Una empresa suiza especializada en agricultura de precisión desembarcó en la Argentina con una tecnología que registra las señales eléctricas de las plantas durante las 24 horas y utiliza inteligencia artificial para detectar estrés hídrico, falta de nutrientes, calor, enfermedades y presencia de insectos antes de que los síntomas sean visibles. Vivent Biosignals eligió al país como plataforma para expandirse en América Latina y prevé realizar sus primeras instalaciones locales en septiembre, con el objetivo de comenzar a fabricar los sensores en territorio argentino durante 2027.
La compañía, que tiene su centro de investigación y desarrollo en Suiza y oficinas comerciales en Holanda, desarrolló un sistema basado en pequeños electrodos que se colocan sobre los tallos de las plantas. Los dispositivos registran las variaciones eléctricas que se producen en los tejidos vegetales y envían los datos a una plataforma que utiliza inteligencia artificial para interpretarlos.
El objetivo es modificar la forma en que los productores detectan los problemas en sus cultivos. En lugar de esperar a que una planta muestre una señal visible de estrés, la herramienta busca identificar cambios fisiológicos en una etapa más temprana y generar alertas que permitan tomar decisiones sobre riego, fertilización o tratamientos.

La tecnología fue presentada en Buenos Aires por Fernando Derossi, argentino, CEO global y socio de Vivent Biosignals. Según explicó a LA NACION, la principal ventaja consiste en anticiparse al problema. “El valor más importante que tenemos es verlo antes”, señaló.
La empresa ya cuenta con alrededor de 6000 sensores instalados en distintos países y, de acuerdo con Derossi, durante el último año triplicó su actividad. El desembarco argentino forma parte de su estrategia de expansión regional.
El sistema utiliza dos electrodos colocados directamente sobre el tallo. Un tercer dispositivo registra las condiciones ambientales, como temperatura y otros parámetros climáticos. Toda esa información se recopila de manera continua y luego es procesada por algoritmos de inteligencia artificial.
Los datos llegan al productor a través de una aplicación que presenta la información en un tablero con un esquema similar al de un semáforo. El color verde representa condiciones normales; el amarillo advierte sobre cambios que requieren atención y el rojo indica una situación que puede requerir una intervención.
La herramienta puede identificar modificaciones asociadas con falta de agua, deficiencias nutricionales, temperaturas elevadas, enfermedades o ataques de insectos. También permite observar la respuesta de una planta después de una intervención.
Por ejemplo, el sistema puede mostrar cómo cambia el nivel de estrés de una planta luego de recibir un producto, cuánto demora en incorporarlo y cuánto tiempo necesita para recuperar sus parámetros habituales.
La compañía apunta a que el desarrollo avance un paso más: que la plataforma no solo identifique una situación de estrés, sino que también pueda sugerir una respuesta.
“El valor agregado está en decirle al productor no solo qué está pasando, sino que lo puede solucionar irrigando, fertilizando o con determinado producto”, explicó Derossi, según consignó LA NACION.
La propuesta apunta así a convertir una señal fisiológica difícil de observar a simple vista en información útil para la gestión diaria del establecimiento.
La tecnología ya fue probada en distintos ambientes y cultivos. Uno de los ensayos mencionados por la compañía se realizó en Tomato World, en Holanda, donde se registraron incrementos de rendimiento de entre 10% y 23% en tomate.
Sin embargo, la empresa evita presentar esos resultados como una garantía general. Derossi aclaró que el comportamiento depende del cultivo, el ambiente y las prácticas utilizadas. Según explicó a LA NACION, en diferentes cultivos intensivos la mejora comprobada se ubicó en términos generales entre 2% y 5%.
Además del aumento potencial de la producción, el sistema busca reducir el uso de recursos. La empresa informó experiencias en las que los costos asociados al riego y al consumo de energía disminuyeron alrededor de 30%.
En Almería, España, algunos establecimientos alcanzaron ahorros de agua de hasta 40%, de acuerdo con los datos presentados por la compañía.
La lógica económica detrás de la herramienta se apoya en dos variables: producir más con los mismos recursos y evitar aplicaciones innecesarias. Si el monitoreo permite detectar que una planta no necesita agua, fertilizante o determinado tratamiento, el productor puede reducir el uso de esos insumos.
En ese sentido, Derossi sostuvo que la inversión puede amortizarse con incrementos relativamente pequeños del rendimiento. Como referencia, señaló a LA NACION que en tomate un aumento de entre 0,5% y 0,7% de la producción podría compensar el costo del sistema, mientras que en frutilla estimó que podría alcanzarse el punto de recuperación con una mejora de aproximadamente 1%.
La empresa planea comenzar su actividad local con productores que tengan un alto nivel de tecnificación. La primera etapa estará enfocada en productores intensivos, multiplicadores de semillas, empresas procesadoras de alimentos y establecimientos que trabajen con cultivos de alto valor.
El esquema también contempla una adaptación para la agricultura extensiva. En esos casos, la empresa no considera necesario colocar sensores en todas las hectáreas.
La alternativa consiste en seleccionar plantas representativas de distintos ambientes productivos y combinar los registros obtenidos con información proveniente de imágenes satelitales. De esa manera, la información puntual de los sensores puede utilizarse junto con datos de una superficie más amplia.

El modelo comercial contempla la compra de los equipos y una suscripción al software. Como referencia, Derossi explicó que una instalación inicial con dos kits de ocho sensores tiene un costo de entre 10.000 y 15.000 euros, incluyendo instalación y suscripción.
Los dispositivos tienen una vida útil comprobada de al menos tres años. Para facilitar la incorporación de la tecnología, la compañía analiza ofrecer alternativas de financiamiento en la Argentina con plazos cercanos a los 36 meses.
Las primeras instalaciones se realizarán en septiembre con sensores enviados desde Holanda. El objetivo posterior es avanzar hacia la fabricación local.

La empresa proyecta que durante 2027 los equipos que actualmente se producen fuera del país puedan comenzar a fabricarse en la Argentina.
“La idea es que este mismo hardware en 2027 lo podamos producir acá”, adelantó Derossi a LA NACION.
Para concretar ese proyecto, Vivent Biosignals ya comenzó a buscar potenciales fabricantes locales. La intención no sería únicamente abastecer al mercado argentino, sino utilizar al país como plataforma para atender otros mercados de América Latina.
El desembarco se produce en un contexto en el que la agricultura de precisión busca avanzar desde el monitoreo de variables ambientales hacia la medición directa de la respuesta de los cultivos.
Hasta ahora, buena parte de las herramientas utilizadas por los productores para anticipar problemas se apoyan en información climática, imágenes satelitales, sensores de suelo y observación de los lotes. La propuesta de Vivent Biosignals agrega una variable diferente: las propias señales eléctricas de la planta.
La empresa sostiene que esa información puede permitir detectar cambios fisiológicos antes de que aparezcan síntomas visibles y, por lo tanto, ampliar el margen de tiempo disponible para intervenir.
Para la agricultura argentina, el desafío será determinar en qué cultivos y sistemas productivos esa anticipación genera un beneficio económico suficiente para justificar la inversión. La compañía apunta inicialmente a producciones de mayor valor por hectárea, donde pequeñas variaciones en el rendimiento o en el consumo de insumos pueden tener un impacto significativo sobre el resultado final.
El proyecto también abre una segunda etapa vinculada con la producción tecnológica local. Si la fabricación comienza efectivamente en 2027, la Argentina no solo se convertiría en un mercado para los sensores desarrollados por la firma suiza, sino también en un posible centro de producción y distribución para la región.
En definitiva, la apuesta de Vivent Biosignals consiste en llevar al campo una herramienta que busca detectar el estrés de los cultivos antes de que el productor pueda verlo a simple vista. El desafío será transformar esa información biológica en decisiones agronómicas concretas y, sobre todo, en una mejora medible de la productividad y la eficiencia de los recursos.