Enrique Rohde pasó décadas trabajando con algoritmos, tecnología y multinacionales hasta que, cerca de su jubilación, decidió cambiar de rumbo y apostar por una actividad ligada a su historia familiar: el vino. Junto con su esposa, Lucy Ramos, creó Familia Aicardi en San Patricio del Chañar, Neuquén, una bodega que actualmente produce entre 40.000 y 45.000 botellas al año, exporta la mitad de su producción y proyecta llegar a 80.000 en los próximos cuatro años, según informó LA NACION.
El proyecto comenzó hace 14 años, cuando la pareja compró 17 hectáreas de viñedos en plena estepa patagónica. Actualmente, la finca produce unos 130.000 kilos de uva por año: aproximadamente la mitad se utiliza para elaborar sus propios vinos y el resto se comercializa a otras bodegas de la zona.
La decisión de Rohde tuvo un componente familiar. Su abuelo materno, Nicolás Aicardi, había llegado desde Génova con la intención de continuar con el oficio vitivinícola. Aunque aquel proyecto no prosperó, la relación con el vino permaneció en la familia.

“Conocer de vinos, en la posición que tenía, servía. Aprendí mucho”, contó Rohde a LA NACION.
Antes de dedicarse al sector vitivinícola, Rohde se había formado como computador científico en la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde se recibió en 1974. Después desarrolló una extensa carrera profesional vinculada con la tecnología y las empresas multinacionales, experiencia que lo llevó a vivir y trabajar en distintos países.
La idea de producir vino en Neuquén apareció cuando empezó a pensar qué hacer con sus ahorros antes de retirarse. Su vínculo previo con el vino y su conocimiento de la Patagonia terminaron de definir la decisión.
“Me gustaba la estepa, había viajado mucho al sur en carpa, y cuando aparece la oportunidad con Neuquén haciendo vinos, me decido”, relató.
El desafío fue aprender un oficio diferente. Rohde conocía el mundo del vino, pero no tenía experiencia trabajando directamente en un viñedo.

“Sabía de vinos, no de viñedos. Tuve que aprender el lenguaje de la naturaleza”, explicó.
La ubicación de San Patricio del Chañar se convirtió en uno de los principales atributos del emprendimiento. La estepa patagónica presenta baja humedad, amplitudes térmicas y fuertes vientos, con alrededor de 300 días de viento al año.
Estas condiciones ayudan a reducir la incidencia de enfermedades y favorecen el desarrollo de uvas con piel más gruesa, concentración, aromas y estructura. Pero también exigen precisión en el manejo del cultivo.
Por eso, la tecnología volvió a ocupar un lugar central en la vida profesional de Rohde, aunque esta vez aplicada al campo. El viñedo cuenta con sensores de humedad, una estación meteorológica y sistemas de riego por goteo que permiten ajustar el suministro de agua.
“Hemos invertido mucho en tecnología, tanto para el viñedo como para la bodega”, señaló.
“La tecnología ayuda a interpretar mejor el lenguaje de la naturaleza”, agregó.
La capacidad productiva de las 17 hectáreas permitiría alcanzar una elaboración equivalente a unas 100.000 botellas, aunque la estrategia de Familia Aicardi es avanzar de manera gradual. La bodega comenzó con apenas 3.000 botellas y actualmente se encuentra en torno a las 45.000.
“Empezamos haciendo 3000 botellas, ahora estamos en 45.000 y en unos cuatro años llegaremos a unas 80.000”, proyectó Rohde.

La expansión también se apoya en los mercados externos. Desde el inicio, la empresa decidió destinar la mitad de su producción a la exportación. Sus vinos llegan a Brasil, Perú y Estados Unidos, y recientemente comenzaron a ingresar en mercados europeos.
“Resolvimos que la mitad de la producción se vendería afuera. Es la manera de surfear el mercado argentino”, explicó.
La bodega combina vinos de perfil clásico con nuevos productos que incorpora aproximadamente cada un año y medio. El objetivo es ampliar la oferta, abrir mercados y generar nuevas oportunidades comerciales. Además, cuenta con certificación kosher, que le permite atender un segmento específico de consumidores.
Ahora, el proyecto familiar mira hacia la próxima generación. Rohde y Ramos tienen seis hijos y dos de ellos muestran interés en continuar con la actividad.

“Las bodegas son exitosas cuando tienen generaciones atrás”, afirmó Rohde. Y resumió su visión sobre el emprendimiento: “La esencia del negocio es entregar experiencia. Yo viví coleccionando experiencias y ahora las entrego”.