La campaña agrícola 2026/27 comienza con una importante disponibilidad de agua en los suelos de buena parte de la región pampeana, un escenario que podría favorecer los rendimientos de los principales cultivos, aunque también eleva el riesgo de excesos hídricos. De acuerdo con estimaciones del SEPA-INTA, las reservas de agua útil se ubican entre el 80% y el 100% en amplias zonas productivas, mientras que el nivel de las napas registró un ascenso durante el invierno. Frente a esta situación, especialistas del INTA plantean que la clave será diferenciar ambientes, ajustar fechas y densidades de siembra y monitorear la dinámica del agua para transformar la disponibilidad hídrica en mayor producción sin incrementar innecesariamente el riesgo.
El escenario adquiere especial relevancia ante las perspectivas climáticas para el último trimestre del año. Las proyecciones para octubre, noviembre y diciembre anticipan una alta probabilidad de continuidad de la fase cálida del fenómeno El Niño-Oscilación del Sur (ENSO), que suele estar asociada con una mayor disponibilidad de precipitaciones en buena parte de la región agrícola argentina.
Para los productores, el punto central no pasa solamente por contar con agua almacenada en el perfil. Cuando las reservas se encuentran cerca de su máxima capacidad, nuevas precipitaciones pueden generar excedentes, anegamientos y dificultades para la implantación y el desarrollo de los cultivos.
Por eso, desde el INTA advierten que la estrategia para esta campaña deberá contemplar las diferencias entre los distintos ambientes productivos y, especialmente, la profundidad de las napas freáticas.
Jorge Mercau, especialista del INTA San Luis, explicó que la presencia de napas cercanas a la superficie debe incorporarse al cálculo de la oferta hídrica disponible para los cultivos.
En los ambientes donde la napa se encuentra a menos de tres metros de profundidad, el agua subterránea puede convertirse en una fuente adicional para los cultivos. Al mismo tiempo, el especialista señaló que las estimaciones realizadas mediante sensores remotos podrían subestimar la cantidad de agua efectivamente disponible en el sistema.
Esta situación resulta particularmente relevante en sectores del sudeste de Córdoba y el sur de Santa Fe, donde el ascenso de las napas puede aumentar la oferta de agua para los cultivos, pero también reducir la capacidad del paisaje para absorber nuevas precipitaciones.
El desafío consiste, entonces, en determinar cuándo el agua disponible representa una ventaja productiva y cuándo comienza a convertirse en una limitante.
Una napa ubicada a una profundidad adecuada puede aportar agua durante etapas críticas del cultivo y reducir el impacto de una eventual falta de lluvias. En cambio, cuando se encuentra demasiado cerca de la superficie, puede dificultar la implantación, generar anegamientos y limitar el desarrollo radicular.
La diferencia entre ambos escenarios puede encontrarse dentro de un mismo establecimiento e incluso entre lotes cercanos. Por eso, el manejo uniforme de toda una superficie puede resultar menos eficiente que una estrategia diferenciada por ambientes.
Además de las condiciones actuales de humedad, las perspectivas climáticas aportan otro elemento para la planificación de la campaña.
El análisis de campañas anteriores realizado mediante la herramienta AgroENSO permitió identificar una relación favorable entre los años asociados a El Niño y los rendimientos de algunos de los principales cultivos agrícolas argentinos.
Según los resultados mencionados por Mercau, en 10 de las 12 campañas analizadas bajo influencia de El Niño, el rendimiento nacional del maíz superó el promedio. En el caso de la soja de primera, los rendimientos estuvieron por encima del promedio en el 91% de los casos.
Sin embargo, estos resultados corresponden a promedios nacionales y reúnen situaciones productivas muy diferentes. En algunas regiones, la mayor disponibilidad de agua permite aprovechar el potencial productivo, mientras que en otras puede provocar problemas de implantación, anegamiento o pérdida de superficie sembrada.
Por ese motivo, los antecedentes climáticos no deberían interpretarse como una garantía de altos rendimientos para todos los lotes.
“El análisis de campañas anteriores también aporta elementos para la toma de decisiones”, indicó Mercau, según el informe difundido por el INTA.
El especialista remarcó que el resultado final depende de las decisiones adoptadas en cada ambiente y de la capacidad de los productores para aprovechar las condiciones favorables sin quedar expuestos a los efectos de los excesos.
Uno de los principales conceptos planteados por los especialistas es que no todos los lotes deben manejarse de la misma manera.
En los ambientes de mayor productividad, principalmente aquellos correspondientes a las Clases de Uso de Suelo (CUS) I y II, la disponibilidad de agua permite pensar en estrategias destinadas a capturar un elevado potencial de rendimiento.
En esos sectores, las siembras tempranas, los híbridos de alto potencial y las densidades medias a altas pueden ser alternativas para aprovechar el escenario. El manejo nutricional también adquiere importancia y debería apoyarse en diagnósticos de nitrógeno y fósforo.
“Las siembras tempranas, el uso de híbridos de alto potencial y densidades medias a altas pueden ser alternativas, acompañadas por un manejo nutricional basado en el diagnóstico de nitrógeno y fósforo”, expresó Mercau.
El objetivo en estos ambientes es transformar la oferta hídrica en mayor producción, aprovechando la capacidad del suelo para sostener cultivos de alto potencial.
La situación cambia en ambientes con mayores restricciones productivas, como determinados suelos arenosos o sectores clasificados entre CUS III y VI que no cuentan con una influencia significativa de la napa.
En esos casos, una alternativa puede ser retrasar la fecha de siembra para ubicar el período crítico de los cultivos en momentos de menor demanda atmosférica.
La estrategia busca reducir la variabilidad de los rendimientos y disminuir la exposición a situaciones de estrés durante las etapas más sensibles del cultivo.
Los suelos arenosos presentan, sin embargo, una particularidad cuando existe una napa cercana. En esos casos, el agua subterránea puede modificar de manera importante el potencial productivo del ambiente y convertir un suelo con limitaciones en una zona con mejores perspectivas.
En el extremo opuesto se encuentran los sectores deprimidos, donde las napas se ubican a menos de un metro de profundidad y existen dificultades para que los cultivos aprovechen adecuadamente el agua.
En estos ambientes, el objetivo principal no debería ser maximizar el potencial productivo, sino reducir la exposición al anegamiento.
La elección de fechas de siembra y materiales puede contribuir a ese objetivo. Las siembras tardías y el uso de cultivares de soja de ciclo corto aparecen como alternativas para mejorar la implantación y adelantar la cosecha.
“En estos ambientes, las siembras tardías y el uso de cultivares de soja de ciclo corto pueden contribuir a mejorar la implantación y anticipar la cosecha”, detalló Mercau.
La decisión tiene una lógica de manejo del riesgo: ante un ambiente con alta probabilidad de exceso de agua, acortar el ciclo productivo puede reducir el período de exposición del cultivo a condiciones desfavorables.
La dinámica hídrica de la región pampeana también obliga a ampliar la mirada más allá de cada establecimiento.
En zonas con pendientes muy bajas, el movimiento del agua es lento y los excedentes pueden permanecer durante períodos prolongados. Esto significa que una decisión tomada en un lote puede tener consecuencias sobre otros sectores del paisaje.
“Las estrategias de manejo deben contemplar la dinámica del agua con una mirada más amplia, en el espacio y en el tiempo”, señaló Mercau.
Desde esta perspectiva, el manejo hídrico no debería limitarse a responder a las condiciones del momento. También requiere anticiparse a los períodos de mayor riesgo.
Entre las alternativas mencionadas aparece la utilización de cultivos de cobertura y la posibilidad de recurrir a planteos de doble cultivo de cosecha para aumentar el consumo de agua durante determinadas etapas.
Otra herramienta es la incorporación de pasturas en sectores del paisaje con problemas de exceso hídrico. Además de contribuir al manejo del agua, esta estrategia puede abrir oportunidades para integrar la agricultura y la ganadería dentro de una misma empresa.
El objetivo es generar un sistema más flexible, capaz de utilizar de manera productiva aquellos sectores que presentan restricciones para la agricultura permanente.
En un escenario de alta disponibilidad hídrica, el seguimiento de las napas adquiere un papel central. Conocer su profundidad permite ajustar las decisiones de manejo y evitar que una fuente potencial de agua para los cultivos se convierta en una limitante.
Las herramientas digitales pueden facilitar ese seguimiento. Entre las plataformas disponibles se encuentran RedMATE y el tablero de monitoreo de napas del INTA, que permiten consultar información freatimétrica y seguir la evolución de los niveles de agua.
“El monitoreo de las napas y la disponibilidad de herramientas digitales adquieren un papel central”, expresó Mercau.
La información puede ser utilizada para planificar fechas de siembra, seleccionar cultivos y materiales, definir estrategias de manejo y anticipar situaciones de exceso hídrico.
El escenario de la campaña 2026/27 plantea así una paradoja productiva: tener mucha agua puede ser una ventaja, pero también puede convertirse en un riesgo.
Las reservas actuales ofrecen una base favorable para los cultivos y las perspectivas asociadas a El Niño agregan un componente climático positivo para maíz y soja. Sin embargo, el beneficio dependerá de la capacidad para diferenciar ambientes y tomar decisiones adaptadas a cada situación.
Más que buscar una única estrategia para toda la superficie, el planteo propuesto por los especialistas apunta a manejar el agua como un recurso que debe ser administrado en función del suelo, la napa, el cultivo y el momento de la campaña.
La oportunidad productiva está presente, pero su aprovechamiento dependerá de cuánto pueda transformarse esa reserva hídrica en rendimiento y estabilidad, sin que los excesos terminen convirtiendo una condición inicialmente favorable en un problema para la producción.