El desafío de la agricultura argentina: cómo producir durante 30 años sin agotar el suelo

Especialistas plantean una agricultura con más diversidad, raíces activas y mejor uso del agua para sostener la productividad.

El desafío de la agricultura argentina: cómo producir durante 30 años sin agotar el suelo
miércoles 09 de septiembre de 2026 - 12:20

La agricultura argentina enfrenta un desafío que excede una campaña agrícola: sostener la capacidad productiva de los suelos durante las próximas décadas. El planteo fue uno de los ejes de una jornada técnica realizada en el marco del Día de la Agricultura, donde el especialista estadounidense Dwayne Beck, profesor emérito de la Universidad Estatal de Dakota del Sur, analizó junto con Nicolás Bronzovich, presidente del INTA, la evolución de la siembra directa y las herramientas necesarias para avanzar hacia sistemas productivos más eficientes, resilientes y sustentables. La discusión resulta relevante para un país cuya producción agropecuaria depende en gran medida de la capacidad de sus suelos para aprovechar el agua, los nutrientes y la actividad biológica.

A tres décadas de la consolidación de la siembra directa, la discusión comienza a desplazarse hacia una pregunta más amplia: qué tipo de agricultura necesita el país para las próximas generaciones.

El sistema que durante años permitió reducir la remoción del suelo y favorecer la conservación de su estructura significó un cambio relevante para la agricultura. Sin embargo, la mirada planteada por Beck propone ir un paso más allá y dejar de pensar únicamente en prácticas o tecnologías individuales para concentrarse en el funcionamiento del sistema productivo completo.

Según el enfoque expuesto durante la jornada, la clave está en comprender cómo interactúan agua, energía, nutrientes y biología dentro del suelo y cómo las decisiones productivas pueden favorecer esos procesos.

De una tecnología a un sistema

La siembra directa permitió eliminar la labranza permanente y reducir la alteración física del suelo. Para Beck, sin embargo, esa transformación no debería ser considerada el punto final de la evolución agrícola.

El especialista sostiene que la próxima etapa requiere diseñar sistemas capaces de reproducir, en parte, las funciones que cumplían los ecosistemas naturales antes de su transformación con fines productivos. En ese esquema, la diversidad de cultivos y la permanencia de raíces activas adquieren un papel central.

La referencia utilizada por Beck es especialmente cercana para la Argentina. Las praderas de Dakota del Sur y la región pampeana presentan similitudes: ambas fueron originalmente grandes pastizales, tienen condiciones climáticas continentales y cuentan con suelos que históricamente permitieron alcanzar altos niveles de productividad.

En esos ecosistemas originales, las plantas desarrollaban sistemas de raíces profundos y diversos que les permitían capturar agua y nutrientes y sostener una intensa actividad biológica. La agricultura, en cambio, redujo esa diversidad al concentrarse en una cantidad limitada de cultivos y en períodos específicos del año.

La propuesta, por lo tanto, apunta a recuperar parte de esa diversidad y extender el tiempo durante el cual el suelo permanece cubierto y con actividad radicular.

El agua, los nutrientes y la biología

Una de las principales cuestiones que atraviesa el planteo es el manejo del agua. Un suelo cubierto y con raíces durante una mayor parte del año puede favorecer la infiltración de las precipitaciones y aumentar la cantidad de agua disponible para los cultivos cuando la demanda aumenta.

La estrategia también busca reducir las pérdidas asociadas al escurrimiento y la evaporación. A esto se suma el papel de la materia orgánica, que contribuye a mejorar la capacidad del suelo para retener agua.

El segundo proceso señalado por Beck es el aprovechamiento de la energía solar. Las plantas capturan esa energía mediante la fotosíntesis y la transforman en materia orgánica, que queda incorporada al sistema productivo.

El tercer componente es el balance de nutrientes. Cada cosecha extrae minerales del suelo y, si esa extracción no se compensa mediante distintas estrategias, puede producirse una pérdida progresiva de nutrientes y una reducción de la productividad.

El cuarto elemento es la biología del suelo. La diversidad de organismos y procesos biológicos puede contribuir a generar sistemas más estables y con mayor capacidad de respuesta frente a diferentes condiciones.

La combinación de estos cuatro procesos plantea una concepción diferente de la agricultura: en lugar de intervenir sobre cada problema de manera aislada, el objetivo pasa por diseñar un sistema que disminuya las condiciones que generan esos problemas.

Más cultivos y menos períodos de suelo descubierto

Las experiencias realizadas durante décadas en Dakota Lakes Research Farm, el campo experimental asociado a Beck, son utilizadas como referencia para este modelo.

En esos ensayos se eliminó la labranza y se incorporaron rotaciones con una variedad de especies. Entre ellas aparecen trigo de primavera e invierno, maíz, sorgo, girasol, canola y legumbres, como arvejas, lentejas y garbanzos.

El objetivo de esa combinación no fue simplemente incrementar la cantidad de cultivos, sino recuperar algunas funciones propias de los ecosistemas naturales.

La diversificación permitió, de acuerdo con la experiencia presentada, aumentar la productividad, eliminar el barbecho y mejorar la infiltración del agua. También redujo la necesidad de utilizar riego por aspersión.

El principio detrás de esta estrategia consiste en mantener el suelo activo durante más tiempo. Las raíces cumplen funciones que exceden la absorción de agua y nutrientes: contribuyen a sostener procesos biológicos y a mantener diferentes componentes del sistema funcionando a lo largo del año.

En ese sentido, la rotación de cultivos deja de ser solamente una herramienta agronómica para pasar a formar parte del diseño general del establecimiento.

Malezas, plagas y enfermedades

La misma lógica puede aplicarse a problemas habituales de los lotes agrícolas, como las malezas, enfermedades y plagas.

Desde la perspectiva planteada por Beck, estos fenómenos no deberían analizarse únicamente como problemas independientes que requieren una intervención específica. También pueden estar relacionados con el nivel de diversidad y equilibrio del sistema.

La experiencia de Dakota Lakes es presentada como un caso de estudio. Allí, según lo expuesto durante la jornada, el campo experimental lleva más de dos décadas sin realizar aplicaciones de insecticidas de cobertura total. El manejo de las plagas se apoya en el equilibrio entre organismos, predadores y hongos presentes en el ecosistema.

La propuesta no implica eliminar las herramientas de manejo, sino modificar la forma de abordar los problemas. El objetivo es que el propio diseño del sistema contribuya a disminuir la presión que determinadas plagas pueden ejercer sobre los cultivos.

La diversidad aparece así como una herramienta de manejo y no solamente como un objetivo ambiental.

El problema de la compactación

Otro de los puntos analizados fue la compactación de los suelos y la respuesta habitual de recurrir a herramientas de labranza cuando aparecen problemas de infiltración.

Para Beck, esa intervención puede resolver el síntoma sin necesariamente modificar la causa.

La remoción mecánica altera la estructura del suelo y la estabilidad de sus poros. Además, cuando el terreno vuelve a ser transitado, puede producirse una nueva compactación.

La alternativa propuesta consiste en diseñar sistemas que reduzcan las condiciones que generan el problema, en lugar de depender de intervenciones posteriores para corregir sus consecuencias.

Esto vuelve a colocar al diseño del sistema productivo en el centro de la discusión. La pregunta deja de ser solamente qué herramienta utilizar frente a una dificultad concreta y pasa a ser cómo evitar que esa dificultad aparezca o alcance niveles que comprometan la productividad.

Una mirada que también alcanza a la ganadería

El planteo sobre la sustentabilidad del suelo también se extiende más allá de la agricultura estrictamente dedicada a los granos.

Beck advierte sobre el proceso de extracción de nutrientes que se produce cuando los productos agrícolas salen del establecimiento y plantea la necesidad de avanzar hacia una mayor integración con actividades como la ganadería y la producción láctea.

La lógica apunta a generar circuitos que permitan recuperar parte de los nutrientes que abandonan el sistema junto con las cosechas. De esta manera, la integración entre distintas actividades podría contribuir a fortalecer el funcionamiento de los establecimientos y reducir el desequilibrio generado por la extracción continua.

La cuestión adquiere especial importancia en regiones agrícolas donde la producción de granos constituye una de las principales actividades económicas. La productividad de corto plazo debe convivir con la necesidad de conservar las condiciones que permiten sostenerla.

El rol de la ciencia y los productores

La transformación de los sistemas productivos requiere, además, una articulación entre investigación, experimentación y experiencia productiva.

Las instituciones científicas y universidades aportan conocimientos sobre procesos que ocurren en el suelo, mejoramiento genético y tecnologías aplicables a los sistemas agrícolas. Los productores y los centros experimentales, a su vez, aportan información acumulada durante años de manejo y observación de los sistemas completos.

La continuidad de los ensayos resulta especialmente importante cuando se analizan procesos que no pueden evaluarse únicamente en una campaña. La respuesta del suelo frente a una rotación, el comportamiento de la materia orgánica, la infiltración del agua o los cambios en la actividad biológica requieren períodos prolongados de observación.

En ese contexto, la experiencia de Dakota Lakes funciona como referencia para pensar estrategias aplicables a otras regiones agrícolas. La comparación con la región pampeana argentina resulta particularmente relevante por las similitudes ambientales y productivas señaladas durante la jornada.

El desafío consiste entonces en trasladar el conocimiento científico y experimental a sistemas que también sean viables desde el punto de vista económico.

El suelo como patrimonio productivo

La discusión sobre la agricultura de las próximas décadas vuelve, finalmente, a un elemento básico: el suelo.

La expansión tecnológica permitió transformar la forma de producir y la siembra directa marcó un punto de inflexión al reducir la remoción. Pero la discusión planteada por Beck y Bronzovich propone considerar una etapa posterior, en la que la productividad no se mida solamente por el resultado de una campaña.

El objetivo pasa por construir sistemas capaces de sostener su funcionamiento durante períodos prolongados. Para ello, aparecen como herramientas centrales la diversificación de cultivos, la cobertura permanente, las raíces activas, el mejor aprovechamiento del agua, el equilibrio de nutrientes y el fortalecimiento de la biología del suelo.

La pregunta que queda planteada para la agricultura argentina no es solamente cuánto puede producir un lote en el próximo ciclo. También es qué condiciones tendrá ese mismo suelo dentro de 10, 20 o 30 años.

En ese horizonte, la experiencia acumulada en investigación y experimentación ofrece una conclusión central: sostener la productividad no depende únicamente de incorporar nuevas tecnologías, sino de comprender y administrar los procesos que mantienen vivo al sistema productivo.

El desafío para las próximas décadas será, por lo tanto, combinar productividad y conservación. En lugar de considerar a la naturaleza como un obstáculo que la agricultura debe controlar, el enfoque propone aprovechar sus propios mecanismos: mantener el suelo cubierto, ampliar la diversidad, favorecer el desarrollo de raíces, conservar el agua y equilibrar la extracción y reposición de nutrientes.

Para la Argentina, donde la región pampeana constituye uno de los principales espacios agrícolas del país, esa discusión tiene una dimensión económica además de ambiental. La capacidad de producir en el futuro dependerá también de las decisiones que se tomen sobre el suelo en el presente.

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