El uso de drones agrícolas para aplicaciones fitosanitarias avanza en el campo argentino y ya existen datos concretos sobre su desempeño económico, pero el costo por hectárea no alcanza para determinar si el servicio constituye un negocio rentable. Un estudio de las agencias de extensión Otamendi y Balcarce del INTA, realizado sobre más de 1.000 vuelos durante tres campañas en cultivos de papa del sudeste bonaerense, estimó un costo operativo de US$3,34 por hectárea. Sin embargo, la Fundación Benet advierte que para evaluar una inversión deben sumarse el capital necesario, la escala de trabajo, la logística, los tiempos improductivos, la estructura y el costo de oportunidad del dinero.
El planteo fue realizado por el contador Matías Méndez, de la Fundación Benet, a partir de los resultados del trabajo del INTA. Según explicó a AgriTotal, el valor calculado por el organismo oficial constituye una referencia útil sobre la operación de la tecnología, pero no debería trasladarse de manera directa a una tarifa comercial.
“US$ 3,34 por hectárea es un costo operativo, no un costo económico integral, y mucho menos una tarifa comercial”, señaló Méndez, según el medio.
La diferencia es relevante para productores y contratistas que analizan incorporar drones como una nueva unidad de negocios. Un cálculo basado exclusivamente en las hectáreas aplicadas puede mostrar un resultado favorable y, al mismo tiempo, dejar fuera componentes que determinan si la inversión logra recuperar el capital y generar una rentabilidad acorde con el riesgo asumido.
El trabajo realizado por las agencias de extensión del INTA Otamendi y Balcarce tomó como referencia aplicaciones realizadas en cultivos de papa del sudeste de la provincia de Buenos Aires.
La estimación se construyó sobre más de 1.000 vuelos registrados durante tres campañas, con un dron multirrotor de entre 40 y 50 litros de capacidad. Para el cálculo se consideró una inversión aproximada de US$25.000 y una utilización anual de unas 6.000 hectáreas.
Ese conjunto de supuestos permitió determinar un costo operativo de US$3,34 por hectárea. El dato aporta una referencia concreta sobre cuánto insume técnicamente realizar las aplicaciones bajo las condiciones analizadas.
Pero, según la Fundación Benet, la pregunta empresarial es diferente. No se trata solamente de saber cuánto cuesta realizar una aplicación, sino de establecer cuánto capital requiere montar el servicio, cuántas hectáreas pueden trabajarse efectivamente y qué retorno debe generar la inversión.
Méndez plantea, en ese sentido, que antes de utilizar el valor del estudio como referencia comercial hay que determinar qué componentes adicionales deben incorporarse.
Uno de los primeros aspectos que pueden modificar la ecuación es el capital inicial.
Los US$25.000 utilizados como referencia para el equipo no necesariamente representan la inversión total que debe afrontar una empresa para prestar servicios de manera profesional. Dependiendo de la estructura, pueden ser necesarios un vehículo, tráiler, equipos para preparar mezclas, elementos de protección personal y otros recursos complementarios.
También deben contemplarse los gastos asociados al uso de esos activos. Combustible, mantenimiento, seguros y depreciación forman parte de la estructura económica aunque no aparezcan directamente reflejados en el costo técnico de una aplicación.
La depreciación, además, representa el consumo económico de los activos a medida que transcurre el tiempo y se utilizan. Por eso, el análisis de una inversión no debería limitarse al precio de adquisición del dron.
Para la Fundación Benet, todos esos componentes deben incorporarse antes de establecer cuál debería ser el precio de un servicio que permita sostener la actividad.
Otro factor decisivo es la cantidad de hectáreas trabajadas durante el año.
El estudio del INTA tomó como supuesto una utilización de 6.000 hectáreas anuales. Esa cifra tiene un impacto directo porque permite distribuir determinados costos fijos sobre una superficie relativamente amplia.
Si el equipo trabaja menos hectáreas, esos costos deben repartirse sobre una cantidad menor de superficie y el costo unitario aumenta.
“Con menos superficie, el costo por hectárea sube”, explicó Méndez a AgriTotal.
Por esa razón, la Fundación Benet propone realizar un análisis de sensibilidad que permita observar cómo cambia el negocio según la escala alcanzada. Entre los escenarios planteados aparecen niveles de utilización de 2.000, 3.000, 4.500, 6.000 y 8.000 hectáreas anuales.
La comparación permite visualizar que dos empresas con el mismo modelo de dron pueden presentar costos por hectárea diferentes. La razón no necesariamente está en el equipo utilizado, sino en la cantidad de superficie sobre la que cada empresa consigue distribuir sus costos.
Esta variable es especialmente importante para quienes evalúan comprar un dron para ofrecer servicios a terceros. La capacidad técnica del aparato no garantiza por sí misma que exista suficiente demanda para mantener una utilización elevada durante todo el año.
La superficie potencial de trabajo tampoco equivale automáticamente a la superficie que puede facturarse.
Una operación comercial incluye traslados, esperas por condiciones climáticas, carga y descarga, preparación de las aplicaciones, cambios de baterías y otros períodos sin actividad productiva.
Durante esos intervalos, el prestador continúa utilizando recursos, aunque no necesariamente esté generando ingresos por hectárea.
A esto se agregan los costos de personal, cargas sociales, administración y estructura. En consecuencia, una jornada laboral no puede considerarse íntegramente como una jornada productiva.
La diferencia entre horas disponibles, horas efectivamente trabajadas y hectáreas facturables es uno de los puntos centrales para determinar la economía real del servicio.
Un equipo puede tener capacidad para cubrir determinada superficie en condiciones ideales, pero alcanzar una cantidad mucho menor de hectáreas efectivamente cobradas cuando se incorporan las restricciones propias de una operación comercial.
La evaluación propuesta por la Fundación Benet incorpora además un componente que suele quedar fuera de los cálculos básicos: el costo de oportunidad del capital.
El dinero destinado a comprar el dron, las baterías, el generador, el vehículo y otros equipos queda comprometido con la actividad. Ese capital podría haberse destinado a otra inversión y, por lo tanto, tiene un costo económico.
“El dinero colocado en el dron, baterías, generador y vehículo queda inmovilizado en la actividad y tiene un costo de oportunidad”, explicó Méndez a AgriTotal.
Este concepto no debe confundirse con la depreciación. Mientras la depreciación refleja la pérdida de valor o el consumo económico de un activo, el costo de oportunidad representa el rendimiento que podría haber generado ese capital en otra alternativa.
Por eso, recuperar el dinero invertido no necesariamente significa que el negocio sea rentable.
La pregunta que propone el especialista es cuánto retorno espera obtener el empresario por comprometer ese capital y asumir los riesgos asociados con la prestación del servicio.
La Fundación Benet plantea una separación entre tres conceptos que pueden confundirse al analizar el negocio de los drones: costo operativo, costo económico integral y tarifa comercial.
El primero permite saber cuánto cuesta realizar efectivamente una aplicación bajo determinados supuestos. El segundo agrega la totalidad de los recursos necesarios para sostener la actividad: inversión, logística, escala, estructura, tiempos improductivos, depreciación y costo del capital.
Recién después aparece la tarifa que debería cobrar el prestador.
Esa tarifa tiene que contemplar, además, el riesgo empresarial y la rentabilidad esperada.
“Recuperar todos los costos no significa que la inversión sea rentable”, advirtió Méndez, según AgriTotal.
Por eso, utilizar directamente los US$3,34 por hectárea como precio de referencia podría generar una evaluación incompleta. El valor puede cubrir determinados costos operativos bajo las condiciones del estudio, pero no necesariamente alcanza para sostener toda la estructura empresarial y remunerar el capital invertido.
La discusión llevó a la Fundación Benet y AgroFormar a trabajar en herramientas destinadas a que productores, contratistas y profesionales puedan construir modelos propios de evaluación económica para drones agrícolas.
La propuesta consiste en proyectar ingresos y egresos, calcular el punto de equilibrio y analizar qué ocurre con la rentabilidad ante diferentes niveles de utilización del equipo.
La cuestión central, según el enfoque planteado por Méndez, no es determinar en términos generales si un dron es caro o barato. Lo importante es establecer si resulta conveniente para una empresa determinada, con su estructura, su inversión disponible y la cantidad de hectáreas que realmente puede trabajar.
“La pregunta no es si el dron es caro o barato, sino si es económicamente conveniente para mi empresa, con mi estructura, mi inversión y las hectáreas que realmente puedo trabajar”, sostuvo el contador a AgriTotal.
El dato de US$3,34 por hectárea mantiene su valor como referencia técnica porque surge de operaciones reales relevadas por el INTA. La advertencia de la Fundación Benet apunta a otra etapa: convertir ese dato operativo en una herramienta para tomar decisiones empresariales.
Ambos enfoques pueden complementarse. El estudio oficial permite conocer el comportamiento de la tecnología bajo determinadas condiciones, mientras que el análisis económico incorpora las particularidades de cada prestador.
La metodología también puede aplicarse a otras inversiones agropecuarias, desde una pulverizadora autopropulsada hasta una cosechadora o un avión agrícola. En todos los casos, el costo técnico de una operación representa apenas una parte de la ecuación.
Para los drones, el desafío consiste entonces en determinar no solo cuánto cuesta aplicar una hectárea, sino cuántas hectáreas pueden facturarse, qué estructura requiere el negocio, cuánto capital queda inmovilizado y qué retorno debe generar la inversión.
El valor calculado por el INTA es un punto de partida. La rentabilidad real comienza a definirse cuando se incorporan todos los costos y se determina si los ingresos permiten recuperar el capital, cubrir los riesgos y alcanzar el rendimiento esperado.