósito fue determinar qué proporción de la gramínea permite aprovechar su aporte sin limitar excesivamente el desarrollo de la leguminosa.
Además de medir la biomasa, los investigadores evaluaron el momento adecuado para el rolado de cada alternativa. Después dividieron las parcelas para comparar el efecto de la cobertura sola con el resultado de combinarla con herbicidas.
En la mitad de cada parcela se aplicaron glifosato y herbicidas preemergentes para soja, con una combinación de flumioxazin y pyroxasulfone. La otra mitad quedó sin preemergentes, lo que permitió estimar el aporte adicional del tratamiento químico.
El barbecho funcionó como referencia. Una parte quedó sin herbicidas y otra recibió el control necesario para mantener la soja libre de malezas y medir su potencial de rendimiento sin competencia.
La cantidad de biomasa producida por las coberturas fue uno de los factores más relevantes para explicar la supresión de malezas.
Todos los tratamientos evaluados superaron los 5.000 kg MS/ha y varios se acercaron o superaron los 10.000 kg MS/ha. La avena registró el máximo, con 12.200 kg MS/ha.
En el barbecho sin control, la presión de malezas fue elevada. Los investigadores registraron 6.760 kg MS/ha de Amaranthus y 4.130 kg MS/ha de Conyza, equivalentes a ocho y 27 plantas por metro cuadrado, respectivamente.
La competencia fue tan intensa que el rendimiento de soja cayó a apenas 30 kg/ha.
En el tratamiento de referencia, donde las malezas fueron eliminadas para que la soja expresara su potencial, fue necesaria una intervención adicional porque el control previo a la siembra no había sido suficiente para rama negra. Las plantas que escaparon se retiraron manualmente.
Los resultados confirmaron que las coberturas redujeron la biomasa de malezas, aunque con diferencias entre especies. La incorporación de herbicidas preemergentes reforzó ese efecto.
El centeno mostró una respuesta destacada cuando se combinó con el tratamiento químico. La biomasa de Amaranthus pasó de 1.140 a 50 kg MS/ha, una reducción cercana al 96%.
La avena también mostró una elevada capacidad de supresión. Incluso sin la aplicación de herbicidas preemergentes, la biomasa de malezas se redujo a 79 kg MS/ha.
Estos resultados no significan que una especie sea siempre superior a las demás. La respuesta depende de la biomasa alcanzada, la composición de la cobertura, las malezas presentes y las condiciones particulares del lote.
El investigador destacó que las coberturas deben integrarse con otras prácticas agronómicas para lograr un control más consistente.
“Los resultados muestran que los cultivos de cobertura no sustituyen a los herbicidas, sino que se complementan con ellos y permiten mejorar el control de malezas”, remarcó.
El efecto sobre las malezas también se reflejó en el rendimiento del cultivo comercial.
Con herbicidas preemergentes, la soja sembrada sobre centeno superó los 5.000 kg/ha, el mayor valor entre las coberturas evaluadas. La avena quedó cerca de ese nivel, mientras que varios tratamientos superaron los 4.000 kg/ha.
Los resultados presentados por el INTA ubican entre 5 y 5,5 toneladas de materia seca por hectárea un nivel a partir del cual comienza a observarse un control de malezas de interés.
Por debajo de ese umbral, la cobertura puede resultar insuficiente y, en determinadas situaciones, incluso desfavorable. Por eso, la selección de la especie y el momento de terminación deben responder al objetivo agronómico de cada planteo.
Una producción de biomasa más elevada no siempre representa la mejor alternativa. Una cobertura excesiva puede consumir más agua y dificultar la implantación del cultivo posterior.
Los ensayos de largo plazo permiten observar el efecto de estas prácticas más allá de una campaña individual.
En una rotación de soja y maíz evaluada durante seis años en Marcos Juárez, el uso acumulado de principios activos de herbicidas pasó de 31 kg/ha sin cultivos de cobertura a 13 kg/ha con su incorporación.
La diferencia representa una reducción del 56% en la cantidad acumulada de principios activos utilizada en el sistema evaluado.
El resultado muestra que las coberturas pueden contribuir a reducir la dependencia de herbicidas, aunque no eliminan la necesidad de controlar las malezas.
Además, la producción de biomasa aporta beneficios adicionales, entre ellos:
Mayor protección de la superficie del suelo.
Menor riesgo de erosión.
Aporte de carbono.
Desarrollo de raíces.
Posible reducción del banco de semillas de malezas a largo plazo.
Estos beneficios dependen del sistema productivo, de la especie utilizada y del manejo realizado.
La planificación de los cultivos de cobertura requiere equilibrar el objetivo de producir biomasa con la necesidad de conservar agua para la soja.
En los ensayos, los investigadores observaron diferencias de entre 40 y 60 milímetros de agua respecto del barbecho al momento del secado. Las lluvias posteriores permitieron recuperar buena parte de esa brecha antes de la implantación del cultivo estival.
Por eso, la fecha de terminación debe definirse según la biomasa alcanzada, el agua disponible en el perfil y las probabilidades de recarga antes de la siembra.
No existe una receta única para todos los ambientes. La elección depende de las condiciones del lote, las malezas presentes, el cultivo siguiente y los objetivos de producción.
El trabajo del INTA Marcos Juárez aporta evidencia para integrar las coberturas a los programas de manejo de malezas en soja, con una estrategia que combine competencia vegetal, control químico y seguimiento del agua disponible.