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De una finca de descanso a una bodega con vinos de alta gama

Una familia que buscaba un lugar para descansar terminó creando una bodega boutique y ahora apuesta al turismo vitivinícola

De una finca de descanso a una bodega con vinos de alta gama
jueves 10 de septiembre de 2026 - 16:47

Lo que comenzó en 2006 como una finca familiar para disfrutar del paisaje salteño se convirtió, dos décadas después, en El Cese, una bodega boutique ubicada en los Valles Calchaquíes. Ramiro Zamora y María Teresa Franzini llegaron a Angastaco con la idea de tener un refugio para los fines de semana, pero decidieron plantar sus primeras vides y transformar el proyecto en un emprendimiento vitivinícola que hoy administran sus cuatro hijos.

Según informó Clarín, la familia Zamora-Franzini no tenía experiencia previa en la producción de uvas. Antes de avanzar, recurrieron al ingeniero Gustavo Vasvari, quien todavía asesora al establecimiento. En 2006 comenzaron las plantaciones y tres años después obtuvieron los primeros 900 kilos de uva.

Actualmente, El Cese cuenta con 12 hectáreas y una capacidad máxima de producción de 70.000 litros. La familia decidió priorizar la calidad antes que el volumen y estableció un rendimiento de hasta 90.000 kilos de uva para sus viñedos.

“No queremos que produzcan más que eso. Notamos que cuando la viña da más, perdemos calidad y concentración”, explicó Milagro Zamora, gerenta general de la bodega.

De una finca de descanso a una bodega con vinos de alta gama

La ubicación es uno de los principales activos del emprendimiento. La finca se encuentra en Angastaco, entre Cachi y Cafayate, en una zona caracterizada por su suelo franco arenoso, baja humedad, amplitud térmica y escasas precipitaciones. Además, las condiciones climáticas reducen la presencia de hongos y permiten trabajar sin fungicidas.

La familia también apostó por controlar internamente todo el proceso productivo. En la actualidad, El Cese realiza desde el cultivo de las vides hasta la elaboración, fraccionamiento y etiquetado de los vinos.

“Sale la caja terminada. No hay nada tercerizado”, cuentan.

Las primeras cosechas fueron elaboradas en Cafayate, pero desde 2013 la bodega asumió todo el proceso. La producción combina el trabajo del ingeniero agrónomo y del enólogo Daniel Heffner con tecnología importada de Italia.

La búsqueda de calidad comienza en el viñedo. La familia realiza la poda manual, selecciona los brotes y controla el rendimiento de cada planta para conseguir una maduración equilibrada. Durante la cosecha, que se extiende entre febrero y abril, las uvas se recolectan en cajones de 20 kilos para preservar la fruta.

En la bodega se elaboran vinos tintos y blancos con distintos períodos de maduración. Los tintos reserva permanecen 12 meses en barricas, mientras que una etiqueta de alta gama puede tardar hasta tres años antes de llegar al mercado.

El proyecto también evolucionó junto con las nuevas demandas del mercado. La familia incorporó maquinaria para mejorar el fraccionamiento, modificó el sistema de cierre de los vinos blancos y amplió la superficie destinada a Cabernet Franc, una variedad que consideran estratégica para sus próximos lanzamientos.

De una finca de descanso a una bodega con vinos de alta gama

Aunque recibieron propuestas para exportar, por ahora decidieron concentrarse en el mercado argentino. La producción suele agotarse a nivel nacional y la familia busca competir a partir de una combinación de calidad y precio.

“No podés quedarte fuera de mercado. Son pequeñas cosas, pero costosas”, señaló Milagro Zamora al explicar la necesidad de actualizar procesos y equipamiento.

El próximo paso del emprendimiento está fuera de las botellas. La familia quiere aprovechar el paisaje y la ubicación de la finca para desarrollar una propuesta turística vinculada al vino.

“No queremos abrir mucho las líneas. No es la idea sacar más vinos, pero sí nos gustaría desarrollar la parte turística. El lugar es alucinante. La gente llega y no se quiere ir. La bodega atrae y quieren quedarse. Es un desafío pendiente”, contó Milagro.

De una finca de descanso a una bodega con vinos de alta gama

El proyecto mantiene además su carácter familiar. Milagro, Macarena, Teresita y Ramiro Zamora asumieron distintos roles dentro de la empresa y alternan su presencia en la finca desde Salta capital.

“Cada uno tiene su rol, que cuesta -reconoce- en las empresas familiares. Tenemos la suerte de trabajar juntos. Siempre vamos a tener diferencias, pero sabemos buscarle la vuelta y nos apoyamos. Ha sido un desafío y venimos muy bien”, sostuvo Milagro.

Así, aquella finca adquirida para descansar durante los fines de semana se transformó en un emprendimiento vitivinícola familiar con producción propia, identidad de marca y un nuevo desafío turístico. La historia de El Cese muestra cómo una apuesta productiva puede crecer sin perder el vínculo con el territorio y la conducción familiar.

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