La agricultura vertical mostró en ensayos realizados en Mendoza un aumento de rendimiento de más del 300% por superficie horizontal y reducciones de hasta 65% en el consumo de agua, según los resultados obtenidos por investigadores del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) en el marco de un proyecto internacional coordinado junto con Fontagro. Los estudios, realizados en ambientes controlados, evaluaron sistemas intensivos de producción y analizaron su potencial para generar alimentos de calidad nutricional en espacios reducidos, un aspecto de particular interés para regiones donde la disponibilidad de agua y tierra constituye una limitación productiva.
El desarrollo de estos sistemas se inscribe en un escenario marcado por el cambio climático, la presión creciente sobre los recursos hídricos y la necesidad de producir alimentos utilizando superficies cada vez más acotadas. En ese contexto, los investigadores del INTA Mendoza analizaron alternativas capaces de aumentar la productividad mediante el control de las principales variables que intervienen en el crecimiento de los cultivos, informo TNCampo
Los ensayos fueron realizados dentro de una red de cooperación internacional cofinanciada por Fontagro, con participación de instituciones científicas y tecnológicas de Panamá, Costa Rica y Colombia. El objetivo fue estudiar el comportamiento de sistemas de producción intensiva en ambientes controlados y medir sus resultados frente a esquemas agrícolas convencionales y modelos de invernadero tecnificados.

Módulo experimental de agricultura vertical en Mendoza, desarrollado en el marco del proyecto regional articulado por el INTA y FONTAGRO. (Foto: INTA).
Uno de los principales resultados obtenidos en Mendoza fue un rendimiento de hasta 14,5 kilogramos por metro cuadrado de superficie horizontal. De acuerdo con los investigadores, ese nivel representa un incremento superior al 300% respecto de cultivos realizados directamente sobre suelo dentro de invernaderos con manejo de alta eficiencia.
La diferencia no se explica solamente por una mayor densidad de plantas. El sistema vertical modifica la manera en que se utiliza el espacio disponible y permite superponer niveles de cultivo, al tiempo que incorpora herramientas para controlar variables ambientales y productivas.
La principal característica de la agricultura vertical es el nivel de control que puede ejercerse sobre las condiciones en las que crecen las plantas.
En lugar de depender exclusivamente de las condiciones ambientales externas, los sistemas desarrollados en ambientes protegidos permiten regular factores como la temperatura, la humedad relativa, el fertirriego y la radiación. De esta manera, variables que en la agricultura convencional están sujetas a las condiciones meteorológicas pasan a formar parte del manejo directo del cultivo.
Este nivel de precisión resulta especialmente relevante en regiones áridas y semiáridas. En Mendoza, donde el acceso al agua representa una de las principales restricciones para la producción agrícola, la posibilidad de reducir el consumo hídrico constituye uno de los atributos más importantes de esta tecnología.

Los ensayos realizados por los especialistas registraron reducciones de hasta 65% en el uso de agua por superficie en comparación con tecnologías edáficas tecnificadas. La eficiencia aumenta todavía más cuando el sistema se compara con explotaciones a cielo abierto sin cobertura: en ese caso, el consumo de agua de los sistemas verticales puede representar apenas el 15% del utilizado habitualmente en el campo.
El ahorro está relacionado con la forma en que se administra el recurso. La agricultura vertical puede combinar sistemas hidropónicos y aeropónicos, en los que la solución nutritiva circula dentro de circuitos cerrados.
Esto permite reducir las pérdidas que se producen en otros modelos de producción. De acuerdo con el material técnico del estudio, la recirculación disminuye prácticamente por completo las pérdidas asociadas con la evaporación directa y la lixiviación hacia capas profundas del suelo, de modo que el agua suministrada se aprovecha de manera más directa en la zona radicular.
La eficiencia hídrica aparece así como uno de los principales argumentos para evaluar la incorporación de estos sistemas en territorios donde el agua disponible impone límites a la expansión de la agricultura.
El otro componente determinante de los ensayos fue la iluminación artificial mediante tecnología LED.
En los sistemas verticales, la radiación solar puede ser complementada o reemplazada por luminarias capaces de proporcionar determinados espectros de luz según las necesidades de las plantas y la etapa de desarrollo en la que se encuentren.
Los investigadores observaron que modificar la intensidad lumínica puede generar cambios significativos en la productividad. Durante los ensayos realizados en Mendoza, un incremento en la intensidad de la iluminación produjo aumentos cercanos al 60% en el rendimiento final dentro de un mismo esquema de cultivo.
El resultado muestra que la luz deja de ser solamente una condición externa para convertirse en una herramienta de manejo. La posibilidad de regular su intensidad y características permite ajustar el ambiente de producción de acuerdo con las necesidades específicas de cada cultivo.
Este control también puede tener efectos sobre las características del alimento obtenido. Los investigadores analizaron cómo las condiciones ambientales y lumínicas pueden modificar procesos fisiológicos de las plantas y favorecer la producción de determinados metabolitos secundarios.
El objetivo no es únicamente producir más kilos por metro cuadrado. La tecnología también permite trabajar sobre atributos relacionados con la calidad nutricional, la concentración de compuestos bioactivos y la uniformidad de los productos.
Una de las ventajas que plantea el modelo es la posibilidad de obtener una elevada producción utilizando una superficie horizontal limitada.
Los cultivos se organizan en estructuras de varios niveles, lo que permite aprovechar el espacio vertical disponible. En sistemas convencionales, una determinada superficie de suelo puede sostener una única capa productiva. En cambio, la agricultura vertical multiplica los niveles de cultivo dentro de un mismo espacio físico.
Los ensayos desarrollados en Mendoza permiten medir el impacto de esa estrategia en términos concretos. El rendimiento de hasta 14,5 kilos por metro cuadrado de superficie horizontal y la mejora superior al 300% frente al cultivo en suelo bajo invernadero tecnificado constituyen los principales indicadores obtenidos durante las pruebas.
La tecnología, sin embargo, no aparece planteada como un reemplazo de la agricultura extensiva. Su potencial se concentra en determinados segmentos donde el valor de producir en ambientes controlados puede compensar las características específicas de este modelo.
El propio enfoque de los investigadores la ubica como un complemento de alta tecnología para producciones específicas, especialmente aquellas destinadas a mercados que valoran atributos nutricionales, uniformidad y calidad.
El desarrollo tiene una relevancia especial para la región de Cuyo, donde las restricciones hídricas y las condiciones climáticas pueden limitar determinadas alternativas agrícolas.
La posibilidad de producir en ambientes protegidos reduce la exposición de los cultivos a las variaciones externas y permite establecer condiciones más estables para su desarrollo. La regulación de la temperatura, la humedad, el riego y la iluminación ofrece herramientas para administrar el ciclo productivo con un grado de precisión que no existe en los sistemas convencionales.
En ese contexto, el ahorro de agua se convierte en uno de los principales argumentos para analizar la viabilidad del modelo. El dato de una reducción de hasta 65% frente a determinadas tecnologías edáficas muestra el potencial de la herramienta para producir utilizando menos cantidad de un recurso crítico.
Al mismo tiempo, el aumento de productividad por unidad de superficie permite pensar en sistemas capaces de abastecer determinados mercados sin requerir una expansión equivalente del área cultivada.
La combinación de mayor rendimiento, menor consumo hídrico y control ambiental constituye, de acuerdo con los resultados de los ensayos, el principal atractivo de la agricultura vertical.
El desafío hacia adelante será determinar en qué producciones y condiciones económicas puede resultar competitiva y qué escala de implementación permite aprovechar mejor sus ventajas.
Por ahora, los resultados obtenidos en Mendoza aportan evidencia experimental sobre una alternativa que busca responder a dos problemas simultáneos: la necesidad de aumentar la producción de alimentos y la obligación de utilizar los recursos naturales con mayor eficiencia.
La agricultura vertical no pretende sustituir a los sistemas tradicionales, sino ampliar las herramientas disponibles para producir en condiciones donde el agua, el suelo y el espacio son factores limitantes. En ese escenario, los ensayos del INTA Mendoza muestran que el control tecnológico puede traducirse en diferencias concretas: más de 300% de incremento del rendimiento por superficie horizontal y hasta 65% menos de agua utilizada en determinadas comparaciones.
El desarrollo de estas tecnologías abre así una nueva línea de investigación para la producción intensiva argentina, especialmente en regiones donde la eficiencia en el uso del agua resulta decisiva para sostener y ampliar la actividad agrícola.