Daniel Quintero llegó desde Buenos Aires al Valle Inferior de Río Negro en 1987, sin experiencia en el campo y con la decisión de comenzar una nueva vida. Casi cuatro décadas después, a los 67 años, se convirtió en uno de los productores pioneros de avellanas de la región, con 13 hectáreas cultivadas y un pequeño rodeo bovino que le permitió diversificar su actividad y atravesar una campaña marcada por las heladas y los problemas de polinización, según informó Diario Río Negro.
Quintero compró una chacra de 38 hectáreas cerca de Viedma y comenzó a aprender sobre producción agropecuaria de manera autodidacta. “No tenía prácticamente ningún conocimiento agropecuario, compré manuales de campo, libros del agricultor autosuficiente y todo lo que encontraba para aprender. La chacra fue mi escuela”, recordó.

Su primera actividad productiva fue la ganadería. Durante varios años compró animales jóvenes, los engordó sobre pasturas bajo riego y los comercializó. Esa actividad le permitió generar ingresos y, al mismo tiempo, reunir el capital necesario para avanzar hacia el proyecto que tenía desde el comienzo: los frutos secos.
“La idea inicial siempre fueron las avellanas, pero no tenía el dinero para empezar. Entonces hice invernada y así pude ir armando el proyecto de a poco”, contó.
El cambio llegó en 1995, cuando el INTA comenzó a impulsar con mayor fuerza el desarrollo de frutos secos en el Valle Inferior. Quintero decidió probar con media hectárea de avellanos y fue ampliando progresivamente la superficie hasta alcanzar las 13 hectáreas actuales.
El desafío era importante porque se trataba de un cultivo todavía poco desarrollado en la zona. “En esa época éramos muy pocos los que producíamos avellanas y se sabía muy poco del cultivo. Todo lo que hoy conocemos sobre polinizaciones, variedades o manejo prácticamente no existía, aprendimos haciendo”, explicó.
Con el paso de los años incorporó distintas variedades, entre ellas Tonda Gentile Romana, Giffoni y Barcelona. La consolidación del mercado también tuvo un papel relevante para el crecimiento de la actividad.

“Tener un comprador permanente para la producción cambió completamente el panorama. Eso dio mucha tranquilidad a quienes apostábamos por este cultivo”, señaló en referencia a la llegada de Ferrero Rocher a la región.
La producción de avellanas enfrenta, sin embargo, una fuerte dependencia de las condiciones climáticas. La última campaña fue especialmente complicada para Quintero por problemas de polinización y dos heladas intensas, ocurridas en septiembre y octubre.
El productor explicó que normalmente obtiene entre 1.500 y 1.800 kilos de avellanas por hectárea, pero esta vez el rendimiento cayó a entre 200 y 300 kilos. En contraste, la campaña anterior había alcanzado cerca de 2.000 kilos por hectárea.
El contexto internacional fue particular. Turquía, principal productor mundial de avellanas, sufrió una caída de alrededor del 35% en su cosecha por las altas temperaturas y las heladas. Esa menor oferta llevó los precios internacionales desde valores habituales cercanos a US$ 3,30 hasta US$ 6,20 por kilo, según explicó Quintero.
Pero el productor sabe que un precio internacional elevado no alcanza para garantizar una buena campaña. Por eso, mantiene la ganadería como una segunda actividad.
Actualmente conserva unas 20 vacas de cría y un toro, todos manejados bajo riego. Trabaja principalmente con Aberdeen Angus Colorado y utiliza pasturas con alfalfa para alimentar al rodeo.
“Con la campaña de avellanas que tuvimos, ese pequeño rodeo terminó cubriendo buena parte de los costos de la chacra. Ahí uno entiende el valor que tiene diversificar”, sostuvo.

La experiencia acumulada también llevó a Quintero a ocupar otros espacios vinculados con la producción. Durante años condujo un programa de televisión agropecuario emitido por Canal Rural y posteriormente estuvo al frente del Instituto de Desarrollo del Valle Inferior (Idevi).
Desde esa perspectiva, considera que el Valle de Viedma todavía tiene margen para crecer. Destaca la disponibilidad de agua, la calidad de las tierras y las condiciones climáticas como ventajas para desarrollar diferentes producciones.
El desafío, según su mirada, pasa por facilitar el acceso a financiamiento, maquinaria y tecnología que permitan reducir los riesgos climáticos, especialmente frente a las heladas tardías.
“Tenemos buena tierra, excelente agua y un enorme potencial. Si logramos seguir incorporando inversiones y herramientas para reducir los riesgos climáticos, el Valle Inferior va a seguir creciendo. Estoy convencido de que lo mejor todavía está por venir”, afirmó.
La historia de Quintero muestra cómo la diversificación productiva puede convertirse en una herramienta para sostener una explotación agrícola frente a campañas adversas. Lo que comenzó con una chacra comprada al llegar desde Buenos Aires terminó transformándose en un proyecto de largo plazo basado en avellanas, ganadería y aprendizaje permanente.